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CELEBRACIÓN DEL DOMINGO DE RAMOS
HOMILÍA DE SU
SANTIDAD JUAN PABLO II
Domingo 12 de abril de 1981
1. ¿Por qué Jesús quiso entrar en Jerusalén sobre un borriquillo?
¿Por qué el Domingo de Ramos está al comienzo de la Semana Santa, que es la Semana
de la Pasión del Señor?
La respuesta que el Evangelio de San Mateo da a esta pregunta es sencilla:
"Para que se cumpliese lo que dijo el Profeta" (Mt 21, 4). En realidad,
el Profeta Zacarías se expresa con estas palabras: "Alégrate con alegría
grande, hija de Sión. Salta de júbilo, hija de Jerusalén. Mira que viene a ti
tu rey. Justo y salvador, humilde, montado en un asno, en un pollino hijo de
asna" (Zac
9, 9).
Así viene precisamente: manso y humilde, no tanto como soberano o rey, cuanto,
más bien, como el Ungido, a quien el Eterno inscribió en los corazones y
en las expectativas del pueblo de Israel.
Y ante todo no se refieren al soberano, al rey, estas palabras que pronuncia la
muchedumbre con relación a El:
"¡Hosanna al hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna
en las alturas!" (Mt 21, 9).
Una vez, cuando después de la milagrosa multiplicación de los panes, los testigos
del acontecimiento quisieron arrebatarlo para hacerle rey (cf. Jn
6, 15), Jesús se ocultó de ellos.
Pero ahora les permite gritar: "¡Hosanna al hijo de David!", y,
efectivamente, David fue rey. Sin embargo, no hay en este grito asociación de
ideas con un poder temporal, con un reino terreno. Más bien, se ve que esa
muchedumbre ya está madura para acoger al Ungido, esto es, al Mesías, a
Aquel "que viene en nombre del Señor".
2. La entrada en Jerusalén es un testimonio de la heredad profética en el
corazón de ese pueblo que aclama a Cristo. Al mismo tiempo, es una verificación
y una confirmación de que el Evangelio, anunciado por El durante todo
este tiempo, a partir del bautismo en el Jordán, da sus frutos. En
efecto, el Mesías debía revelarse precisamente como este rey: manso, que cabalga
sobre un borrico, un borriquillo hijo de asna; un rey que dirá de sí mismo: "Yo para esto he nacido y para esto he venido al
mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad oye mi voz"
(Jn 18, 37).
Este rey, que entra en Jerusalén sobre un asno, es precisamente tal rey. Y los
hombres que le siguen, parecen cercanos a este reino: al Reino que no es
de este mundo. Efectivamente, gritan: "Hosanna en las alturas". Parecen ser
precisamente aquellos que han escuchado su voz y que "son de la verdad".
Hoy, Domingo de Ramos, también nosotros hemos venido para revivir litúrgicamente
ese acontecimiento profético. Repetimos las mismas palabras que entonces —en
la entrada en Jerusalén— pronunció la muchedumbre. Tenemos las palmas en las
manos. Estamos dispuestos a tender nuestros mantos en el camino por el que viene
a nuestra comunidad Jesús de Nazaret, igual que entonces entró en Jerusalén.
Jesús de Nazaret acepta esta liturgia nuestra, como aceptó espontáneamente el
comportamiento de la muchedumbre de Jerusalén, porque quiere que de este modo se
manifieste la verdad mesiánica sobre el reino, que no indica dominio
sobre los pueblos, sino que revela la realeza del hombre: esa verdadera dignidad
que le ha dado, desde el principio, Dios Creador y Padre, y la que le restituye
Cristo, Hijo de Dios, en el poder del Espíritu, de Verdad.
3. Sin embargo, el día de hoy es sólo una introducción. Apenas
constituye el preludio de los acontecimientos, que la Iglesia desea vivir
de modo particular y excepcional en el curso de la Semana Santa.
Y este preludio exteriormente es diferente de lo que traerán consigo los
días sucesivos de la semana, especialmente los últimos.
La liturgia nos habla también de esto, más aún, habla sobre todo de esto. Es
la liturgia de la pasión: es el Domingo de la Pasión del Señor.
Por esto el Salmo responsorial, en lugar de las aclamaciones de bendición,
llenas de entusiasmo, y de los gritos de "Hosanna", nos hace escuchar ya hoy
las voces de escarnio, que comenzarán la noche del Jueves Santo y alcanzarán
su culmen en el Calvario:
"Al verme se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza: Acudió al Señor, que
le ponga a salvo; que lo libre si tanto lo quiere" (Sal 21 [22], 8-9).
En las últimas palabras el escarnio llega a la profundidad. Asume la forma
más dolorosa y, a la vez, más provocadora.
Y a continuación, ese penetrante Salmo 21 describe (desde la perspectiva de los
siglos) los acontecimientos de la pasión del Señor, tal como si los viese de cerca:
"Me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos. Se reparten mi
ropa, echan a suerte mi túnica" (vv. 17-19).
Y el gran "evangelista del Antiguo Testamento", el Profeta Isaías, completa lo
demás:
"Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi
barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos" (Is 50, 6).
Y como si desde el Gólgota respondiese al escarnio más doloroso, añade:
"Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido; por eso ofrecí el rostro
como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado" (Is 50, 7). 4. Así, de
esa prueba de obediencia hasta la muerte, Cristo sale victorioso en el
espíritu, mediante su entrega absoluta al Padre, mediante su radical
confianza en la voluntad del Padre, que es la voluntad de vida y salvación.
Y por esto, la descripción completa de los acontecimientos de esta Semana, en la
que nos introduce el Domingo de hoy, se resume en las palabras de San Pablo:
Cristo Jesús «se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de
cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el
"Nombre-sobre-todo-nombre"», y añade: "De modo que al nombre de Jesús toda
rodilla se doble —en el cielo, en la tierra, en el abismo—, y toda lengua
proclame: ¡Jesucristo es Señor!, para gloria de Dios Padre" (Flp 2,
8-11).
Por esto, también nosotros llevamos las palmas en la procesión y cantamos:
"¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!" (Mt 21,
9).
Cristo permitió que en el umbral de los acontecimientos de su pasión,
precisamente hoy, Domingo de Ramos, se delinease ante los ojos del pueblo de
elección divina, ese Reino de la expectación definitiva de los corazones humanos
y de las conciencias.
Lo hizo en el momento en que todo estaba ya dispuesto para que El mismo,
con la propia humillación y la obediencia hasta la muerte y muerte de cruz,
abriese el Reino de Dios mediante su exaltación por obra del Padre: ese Reino
al que están llamados todos los que confiesan su nombre.
© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana
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