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JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 26 de enero de 2005
Acción de gracias
1. En el salmo 114, que se acaba de proclamar, la voz del
salmista expresa su amor agradecido al Señor, porque ha escuchado su intensa
súplica: "Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante; porque inclina su
oído hacia mí el día que lo invoco" (vv. 1-2). Inmediatamente después de esta
declaración de amor, se describe de forma muy viva la pesadilla mortal que
atenazaba la vida del orante (cf. vv. 3-6).
El drama se representa con los símbolos habituales en los
salmos: lo envolvían las redes de la muerte, lo habían alcanzado los lazos del
abismo, que quieren atraer a los vivientes sin cesar (cf. Pr 30, 15-16).
2. Se trata de la imagen de una presa que ha caído en la trampa
de un cazador inexorable. La muerte es como un cepo que ahoga (cf. Sal
114, 3). Así pues, el orante acaba de superar un peligro de muerte, pasando por
una experiencia psíquica dolorosa: "Caí en tristezas y angustia" (v. 3). Pero
desde ese abismo trágico lanzó un grito hacia el único que puede extender la
mano y arrancar al orante angustiado de aquella maraña inextricable: "Señor,
salva mi vida" (v. 4).
Es una oración breve pero intensa del hombre que, encontrándose
en una situación desesperada, se agarra a la única tabla de salvación. Así, en
el Evangelio, gritaron los discípulos durante la tempestad (cf. Mt
8, 25), y así imploró Pedro cuando, al caminar sobre el mar, comenzó a hundirse
(cf. Mt 14, 30).
3. Una vez salvado, el orante proclama que el Señor es "benigno
y justo", más aún, "compasivo" (Sal 114, 5). Este último adjetivo, en el
original hebreo, remite a la ternura de la madre, aludiendo a sus "entrañas".
La confianza auténtica siente siempre a Dios como amor, aunque
en algún momento sea difícil entender su manera de actuar. En cualquier caso,
existe la certeza de que "el Señor guarda a los sencillos" (v. 6). Por tanto, en
la situación de miseria y abandono siempre se puede contar con él, "padre de
huérfanos, protector de viudas" (Sal 67, 6).
4. Ahora comienza un diálogo del salmista con su alma, que
proseguirá en el salmo 115, el sucesivo, que debe considerarse una sola cosa con
el 114. Es lo que ha hecho la tradición judía, dando origen al único salmo 116,
según la numeración hebrea del Salterio. El salmista invita a su alma a recobrar
la calma después de la pesadilla mortal (cf. Sal 114, 7).
El Señor, invocado con fe, ha tendido la mano, ha roto los lazos
que envolvían al orante, ha enjugado las lágrimas de sus ojos, ha detenido su
caída hacia el abismo infernal (cf. v. 8). El viraje ya es evidente y el canto
acaba con una escena de luz: el orante vuelve al "país de la vida", o sea, a
las sendas del mundo, para caminar en la "presencia del Señor". Se une a la
oración comunitaria en el templo, anticipación de la comunión con Dios que le
espera al final de su existencia (cf. v. 9).
5. Antes de concluir, repasemos los pasajes más importantes del
Salmo, sirviéndonos de la guía de un gran escritor cristiano del siglo III,
Orígenes, cuyo comentario en griego al salmo 114 nos ha llegado en la versión
latina de san Jerónimo.
Leyendo que el Señor "escucha mi voz suplicante", explica:
"Nosotros somos pequeños y bajos, y no podemos aumentar nuestra estatura y
elevarnos; por eso, el Señor inclina su oído y se digna escucharnos. En
definitiva, dado que somos hombres y no podemos convertirnos en dioses, Dios se
hizo hombre y se inclinó, según lo que está escrito: "Inclinó el cielo y bajó"
(Sal 17, 10)".
En efecto, prosigue más adelante el Salmo, "el Señor guarda a los sencillos"
(cf. Sal 114, 6): «Si uno es grande, se enorgullece y se ensoberbece, y
así el Señor no lo protege; si uno se cree grande, el Señor no tiene compasión
de él. En cambio, si uno se humilla, el Señor tiene misericordia de él y lo
protege. Hasta tal punto que dice: "Aquí estamos yo y los hijos que el Señor me
ha dado" (Is 8, 18). Y también: "Me humillé y él me salvó"».
Así, el que es pequeño y humilde puede recobrar la paz, la
calma, como dice el salmo (cf. Sal 114, 7) y como comenta el mismo
Orígenes: "Al decir: "Recobra tu calma", se indica que antes había calma y
luego la perdió... Dios nos creó buenos y nos hizo árbitros de nuestras
decisiones, y nos puso a todos en el paraíso, juntamente con Adán. Pero, dado
que, por nuestra decisión libre, perdimos esa felicidad, acabando en este valle
de lágrimas, por eso el justo invita a su alma a volver al lugar de donde había
caído... "Alma mía, recobra tu calma, que el Señor fue bueno contigo". Si tú,
alma mía, vuelves al paraíso, no es porque seas digna de él, sino porque es obra
de la misericordia de Dios. Si saliste del paraíso, fue por culpa tuya; en
cambio, volver a él es obra de la misericordia del Señor. Digamos también
nosotros a nuestra alma: "Recobra tu calma". Nuestra calma es Cristo, nuestro
Dios" (Orígenes-Jerónimo, 74 Omelie sul libro dei Salmi, Milán 1993, pp.
409. 412-413).
Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos de España y América Latina, especialmente a
los del arzobispado castrense y de las diócesis de Mérida-Badajoz y Alcalá de
Henares. Que vuestra oración ante la tumba de Pedro os ayude a descubrir el
rostro amoroso de Dios que, a pesar de las dificultades y sufrimientos, nunca
nos abandona. ¡Muchas gracias!
(En polaco) Saludo a los obispos aquí presentes y a todos mis
compatriotas. De modo particular saludo a los jóvenes. Ojalá que os colme el
Espíritu Santo y que experimentéis siempre el amor de Dios. Llevad mi saludo a
vuestros seres queridos. ¡Que Dios os bendiga!.
(En italiano)
Dirijo una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua italiana. Saludo en
particular a los representantes del Comité de San Florián de Údine, guiados por
el arzobispo mons. Pietro Brollo; a los fieles de Verghereto, acompañados por el
obispo de Cesena, mons. Antonio Lanfranchi; y a los sacerdotes participantes en
el encuentro de los Cursillos de Cristiandad.
Saludo también a los jóvenes, a los enfermos y a los recién
casados. Celebramos hoy la memoria litúrgica de san Timoteo y san Tito. Que
su ejemplo os impulse a seguir siempre a Jesús, auténtico maestro de vida y de
santidad.
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