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DOMINGO DE RAMOS
HOMILÍA DE SU
SANTIDAD JUAN PABLO II
Plaza de San Pedro, 8 de abril de 1979
1. Durante la próxima semana, la liturgia quiere ser estrictamente obediente a
la sucesión de los acontecimientos. Precisamente los acontecimientos, que se
desarrollaron en Jerusalén hace poco menos de dos mil años, deciden que ésta sea
la Semana Santa, la Semana de la Pasión del Señor.
El domingo de hoy permanece estrechamente unido con el acontecimiento que tuvo
lugar cuando Jesús se acercó a Jerusalén para cumplir allí todo lo que había
sido anunciado por los Profetas. Precisamente en este día los discípulos, por
orden del Maestro, le llevaron un borriquillo, después de haber solicitado
poderlo tomar prestado por cierto tiempo. Y Jesús se sentó sobre él para que se
cumpliese también aquel detalle de los escritos proféticos. En efecto, así dice
el Profeta Zacarías: "Alégrate sobremanera, hija de Sión, grita exultante, hija
de Jerusalén. He aquí que viene a ti tu Rey, justo y victorioso, humilde,
montado en un asno, en un pollino de asna" (9, 9).
Entonces, también la gente que se trasladaba a Jerusalén con motivo de las
fiestas —la gente que veía los hechos que Jesús realizaba y escuchaba sus
palabras— manifestando la fe mesiánica que El había despertado, gritaba:
"¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el reino que
viene de David, nuestro Padre! ¡Hosanna en las alturas!" (Mc 11, 9-10).
Nosotros repetimos estas palabras en cada Misa cuando se acerca el momento de la
transustanciación.
2. Así, pues, en el camino hacia la Ciudad Santa, cerca de la entrada de
Jerusalén, surge ante nosotros la escena del triunfo entusiasmante: "Muchos
extendían sus mantos sobre el camino, otros cortaban follaje de los campos" (Mc
11, 8).
El pueblo de Israel mira a Jesús con los ojos de la propia historia; ésta es la historia que llevaba al pueblo elegido, a través de todos los
caminos de su espiritualidad, de su tradición, de su culto, precisamente hacia
el Mesías. Al mismo tiempo, esta historia es difícil. El reino de David
representa el punto culminante de la prosperidad y de la gloria terrestre del
pueblo, que desde los tiempos de Abraham, varias veces, había encontrado su
alianza con Dios-Yavé, pero también más de una vez la había roto.
Y ahora, ¿cerrará esta alianza de manera definitiva? ¿O acaso perderá de nuevo
este hilo de la vocación, que ha marcado desde el comienzo el sentido de su
historia?
Jesús entra en Jerusalén sobre un borriquillo que le habían prestado. La
multitud parece estar más cercana al cumplimiento de la promesa de la que habían
dependido tantas generaciones. Los gritos: "¡Hosanna!" "¡Bendito el que
viene
en el nombre del Señor!", parecían ser expresión del encuentro ahora ya cercano
de los corazones humanos con la eterna Elección. En medio de esta alegría que
precede a las solemnidades pascuales, Jesús está recogido y silencioso. Es
plenamente consciente de que el encuentro de los corazones humanos con la eterna
Elección no sucederá mediante los "hosannas", sino mediante la cruz.
Antes de que viniese a Jerusalén, acompañado por la multitud de sus paisanos, peregrinos para las fiestas de Pascua, otro lo había dado a conocer y
había definido su puesto en medio de Israel. Fue precisamente Juan Bautista en
el Jordán. Pero Juan, cuando vio a Jesús, al que esperaba, no gritó "hosanna",
sino señalándolo con el dedo, dijo: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el
pecado del mundo" (Jn 1, 29).
Jesús siente el grito de la multitud el día de su entrada en Jerusalén, pero
su pensamiento está fijo en las palabras de Juan junto al Jordán: "He aquí el
que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29).
3. Hoy leemos la narración de la Pasión del Señor, según Marcos. En ella
está la descripción completa de los acontecimientos que se irán sucediendo en el
curso de esta semana. Y en cierto sentido, constituyen su programa.
Nos detenemos con recogimiento ante esta narración. Es difícil conocer estos
sucesos de otro modo. Aunque los sepamos de memoria, siempre volvemos a
escucharlos con el mismo recogimiento. Recuerdo con qué atención escuchaban los
niños cuando siendo yo todavía joven sacerdote les contaba la Pasión del Señor.
Era siempre una catequesis completamente distinta de las otras. La Iglesia,
pues, no cesa de leer nuevamente la narración de la Pasión de Cristo, y desea
que esta descripción permanezca en nuestra conciencia y en nuestro corazón. En
esta semana estamos llamados a una solidaridad particular con Jesucristo: "Varón
de dolores" (Is 53, 3).
4. Así, pues, junto a la figura de este Mesías, que el Israel de la Antigua
Alianza esperaba y, más aún, que parecía haber alcanzado ya con la propia fe en
el momento de la entrada en Jerusalén, la liturgia de hoy nos presenta al mismo
tiempo otra figura. La descrita por los Profetas, de modo particular por
Isaías:
«He dado mis espaldas a los que me herían... sabiendo que no sería confundido» (Is 50, 6-7).
Cristo viene a Jerusalén para que se cumplan en El estas palabras, para
realizar la figura del "Siervo de Yavé", mediante la cual el Profeta, ocho
siglos antes, había revelado la intención de Dios. El "Siervo de Yavé": el
Mesías, el descendiente de David, pero en quien se cumple el "hosanna" del
pueblo, pero el que es sometido a la más terrible prueba:
«Búrlanse de mí cuantos me ven..., líbrele, sálvele, pues dice que le es
grato» (Sal 21, 8-9).
En cambio, no mediante la "liberación" del oprobio, sino precisamente mediante
la obediencia hasta la muerte, mediante la cruz, debía realizarse el designio
eterno del amor.
Y he aquí que habla ahora no ya el Profeta, sino el Apóstol, habla Pablo, en
quien "la palabra de la cruz" ha encontrado un camino particular. Pablo,
consciente del misterio de la redención, da testimonio de quien "existiendo en
forma de Dios... se anonadó, tomando la forma de siervo..., se humilló, hecho
obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" (Flp 2, 6-8).
He aquí la verdadera figura del Mesías, del Ungido, del hijo de Dios, del Siervo
de Yavé. Jesús con esta figura entraba en Jerusalén, cuando los peregrinos, que
lo acompañaban por el caminó, cantaban: "Hosanna". Y extendían sus mantos y los
ramos de los árboles en el camino por el que pasaba.
5. Y nosotros hoy llevamos en nuestras manos los ramos de olivo. Sabernos
que después estos ramos se secarán. Con su ceniza cubriremos nuestras cabezas el
próximo año, para recordar que el Hijo de Dios, hecho hombre, aceptó la muerte
humana para merecernos la Vida.
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