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PRIMERA ESTACIÓN
CUARESMAL EN LA BASÍLICA DE SANTA SABINA
HOMILÍA DE SU
SANTIDAD JUAN PABLO II
Miércoles de Ceniza, 25 de
febrero de 1988
1. «Volved a mí de todo corazón: con ayuno, con llanto, con
luto (...). Convertíos al Señor Dios vuestro» (Jl 2,?12-13).
Con las palabras del antiguo profeta, esta liturgia de la
ceniza, precedida por la procesión penitencial, nos introduce en la Cuaresma,
tiempo de gracia y regeneración espiritual. «Volved, convertíos...». Al
comienzo de los cuarenta días, esta exhortación urgente tiene como finalidad
establecer un diálogo singular entre Dios y el hombre. En presencia del Señor,
que lo invita a la conversión, el hombre hace suya la oración de David,
confesando humildemente sus pecados:
«Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu
inmensa compasión borra mi culpa. Lava del todo mi delito, limpia mi
pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi
pecado. Contra ti, contra ti sólo pequé, cometí la maldad que aborreces.
Aparta de mi pecado tu vista borra en mí toda culpa» (Sal 50,
3-6.?11).
2. El salmista no se limita a confesar sus culpas y a pedir
perdón por ellas; espera que la bondad del Señor lo renueve, sobre todo
interiormente: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con
espíritu firme» (Sal 50, 12). Iluminado por el Espíritu sobre el
poder devastador del pecado, pide transformarse en una criatura nueva; en cierto
sentido, pide ser creado nuevamente.
Se trata de la gracia de la redención. Frente al pecado que
desfigura el corazón del hombre, el Señor se inclina hacia su criatura para
reanudar el diálogo salvífico y abrirle nuevas perspectivas de vida y esperanza.
Especialmente durante el tiempo de Cuaresma, la Iglesia profundiza este misterio
de salvación.
Al pecador que se interroga sobre su situación y sobre la
posibilidad de obtener aún la misericordia de Dios, la liturgia responde hoy con
las palabras del Apóstol, tomadas de la segunda carta a los Corintios: «Al
que no había pecado, Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que
nosotros, unidos a él, recibamos la justificación de Dios» (2Co 5,
21). En Cristo se proclama y se ofrece a los creyentes el amor ilimitado del
Padre celestial a todo hombre.
3. Aquí resuena el eco de cuanto Isaías anunciaba con
anterioridad a propósito del Siervo del Señor: «Todos nosotros como ovejas
erramos; cada uno marchó por su camino, y Dios descargó sobre él la culpa de
todos nosotros» (Is 53, 6).
Dios escucha las invocaciones de los pecadores que, junto con
David, suplican: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro». Jesús, el Siervo
sufriente, toma sobre sus hombros la cruz, que constituye el peso de todos los
pecados de la humanidad, y se encamina al Calvario para realizar con su muerte
la obra de la redención. Jesús crucificado es el icono de la misericordia
ilimitada de Dios por todos los hombres.
Para recordarnos que «con sus llagas hemos sido curados» (Is
53, 5), y suscitar en nosotros horror al pecado, la Iglesia nos invita a hacer
con frecuencia, durante la Cuaresma, el ejercicio piadoso del vía crucis. Para
nosotros, aquí en Roma, tiene gran importancia el del Viernes santo en el
Coliseo, que nos brinda la oportunidad de palpar la gran verdad de la redención
mediante la cruz, siguiendo idealmente las huellas de los primeros mártires en
la Urbe.
4. «Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa...
Un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias» (Sal 50,
11.19). ¡Es conmovedora esta invocación cuaresmal!
El hombre creado por Dios a su imagen y semejanza proclama: «Contra
ti, contra ti sólo pequé; cometí la maldad que aborreces» (Sal 50,
6). Iluminado por la gracia de este tiempo penitencial, siente el peso del mal
cometido y comprende que sólo Dios puede liberarlo. Pronuncia entonces, desde lo
más profundo de su miseria, la exclamación de David: «Lava del todo mi
delito; limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa; tengo siempre presente mi
pecado». Oprimido por el pecado, implora la misericordia de Dios, apela a su
fidelidad a la alianza, y le pide que cumpla su promesa: «Borra en mí toda
culpa» (Sal 50, 11).
Al comienzo de la Cuaresma, oremos para que, en el tiempo
«favorable» de estos cuarenta días, acojamos la invitación de la Iglesia a la
conversión. Oremos para que, durante este itinerario hacia la Pascua, se renueve
en la Iglesia y en la humanidad el recuerdo del diálogo salvífico entre Dios y
el hombre, que nos propone la liturgia del miércoles de Ceniza.
Oremos para que los corazones se dispongan al diálogo con Dios.
Él tiene para cada uno una palabra especial de perdón y salvación. Que cada
corazón se abra a la escucha de Dios, para redescubrir en su palabra las razones
de la esperanza que no defrauda. Amén.
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