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MISA DE APERTURA DE LA II ASAMBLEA ESPECIAL PARA EUROPA DEL SÍNODO DE LOS
OBISPOS
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Viernes
1 de octubre de 1999
Venerados hermanos en el episcopado y en el
sacerdocio; amadísimos hermanos y hermanas:
1. «Jesús en persona se acercó y se puso a caminar
con ellos» (Lc 24, 15).
El relato evangélico de los discípulos de Emaús,
que acabamos de escuchar, constituye la imagen bíblica que sirve de
marco a esta II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los obispos. La
iniciamos con esta solemne concelebración eucarística, cuyo tema es:
«Jesucristo, vivo en su Iglesia, fuente de esperanza para Europa», confiando
al Señor las expectativas y esperanzas que llevamos en nuestro corazón. Nos
hallamos en torno al altar en representación de las naciones del continente,
unidos por el deseo de que el anuncio y el testimonio de Cristo vivo ayer, hoy y
siempre, sean cada vez más eficaces y concretos en todos los rincones de
Europa.
Con gran alegría y cariño os ofrezco a cada uno mi
fraternal abrazo de paz. El Espíritu nos ha convocado para este importante
evento eclesial que, continuando la primera Asamblea para Europa de 1991,
concluye la serie de Sínodos continentales preparatorios del gran jubileo del
año 2000. En vuestras personas dirijo a las Iglesias particulares de las que
procedéis mi más cordial saludo.
2. «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre» (Hb
13, 8). Como ya es sabido, ésta es la llamada constante que resuena en la
Iglesia encaminada hacia el gran jubileo del año 2000.
Jesucristo está vivo en su Iglesia y, de generación
en generación, sigue «acercándose» al hombre y «caminando» con él.
Especialmente en los momentos de prueba, cuando las desilusiones amenazan con
hacer vacilar la confianza y la esperanza, el Resucitado sale a nuestro
encuentro por los senderos del extravío humano y, aunque no lo reconozcamos, se
convierte en nuestro compañero de camino.
De este modo, en Cristo y en su Iglesia, Dios no deja
de escuchar las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de la
humanidad (cf. Gaudium et spes, 1), a la que quiere transmitir el anuncio
de su amorosa solicitud. Esto es lo que sucedió en el concilio Vaticano II y
este es también el sentido de las diversas Asambleas continentales del
Sínodo de los obispos: Cristo resucitado, vivo en su Iglesia, camina con el
hombre que vive en África, en América, en Asia, en Oceanía y en Europa, para
suscitar o despertar en su alma la fe, la esperanza y la caridad.
3. Con la Asamblea sinodal que comienza hoy, el Señor
quiere dirigir al pueblo cristiano, peregrino en las tierras comprendidas entre
el Atlántico y los Urales, una fuerte invitación a la esperanza. Esa
invitación hoy ha encontrado una expresión particular en las palabras del
profeta: «Grita de júbilo, (...), alégrate y exulta» (So 3, 14). El
Dios de la alianza conoce el corazón de sus hijos y las muchas pruebas
dolorosas que las naciones europeas han tenido que sufrir a lo largo de este
atormentado y difícil siglo que ya se acerca a su fin.
Él, el Emmanuel, el Dios con nosotros, ha sido
crucificado en los campos de concentración y en los gulag; ha conocido el
sufrimiento en los bombardeos y en las trincheras; ha padecido donde el hombre,
cada ser humano, ha sido humillado, oprimido y violado en su irrenunciable
dignidad. Cristo ha sufrido la pasión en las innumerables víctimas inocentes
de las guerras y de los conflictos que han ensangrentado las regiones de Europa.
Conoce las graves tentaciones de las generaciones que se preparan a cruzar el
umbral del tercer milenio: desgraciadamente, los entusiasmos suscitados por la
caída de las barreras ideológicas y por las revoluciones pacíficas de 1989
parecen haberse extinguido de forma rápida al chocar con los egoísmos
políticos y económicos, y en los labios de muchas personas en Europa afloran
las palabras desconsoladas de los dos discípulos que iban por el camino de
Emaús: «Nosotros esperábamos...» (Lc 24, 21).
En este marco social y cultural particular, la Iglesia
siente el deber de renovar con vigor el mensaje de esperanza que Dios le ha
confiado. Con esta Asamblea repite a Europa: «El Señor, tu Dios, está en
medio de ti como poderoso salvador» (So 3, 17). Su invitación a la
esperanza no se basa en una ideología utópica, como las que en los últimos
dos siglos han acabado por pisotear los derechos del hombre y, especialmente,
los de los más débiles.
Por el contrario, es el imperecedero mensaje de
salvación proclamado por Cristo: El reino de Dios está en medio de vosotros,
convertíos y creed en el Evangelio (cf. Mc 1, 15). Con la autoridad que
le viene de su Señor, la Iglesia repite a la Europa de hoy: Europa del tercer
milenio, «No desfallezcan tus manos» (So 3, 16), no cedas al desaliento, no te
resignes a modos de pensar y vivir que no tienen futuro, porque no se basan en
la sólida certeza de la palabra de Dios.
Europa del tercer milenio, a ti y a todos tus hijos la
Iglesia os vuelve a proponer a•Cristo, único mediador de la salvación ayer,
hoy y siempre (cf. Hb 13, 8). Te propone a Cristo, verdadera esperanza
del hombre y de la historia. Te lo propone no sólo con las palabras, sino
especialmente con el testimonio elocuente de la santidad. De hecho, los santos y
las santas, con su existencia marcada por las bienaventuranzas evangélicas,
constituyen la vanguardia más eficaz y creíble de la misión de la Iglesia.
4. Por esto, amadísimos hermanos y hermanas, en el
umbral del año 2000, mientras la Iglesia entera que está en Europa se
encuentra aquí representada del modo más digno, tengo hoy la alegría de
proclamar tres nuevas copatronas del continente europeo. Son: santa Edith
Stein, santa Brígida de Suecia y santa Catalina de Siena.
Europa ya está bajo la protección celestial de tres
grandes santos: Benito de Nursia, padre del monaquismo occidental, y los
hermanos Cirilo y Metodio, apóstoles de los eslavos. He querido colocar al lado
de estos insignes testigos de Cristo otras tantas figuras femeninas, entre otras
cosas para subrayar el gran papel que las mujeres han desempeñado y desempeñan
en la historia eclesial y civil del continente hasta nuestros días.
Desde sus albores la Iglesia, a pesar de estar
condicionada por las culturas en las cuales se hallaba integrada, ha reconocido
siempre la plena dignidad espiritual de la mujer, a partir de la singular
vocación y misión de María, Madre del Redentor. Ya desde los comienzos -como
atestigua el Canon romano-, a mujeres como Felicidad, Perpetua, Águeda, Lucía,
Inés, Cecilia y Anastasia, los cristianos se dirigieron con fervor no inferior
al reservado a los santos varones.
5. Las tres santas escogidas como copatronas de
Europa están relacionadas de modo especial con la historia del continente. Edith
Stein, que, proviniendo de una familia judía, dejó la brillante carrera de
estudiosa para hacerse monja carmelita con el nombre de Teresa Benedicta de la
Cruz y murió en el campo de exterminio de Auschwitz, es un símbolo de los
dramas de la Europa de este siglo. Brígida de Suecia y Catalina de Siena, que
vivieron en el siglo XIV, trabajaron incansablemente por la Iglesia,
preocupándose por su suerte a escala europea. Así, Brígida, consagrada
a Dios después de haber vivido plenamente la vocación de esposa y madre,
recorrió Europa de norte a sur, promoviendo sin descanso la unidad de los
cristianos, y murió en Roma. Catalina, humilde e intrépida terciaria
dominica, llevó la paz a su Siena, a Italia y a la Europa del siglo XIV; se
dedicó completamente a la Iglesia, logrando obtener el retorno del Papa desde
Aviñón a Roma.
Las tres expresan admirablemente la síntesis entre
contemplación y acción. Su vida y sus obras testimonian con gran elocuencia la
fuerza de Cristo resucitado, que vive en su Iglesia: fuerza de amor generoso a
Dios y al hombre, fuerza de auténtica renovación moral y civil. En estas
nuevas patronas, tan ricas en dones tanto desde el punto de vista sobrenatural
como desde el humano, pueden hallar inspiración los cristianos y las
comunidades eclesiales de todas las confesiones, al igual que los ciudadanos y
los Estados europeos, sinceramente comprometidos en la búsqueda de la verdad y
del bien común.
6. «¿No ardía nuestro corazón mientras (...) nos
explicaba las Escrituras?» (Lc 24, 32).
Deseo de corazón que los trabajos sinodales nos hagan
revivir la experiencia de los discípulos de Emaús, los cuales, llenos de
esperanza y alegría, por haber reconocido al Señor «en la fracción del
pan», volvieron sin dilación a Jerusalén para referir a los hermanos lo que
les había ocurrido a lo largo del camino (cf. Lc 24, 33-35).
Que Jesucristo nos conceda también a nosotros el
encontrarlo y reconocerlo junto a la mesa eucarística, en la comunión de los
corazones y de la fe. Que nos otorgue vivir estas semanas de reflexión en la
escucha profunda del Espíritu Santo que habla a las Iglesias en Europa. Que nos
haga humildes y valientes apóstoles de su cruz, como lo fueron los santos
Benito, Cirilo y Metodio, y las santas Edith Stein, Brígida y Catalina.
Imploramos su ayuda, juntamente con la celestial
intercesión de María, Reina de todos los santos y Madre de Europa. Que esta II
Asamblea especial para Europa marque las líneas de una acción evangelizadora
atenta a los desafíos y a las expectativas de las generaciones jóvenes.
Y que Cristo sea renovada fuente de esperanza para los
habitantes del «viejo» continente, en el cual el Evangelio ha suscitado a lo
largo de los siglos una incomparable cosecha de fe, de amor laborioso y de
civilización.
Amén.
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