|
VIAJE APOSTÓLICO A ESPAÑA
CELEBRACIÓN DE LA
PALABRA CON LOS EDUCADORES EN LA FE
HOMILÍA DE JUAN PABLO II
Granada, 5 de noviembre de 1982
“Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque
ocultaste estas cosas a los sabios y discretos y las revelaste a los
pequeñuelos. Sí, Padre, porque así te plugo”.
1. Deseo, queridos hermanos y hermanas, pronunciar con vosotros
estas palabras de bendición que Cristo Jesús dirige al Padre.
Lo bendice porque el Padre es “Señor del cielo y de la tierra”.
Y lo bendice por el don de la revelación. En cierto sentido, la revelación es
el primer fruto de la complacencia de Dios sobre los hombres. Dios se ha
complacido desde la eternidad en el hombre, y por eso se ha revelado en el
tiempo a sí mismo y los planes misericordiosos de su voluntad: “Dispuso Dios
en su sabiduría —dicen las palabras del Concilio Vaticano II — revelarse a
sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los
hombres por medio de Cristo, Verbo Encarnado, tienen acceso al Padre en el
Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina ”.
Vosotros, “educadores en la fe”, cumplís un servicio
especial a la revelación divina, sacando inspiración de esa eterna
complacencia que reside en Dios mismo.
Sois a un tiempo discípulos y apóstoles de Cristo. A El, a El
precisamente “ha sido entregado todo” por el Padre. En El ha manifestado el
Padre todo cuanto debía ser revelado a la humanidad desde el tesoro de su
divina complacencia: “Y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al
Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelárselo”.
Queridos hermanos y hermanas: el Hijo desea revelaros toda la
verdad del amor de Dios, para que vosotros la anunciéis a los demás hombres,
puesto que sois educadores en la fe.
2. Unidos en ese amor del Padre, me encuentro hoy con los
Pastores de esta región, con todos los que tenéis en España la misión
importantísima de educar en la fe, y con vosotros los aquí presentes, que
venís sobre todo de las diócesis de Andalucía Oriental y de Murcia.
Un marco estupendo para este encuentro nos lo ofrece la bella
ciudad de Granada, una de las joyas artísticas de España, que evoca
acontecimientos trascendentales en la historia de la nación y de su unidad.
Conozco la antiquísima tradición de la fe cristiana de estas
Iglesias, el testimonio admirable de vuestros mártires, la vitalidad reflejada
ya en el Concilio de Elvira, en los albores del siglo IV.
Aquella fe recibida en los primeros tiempos del cristianismo,
sigue arraigada en la vida personal y familiar y en la religiosidad popular de
vuestras gentes, expresada sobre todo en la devoción a los misterios de la
Pasión del Señor, de la Eucaristía y en el amor filial a la Virgen Maria.
Para ayudar a mantener y fortificar esa fe, estas tierras han
tenido la fortuna de disponer de ejemplares educadores cristianos. Entre ellos,
fray Hernando de Talavera, el célebre arzobispo catequista que tan bien supo
exponer los misterios cristianos a judíos y musulmanes. Y en tiempos recientes
habéis dado a la educación en la fe maestros de gran talla como el obispo de
Málaga, don Manuel González, el estupendo pedagogo don Andrés Manjón,
fundador de las escuelas y seminario de Maestros del Ave María, y el insigne
padre Poveda, fundador de la benemérita Institución Teresiana.
Ellos se unieron a otros admirables educadores cristianos
procedentes de otras partes de España; entre ellos San Antonio María Claret y
don Daniel Llorente. Figuras, todas ellas, luminosas y señeras, que se
adelantaron a la renovación catequética de tiempos posteriores culminados en
el último Concilio Ecuménico. Figuras que siguen siendo un ejemplo elocuente
para todos los que hoy han de continuar la misión de educar en la fe a las
nuevas generaciones.
3. Esa misión que es un deber eclesial: “Ay de mí si no
evangelizare”, sigue teniendo en nuestros días una importancia trascendental,
para poder conducir a los fieles —niños, jóvenes y adultos—, a través
de las diversas formas de catequesis y educación cristiana, al centro de la
revelación: Cristo. Por eso escribí en mi primera Encíclica: “El cometido
fundamental de la Iglesia en todas las épocas, y particularmente en la nuestra,
es dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda
la humanidad hacia el misterio de Cristo, ayudar a todos los hombres a tener
familiaridad con el hecho profundo de la Redención cumplida en Cristo Jesús”.
Tal misión no es privativa de los ministros sagrados o del
mundo religioso, sino que debe abarcar los ámbitos de los seglares, de la
familia, de la escuela. Todo cristiano ha de participar en la tarea de
formación cristiana. Ha de sentir la urgencia de evangelizar “que no es para
mí motivo de gloria, sino que se me impone”.
Hoy sobre todo es necesaria y urgente dicha tarea, que ayude a
cada cristiano a mantener y desarrollar su fe en la coyuntura de rápidas
transformaciones sociales y culturales que la sociedad española está
experimentando.
Para ello hay que potenciar la educación en la fe, impartiendo
una formación religiosa a fondo; estableciendo la orgánica concatenación
entre la catequesis infantil, juvenil y de adultos, y acompañando y promoviendo
el crecimiento en la fe del cristiano durante toda la vida. Porque una “minoría
de edad” cristiana y eclesial, no puede soportar las embestidas de una
sociedad crecientemente secularizada.
Por estas razones, la catequesis de jóvenes y adultos debe
ayudar a convertir en convicciones profundas y personales los sentimientos y
vivencias quizá no suficientemente arraigados en la niñez.
Así halla la tarea educadora toda su panorámica y amplitud
para llevar a todos a la novedad de la vida en Cristo. La fe cristiana, en
efecto, comporta para el creyente una búsqueda y aceptación personal de la
verdad, superando la tentación de vivir en la duda sistemática, y sabiendo que
su fe “lejos de partir de la nada, de meras ilusiones, de opiniones falibles y
de incertidumbre, se funda en la palabra de Dios, que ni engaña ni se engaña”.
Por ello, la catequesis debe dar también “aquellas certezas, sencillas pero
sólidas, que ayudan a buscar cada vez más y mejor, el conocimiento del Señor”.
Desde ahí ha de abrirse al cristiano la perspectiva nueva que
abarque y oriente toda su existencia, ofreciéndole con el programa cristiano
“razones para vivir y razones para esperar”. En esa línea puede encontrar
su puesto de honor, en el momento presente, el educador católico, orientando su
esfuerzo hacia una formación integral que dé las respuestas válidas que
ofrece la Revelación sobre el sentido del hombre, de la historia y del mundo.
4. Aunque la educación en la fe es una tarea que abarca toda la
vida, hay momentos del proceso cristiano que necesitan una particular atención,
como los de la iniciación cristiana, la adolescencia, elección de estado y
otras circunstancias de mayor relieve en la vida personal; tras una crisis
religiosa o cuando se han vivido experiencias dolorosas. Son momentos que
deberán seguirse con mayor cuidado para hacer oír oportunamente a cada uno la
llamada de Dios.
Para poder ofrecer esa ayuda eficaz en la educación en la fe,
es necesario e imprescindible que se forme sólidamente a los catequistas y
educadores, dándoles una adecuada preparación bíblica, teológica,
antropológica y que se les enseñe a vivir ante todo ellos mismos esa fe, para
catequizar a los demás con la palabra y sobre todo con la profesión íntegra
de la fe, asumida como estilo de vida.
Esta actitud exige, da una parte, la entrega total a la vivencia
de la fe; y de otra, al servicio de la misma y de los demás. El Apóstol así
lo subraya en la lectura que hemos escuchado: “Siendo del todo libre, me hago
siervo de todos para ganarlos a todos”. Utilizando la palabra “siervo”,
San Pablo destaca la entrega total al servicio de la fe y de aquellos a quienes
sirve.
Aún son más elocuentes sus palabras: “Me hago flaco con los
flacos para ganar a los flacos, todo para todos para salvarlos a todos”. El
Apóstol es un hombre realista; comprende que su fatiga sólo produce frutos
parciales. Sin embargo, se da enteramente: “Todo lo hago por el Evangelio,
para participar en él”.
Sí, el Evangelio no sólo se transmite, sino que se participa
en él. Quien más participa, transmite de manera más madura; y quien más
generosamente transmite, más profundamente participa. En definitiva, el anuncio
del Evangelio, el servicio a la fe, es acercar Cristo a los hombres y acercar
los hombres a Cristo. Entonces se cumplen sus palabras: “Venid a mí todos los
que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré”.
5. Dentro del vasto campo de la educación en la fe, los obispos
españoles, en su última asamblea plenaria han elegido como tarea prioritaria
el servicio a la fe, y han llamado la atención sobre la importancia de la
transmisión del mensaje cristiano a través de la catequesis y de la educación
religiosa escolar.
Es un campo que merece mucha solicitud pastoral. No cabe duda de
que la parroquia debe continuar su misión privilegiada de formadora en la fe:
no cabe duda de que los padres deben ser los primeros catequistas de sus hijos.
Sin embargo, no puede dejar de tenerse en cuenta la transmisión del mensaje de
salvación con la enseñanza religiosa en la escuela, privada y pública.
Sobre todo en un país, en el que la gran mayoría de los padres
pide la enseñanza religiosa para sus hijos en el período escolar. Habrá de
impartirse esa enseñanza con la debida discreción, con pleno respeto a la
justa libertad de conciencia, pero respetando a la vez el derecho primordial de
los padres, primeros responsables de la educación de sus hijos.
Por su parte, los maestros y educadores católicos pueden tener,
también en el campo religioso, un papel de primera importancia. En ellos
confían tantos padres y confía la Iglesia para lograr esa formación integral
de la niñez y juventud, de lo que en definitiva depende que el mundo futuro
esté más cerca o más lejos de Jesucristo.
6. “Yo te alabo, Padre, porque ocultaste estas cosas a los
sabios y las revelaste a los pequeñuelos”. Estas palabras han abierto nuestro
encuentro. A lo largo de él estaba siempre presente en nuestra mente la figura
de un vasto e importantísimo sector de los educandos en la fe: los niños. A
ellos quiero referirme ahora de modo directo.
Vosotros, queridos niños y niñas de España, sois los primeros
en conocer tantas cosas de la Revelación que se ocultan a los mayores. Sois por
ello los predilectos de Jesús. En vosotros, los pequeños, alabó El al Padre,
porque os ha hecho partícipes de verdades y vivencias que están ocultas a los
sabios. Ante vuestra bondad, sencillez, sinceridad y amor a todos, proclamaba
El: “Dejad a los niños y no les impidáis acercarse a mí, porque de ellos es
el reino de los cielos”.
Vuestra inocencia y ausencia de mal hizo también decir a Jesús
que “si no os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”.
Al hablaros desde Granada, dentro de este acto dedicado a la
educación en la fe, el Papa quiere deciros que os tiene muy presentes en su
mente y en su corazón; y desea recomendaros que toméis con mucho empeño
vuestra formación en la catequesis, tanto en la parroquia, como en la escuela o
colegio y en la instrucción religiosa recibida de vuestros padres. Así, poco a
poco, aprenderéis a conocer y amar a Jesús, a dirigiros cada día a El con las
oraciones, a invocar a nuestra Madre del cielo la Virgen María, a comportaros
bien en cada momento y agradar a Dios, que nos contempla siempre con mirada de
Padre.
Yo rezo por vosotros, os mando un abrazo y bendición como amigo
de los niños y os pido que recéis también por mí. ¿Verdad que lo haréis?
7. Queridos educadores en la fe: Ante este estupendo panorama de
un mundo a catequizar, para acercarlo a Cristo. Ante tantos adultos, jóvenes y
niños, que reclaman un entrega fiel a la causa del Evangelio, con qué vigor y
convicción resuenan en este encuentro las palabras del Apóstol: “Si
evangelizo, no es para mí motivo de gloria, sino que se me impone como
necesidad. ¡Ay de mí si no evangelizare!”. Ojalá estas palabras se graben
profundamente en vuestros corazones, queridos hermanos y hermanas.
El Apóstol continúa: “Si de mi voluntad lo hiciera, tendría
recompensa; pero si lo hago por fuerza, es como si ejerciera una administración
que me ha sido confiada”.
Sí, se trata de un encargo, confiado a administradores.
Recordad esta expresión: “Dispensadores de la Revelación divina”. Y dado
que esa Revelación arranca de la complacencia de Dios hacia los hombres,
entonces, indirectamente, sois también dispensadores de aquella complacencia,
de aquel amor eterno. Habréis de orar y esforzaros para que vuestros educandos
en la fe acepten de vosotros no sólo la palabra de la verdad revelada, sino
también ese amor del cual nace la Revelación y que en ella se expresa y
realiza.
Por eso el Apóstol escribe luego a quienes cumplen el servicio
de dispensadores: “¿En qué está, pues, mi mérito? En que al evangelizar lo
hago gratuitamente, sin hacer valer mis derechos por la evangelización”.
Porque el Evangelio les atribuye el derecho al sustento, si el servicio
espiritual ocupa todo su tiempo y absorbe todas sus fuerzas. Sin embargo, la
recompensa mayor, según el Apóstol, reside en poder anunciar el Evangelio.
Poder ser dispensadores de las Palabras y del Amor de Dios, ser colaboradores y
apóstoles de Jesucristo.
“¡Ay de mí si no evangelizare!”.
Queridos educadores en la fe: Sea Cristo la recompensa por
vuestras fatigas, cumplidas con desinterés y magnanimidad en todas las Iglesias
de España. Que esta fatiga produzca cosechas de ciento por uno. Así lo pido a
la Virgen de las Angustias, Patrona de Granada.
Copyright © Libreria
Editrice Vaticana
|