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VISITA PASTORAL A LAS ARCHIDIÓCESIS DE VERCELLI Y TURÍN
HOMILÍA DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II DURANTE LA MISA DE BEATIFICACIÓN DE TRES SIERVOS DE
DIOS
Turín, Plaza Vittorio Veneto Domingo 24 de
mayo de 1998
«Cuando el Espíritu Santo descienda sobre
vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos» (Hch 1, 8).
1. Jesús pronuncia estas palabras antes de su ascensión al cielo. Con
ellas, traza a su Iglesia el futuro programa, la misión, y llama a
realizarlo a cuantos han sido testigos.
Ante todo, a los Apóstoles, que habían «visto» los acontecimientos de la
pasión: habían quedado desconcertados cuando él fue crucificado, y después se
habían regocijado por su resurrección. En el misterio pascual, Cristo
manifiesta toda la verdad de su filiación divina y de su misión mesiánica. En
el camino de Emaús, explica a los dos discípulos que el Mesías debía padecer
todo eso para entrar así en la gloria del Padre (cf. Lc 24, 26). Ahora,
en el momento de dejar la tierra para volver al cielo, pide a los «suyos» que
se conviertan en testigos de esos hechos en Jerusalén, en Judea, en Samaria y
en todo el mundo.
La enseñanza que deberán propagar no es un sistema abstracto de ideas, sino
la Palabra relacionada con una realidad viva. Y precisamente en virtud
de esa Palabra, la Iglesia se difundirá en todo el mundo.
Esta Palabra, llevada más allá de los confines de Palestina por los
primeros testigos, ha engendrado una multitud innumerable de nuevos
testigos en todos los rincones del mundo. No conocemos los nombres de la
mayor parte; pero la Iglesia guarda un vivo recuerdo de algunos de ellos. Por
ejemplo, de los que hoy son proclamados beatos aquí, en Turín: Teresa Bracco,
Giovanni Maria Boccardo y Teresa Grillo Michel.
2. Don Giovanni Maria Boccardo fue un hombre de profunda
espiritualidad y, a la vez, un apóstol dinámico, promotor de la vida religiosa
y del laicado, siempre atento a discernir los signos de los tiempos.
Escuchando, en la oración, la palabra de Dios, maduró una fe vivísima y
profunda. Escribió: «Sí, Dios mío, lo que quieres tú, lo quiero también yo».
Y ¿qué decir de su infatigable celo en favor de los más pobres? Supo
acercarse a todas las miserias humanas con el espíritu de san Cayetano de
Thiene, espíritu que infundió en la congregación femenina que fundó para el
cuidado de los ancianos y los enfermos, y para la educación de la juventud.
Hizo suya la invitación evangélica: «Buscad primero el reino de Dios y
su justicia» (Mt 6, 33).
Como el santo cura de Ars, del que era devoto, indicó a sus parroquianos,
con su palabra y sobre todo con su ejemplo, el camino del cielo. El día de su
ingreso en Pancalieri como párroco, dijo a los fieles: «Vengo aquí, queridos
hermanos, para vivir como uno de vosotros, como vuestro padre, vuestro hermano
y vuestro amigo, y para compartir con vosotros las alegrías y las penas de la
vida (...). Vengo como servidor de todos, y cada uno podrá disponer de mí, y
yo me consideraré siempre dichoso y feliz de poderos servir, buscando sólo
hacer el bien a todos».
Se declaraba siempre hijo devoto de la Virgen, y a ella recurría con
constante confianza. A una persona que le preguntó: «¿Es tan difícil ganar el
Paraíso?», le respondió: «Sé devoto de María, que es su .puerta., y entrarás».
Su ejemplo sigue vivo en la memoria de la gente, que a partir de hoy puede
invocarlo como intercesor en el cielo.
3. Otro testigo de luminosa caridad evangélica es Teresa Grillo Michel,
llamada por el Señor a difundir el amor, sobre todo entre los más pobres,
mediante la congregación, fundada por ella, de las Hermanitas de la Divina
Providencia.
De familia aristocrática y rica, siguió primero la vocación al matrimonio,
casándose con el capitán de los bersaglieri Giovanni Battista Michel;
pero, al quedar viuda a los 36 años, sin tener hijos, se sintió impulsada a
entregarse completamente al servicio de los últimos. Así, se convirtió en
madre de muchos abandonados: huérfanos, ancianos y enfermos. «Los pobres
aumentan cada vez más, y quisiera poder extender mis brazos para acoger a
muchos bajo las alas de la divina Providencia», dijo cuando comenzó su obra en
Alessandria, su ciudad natal.
En el centro de su vida espiritual y de la vida de sus religiosas está la
Eucaristía, cuya imagen quiso que estuviera muy visible en el hábito
religioso. Teresa se inspiraba y sacaba fuerzas de su prolongada oración ante
el santísimo Sacramento para su entrega diaria, así como para sus valientes
iniciativas misioneras, que la llevaron muchas veces a Brasil.
Esta generosa hija del Piamonte sigue las huellas de los santos y beatos
que, a lo largo de los siglos, han llevado al mundo el mensaje del amor divino
a través del servicio efectivo a sus hermanos necesitados. Demos gracias a
Dios por el vivo testimonio de santidad de esta mujer, que enriquece a vuestra
región y a la Iglesia entera.
4. Si en Giovanni Maria Boccardo y Teresa Grillo Michel resplandece sobre
todo la virtud de la caridad, en Teresa Bracco brilla la castidad,
defendida y testimoniada hasta el martirio. Tenía veinte años cuando, durante
la segunda guerra mundial, prefirió morir con tal de no ceder ante la
violencia de un militar que atentaba contra su virginidad. Esa actitud
valiente era la consecuencia lógica de una firme voluntad de mantenerse fiel a
Cristo, según su propósito manifestado muchas veces. Cuando supo lo que había
sucedido a otras jóvenes en ese período de desórdenes y violencias, exclamó
sin dudar: «Antes que ser profanada, prefiero morir».
Eso fue lo que sucedió durante una redada. El martirio fue el coronamiento
de un camino de maduración cristiana, realizado día tras día, con la fuerza
que le daban la comunión eucarística diaria y una profunda devoción a la
Virgen Madre de Dios.
¡Qué significativo testimonio evangélico para las jóvenes generaciones que
se acercan al tercer milenio! ¡Qué mensaje de esperanza para quien se esfuerza
por ir contra corriente frente al espíritu del mundo! Sobre todo a los jóvenes
les señalo el ejemplo de esta muchacha, que la Iglesia hoy proclama beata,
para que aprendan de ella la límpida fe testimoniada en el esfuerzo diario, en
la coherencia moral sin componendas, y en la valentía de sacrificar también,
si fuera necesario, la vida para no traicionar los valores que dan sentido a
la existencia.
Pensando en el ambiente rural en que creció Teresa, me complace dirigir
unas palabras de afecto a los agricultores de la región de Langhe y de todo el
Piamonte, que han venido en gran número hoy para rendirle homenaje y
encomendarse a su intercesión. También quisiera enviar mi saludo a las monjas
de la cartuja de la Trinidad, situada cerca de la zona donde tuvo lugar el
martirio de Teresa. Estas hermanas nuestras, fieles a la regla que las
consagra a la oración y a la contemplación, en la soledad y el silencio,
aunque están ausentes físicamente, se hallan presentes espiritualmente en esta
solemne celebración.
5. Las figuras de los nuevos beatos nos remiten con el pensamiento al
cielo, en el que entró el Señor en el misterio de su Ascensión. Nos ha hablado
de él en términos muy sugestivos la carta a los Hebreos, poniendo ante
nuestros ojos a Cristo que penetró como sumo Sacerdote, no «en un santuario
hecho por mano de hombre (...), sino en el mismo cielo (...), para la
destrucción del pecado mediante su sacrificio» (Hb 9, 24. 26). Se trata
de una perspectiva que nos permite comprender mejor el mensaje de la
Sábana santa, icono conmovedor de la pasión de Cristo. Doy gracias al Señor
porque me ha dado la oportunidad de volver a Turín para contemplar esta tarde,
una vez más, este extraordinario testimonio de los sufrimientos de Cristo.
Me alegra saludar nuevamente a todos los presentes, comenzando por el
arzobispo de Turín, el querido cardenal Giovanni Saldarini, así como a los
obispos del Piamonte y a las autoridades civiles, en especial al representante
del Gobierno italiano. Saludo al clero, a los religiosos y a las religiosas, a
los laicos comprometidos y a todos los presentes, en particular a los
peregrinos que han venido con devoción a rendir homenaje a la Sábana santa.
¡La Sábana santa! ¡Qué elocuente mensaje de sufrimiento y amor, de
muerte y vida inmortal! Nos permite comprender las condiciones a través de las
cuales quiso pasar Jesús antes de subir al cielo. Este preciosísimo lienzo,
con su elocuencia dramática, nos ofrece el mensaje más significativo para
nuestra vida: la fuente de toda existencia cristiana es la redención que nos
consiguió el Salvador, que asumió nuestra condición humana, sufrió, murió y
resucitó por nosotros.
La Sábana santa nos habla de todo esto. Es un testimonio único.
6. Los beatos que hoy veneramos por primera vez acogieron e hicieron suyo
ese mensaje salvífico. Al contemplarlos, la Iglesia exulta. Exulta en el
Espíritu, porque en ellos ya vislumbra la patria celestial, la casa gloriosa
de Dios, en la que nos esperan a todos. «En la casa de mi Padre hay muchas
mansiones (...); voy a prepararos un lugar» (Jn 14, 2), dijo Jesús a
sus discípulos la víspera de su pasión. Los nuevos beatos ya llegaron al lugar
que les preparó Cristo, tras su ascensión al cielo.
Ahora el compromiso pasa a nosotros, peregrinos, aún de camino en la
tierra. Después de la Ascensión de Jesús, dos ángeles preguntaron a los
Apóstoles: «¿Qué hacéis ahí mirando al cielo? El mismo Jesús (...) volverá» (Hch
1, 11). La pregunta va dirigida también a nosotros: ahora estamos en el
tiempo de la espera, activa y vigilante, del regreso glorioso de Cristo.
Nuestro espíritu, animado por una gran esperanza, se alegra e invoca:
«¡Ven, Señor, Jesús!». Y la respuesta, recogida en el libro del Apocalipsis,
colma de alegría nuestro corazón y el de todo creyente: «Sí, vengo en seguida.
Amén» (Ap 22, 20).
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