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CELEBRACIÓN DEL DOMINGO DE RAMOS Y DE LA PASIÓN DEL SEÑOR
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
XII Jornada Mundial de la Juventud Domingo 23 marzo de 1997
1. «¡Bendito el que viene en nombre del Señor! (...). ¡Hosanna en el cielo!» (Mc
11, 9-10).
Estas aclamaciones de la multitud, reunida para la fiesta de
Pascua en Jerusalén, acompañan la entrada de Cristo y de los Apóstoles en la
ciudad santa. Jesús entra en Jerusalén montado en un borrico, según las palabras
del profeta: «Decid a la hija de Sión: Mira a tu rey que viene a ti, humilde,
montado en un asno, en un pollino, hijo de animal de carga» (Mt 21, 5).
El animal elegido indica que no se trata de una entrada
triunfal, sino de la de un rey manso y humilde de corazón. Sin embargo, las
multitudes reunidas en Jerusalén, casi sin notar esta expresión de humildad, o
quizá reconociendo en ella un signo mesiánico, saludan a Cristo con palabras
llenas de emoción: «¡Hosanna al Hijo de David!» «¡Bendito el que viene en nombre
del Señor!» «¡Hosanna en las alturas!» (Mt 21, 9). Y cuando Jesús entra en
Jerusalén, toda la ciudad esta alborotada. La gente se pregunta: «“¿Quién es
éste?”». Y algunos responden: «“Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea”» (Mt
21, 10-11).
No era la primera vez que la gente reconocía en Cristo al rey
esperado. Ya había sucedido después de la multiplicación milagrosa del pan,
cuando la multitud quería aclamarlo triunfalmente. Pero Jesús sabia que su reino
no era de este mundo; por eso se había alejado de ese entusiasmo. Ahora se
encamina hacia Jerusalén para afrontar la prueba que le espera. Es consciente de
que va allí por última vez, para una semana «santa», al final de la cual
afrontara la pasión, la cruz y la muerte. Sale al encuentro de todo esto con
plena disponibilidad, sabiendo que así se cumple en él el designio eterno del
Padre.
Desde ese día, la Iglesia extendida por toda la tierra repite
las palabras de la multitud de Jerusalén: «¡Bendito el que viene en nombre del
Señor!». Las repite cada día al celebrar la Eucaristía, poco antes de la
consagración. Las repite con particular énfasis hoy, domingo de Ramos.
2. Las lecturas litúrgicas nos presentan al Mesías que sufre. Se
refieren, ante todo, a sus padecimientos y a su humillación. La Iglesia proclama
el evangelio de la pasión del Señor según uno de los sinópticos: el apóstol
Pablo, en cambio, en la carta a los Filipenses nos ofrece una síntesis admirable
del misterio de Cristo, quien, «a pesar de su condición divina, no hizo alarde
de su categoría de Dios; al contrario, se despojo de su rango, y tomó la
condición de esclavo (...). Por eso Dios lo levanto sobre todo y le concedió el
nombre que está sobre todo nombre; de modo que, al nombre de Jesús (...), toda
lengua proclame: ¡Jesucristo es Señor!, para gloria de Dios Padre» (Flp 2,
6-11).
Este himno de inestimable valor teológico presenta una síntesis
completa de la Semana santa, desde el domingo de Ramos, pasando por el Viernes
santo, hasta el domingo de Resurrección. Las palabras de la carta a los
Filipenses, citadas de modo progresivo en un antiguo responsorio, nos
acompañaran durante todo el Triduo sacro.
El texto paulino encierra en sí el anuncio de la resurrección y
de la gloria, pero la liturgia de la Palabra del domingo de Ramos se concentra
ante todo en la pasión. Tanto la primera lectura como el Salmo responsorial
hablan de ella. En el texto, que forma parte de los llamados «cantos del Siervo
de Yahveh», se esboza el momento de la flagelación y la coronación de espinas;
en el Salmo se describe, con impresionante realismo, la dolorosa agonía de
Cristo en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Sal 21,
2).
Estas palabras, las más conmovedoras, las más emotivas, qué
pronuncio Jesús desde la cruz en la hora de la agonía, resuenan hoy como una
antítesis evidente, expresada en voz altar de aquel «Hosanna», que también
resuena durante la procesión de los ramos.
3. Desde hace algunos años, el domingo de Ramos se ha convertido
en la gran Jornada mundial de la juventud. Fueron los jóvenes mismos los que
abrieron ese camino: desde el comienzo de mi ministerio en la Iglesia de Roma,
en este día miles y miles de jóvenes se reunían en la plaza de San Pedro. A
partir de ese hecho, a lo largo de los años se han desarrollado las Jornadas
mundiales de la juventud, que se celebran en toda la Iglesia, en las parroquias
y diócesis y, cada dos años, en un lugar elegido para todo el mundo. Desde 1984,
los encuentros mundiales han tenido lugar sucesivamente, cada dos años: en Roma,
en Buenos Aires (Argentina), en Santiago de Compostela (España), en Czestochowa-Jasna
Góra (Polonia), en Denver (Estados Unidos), y en Manila (Filipinas). El próximo
mes de agosto la cita es en París (Francia).
Por esta razón, el año pasado, durante la celebración del
domingo de Ramos, los representantes de los jóvenes de Filipinas entregaron a
sus coetáneos franceses la cruz peregrinante de la «Jornada mundial de la
juventud». Este gesto tiene una elocuencia particular: es casi un
redescubrimiento del significado del domingo de Ramos por parte de los jóvenes
que son, efectivamente, sus protagonistas. La liturgia recuerda que «pueri
hebraeorum, portantes ramos olivarum...», «los niños hebreos, llevando ramos de
olivo, salieron al encuentro del Señor, aclamando: ¡Hosanna al Hijo de David!»
(Antífona).
Se puede decir que la primera «Jornada mundial de la juventud»
fue precisamente la de Jerusalén, cuando Cristo entró en la ciudad santa; año
tras año recordamos ese acontecimiento. El lugar de los «pueri hebraeorum» ha
sido ocupado por jóvenes de diversas lenguas y razas. Todos, como sus
predecesores en Tierra Santa, desean acompañar a Cristo y participar en su
semana de pasión, en su Triduo sacro, en su cruz y en su resurrección. Saben que
él es el «bendito» que «viene en nombre del Señor», trayendo la paz a la tierra
y la gloria en las alturas. Lo que cantaron los ángeles la noche de Navidad
sobre la cueva de Belén, resuena hoy con un gran eco en el umbral de la Semana
santa, en la que Jesús se dispone a cumplir su misión mesiánica, realizando la
redención del mundo mediante la cruz y la resurrección.
¡Gloria a ti, oh Cristo, Redentor del mundo! ¡Hosanna!
© Copyright 1997 - Libreria
Editrice Vaticana
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