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JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 14 de noviembre de 2001
Promesa de observar la ley de Dios
1. La liturgia de las Laudes nos propone el sábado de la
primera semana una sola estrofa tomada del Salmo 118, una plegaria monumental
de veintidós estrofas, tantas cuantas son las letras del alfabeto hebreo.
Cada estrofa se caracteriza por una letra del alfabeto, con la que comienza
cada uno de sus versos; el orden de las estrofas sigue el del alfabeto.
Acabamos de proclamar la estrofa decimonovena, correspondiente a la letra qof.
Esta premisa, un poco exterior, nos permite comprender mejor el significado de
este canto en honor de la Ley divina. Es semejante a una música oriental,
cuyas modulaciones sonoras dan la impresión de que no terminan jamás y se
elevan al cielo en una repetición que implica la mente y los sentidos, el espíritu
y el cuerpo del orante.
2. En una secuencia que se articula del álef a la tau, es
decir, de la primera a la última letra del alfabeto -de la A a la Z, diríamos
nosotros con el alfabeto italiano-, el orante se derrama en la alabanza de la
Ley de Dios, que adopta como lámpara para sus pasos en el camino a menudo
oscuro de la vida (cf. v. 105).
Se dice que el gran filósofo y científico Blas Pascal recitaba diariamente
este Salmo, que es el más largo de todos, mientras que el teólogo Dietrich
Bonhoeffer, asesinado por los nazis en 1945, lo transformaba en plegaria viva
y actual escribiendo: "Indudablemente el Salmo 118 es difícil por
su extensión y monotonía, pero debemos seguir precisamente palabra tras
palabra, frase tras frase, con mucha lentitud y paciencia. Descubriremos
entonces que las aparentes repeticiones son en realidad aspectos nuevos de una
misma y única realidad: el amor a la Palabra de Dios. Así como este
amor no puede terminar jamás, así tampoco terminan las palabras que lo
confiesan. Pueden acompañarnos durante toda nuestra vida, y en su sencillez
se transforman en plegaria para el niño, el hombre y el anciano" (Rezar los
Salmos con Cristo, Brescia 1978, p. 48).
3. Por tanto, el hecho de repetir, además de ayudar a la memoria en el
canto coral, es un modo de estimular la adhesión interior y el abandono
confiado en los brazos de Dios, invocado y amado. Entre las repeticiones del
Salmo 118 queremos señalar una muy significativa. Cada uno de los 176 versos
que componen esta alabanza a la Torah, es decir, a la Ley y a la
Palabra divina, contiene al menos una de las ocho palabras con las que se
define a la Torah misma: ley, palabra, testimonio, juicio,
sentencia, decreto, precepto y orden. Se celebra así la Revelación divina,
que es manifestación del misterio de Dios, pero también guía moral para la
existencia del fiel.
De este modo, Dios y el hombre están unidos en un diálogo compuesto por
palabras y obras, enseñanza y escucha, verdad y vida.
4. Examinemos ahora nuestra estrofa (cf. vv. 145-152), que se adapta bien
al clima de las Laudes matutinas. En efecto, la escena que ocupa la parte
central de estos ocho versículos es nocturna, pero está abierta al nuevo día.
Después de una larga noche de espera y vigilia orante en el templo, cuando
aparece en el horizonte la aurora e inicia la liturgia, el fiel está seguro
de que el Señor escuchará a quien ha pasado la noche orando, esperando y
meditando en la Palabra divina. Confortado por esta certeza, ante la
jornada que se abre ante él, ya no temerá los peligros. Sabe que no lo
alcanzarán sus perseguidores, que lo asedian a traición (cf. v. 150), porque
el Señor está junto a él.
5. La estrofa expresa una intensa súplica: "Te invoco de todo
corazón: respóndeme, Señor, (...) me adelanto a la aurora pidiendo
auxilio, esperando tus palabras" (vv. 145. 147). En el libro de las
Lamentaciones se lee esta invitación: "¡En pie, lanza un grito en
la noche, cuando comienza la ronda; como agua tu corazón derrama ante el
rostro del Señor, alza tus manos hacia él!" (Lm 2, 19). San
Ambrosio repetía: "¿No sabes, hombre, que cada día debes ofrecer
a Dios las primicias de tu corazón y de tu voz? Apresúrate al alba, para
llevar a la iglesia las primicias de tu piedad" (Exp. in Ps. CXVIII:
PL 15, 1476 A).
Al mismo tiempo, nuestra estrofa es también la exaltación de una certeza:
no estamos solos, porque Dios escucha e interviene. Lo dice el orante:
"Tú, Señor, estás cerca" (v. 151). Lo reafirman otros Salmos:
"Acércate a mí, rescátame, líbrame de mis enemigos" (Sal 68,
19); "El Señor está cerca de los atribulados, salva a los
abatidos" (Sal 33, 19).
Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos venidos de España y de Latinoamérica,
especialmente al grupo de Calella. Invito a todos a rezar cada día, tanto
personalmente como en vuestras familias y comunidades, para progresar en el
camino de la santidad, a la que todos estamos llamados. Muchas gracias.
(En holandés) Deseo que vuestra peregrinación os ayude a seguir a
Cristo en el humilde servicio diario, a fin de que seáis una luz para la
Iglesia y el mundo.
(En eslovaco) Amadísimos hermanos, durante el mes de
noviembre la Iglesia nos invita a rezar por los difuntos. Su recuerdo nos
impulsa a meditar sobre la eternidad, orientando nuestra vida hacia los
valores que no perecen.
(En croata) Queridos hermanos y hermanas, el centro de la liturgia
de la Iglesia es la celebración eucarística. Es acción de gracias y de
alabanza que Cristo y la Iglesia ofrecen al Padre; es memorial vivo y
verdadero sacrificio que a través del sacramento actualiza el único
sacrificio de Cristo en la cruz.
(A la Asociación profesional "Cocineros
italianos") Amadísimos hermanos, en vuestro trabajo sed
mensajeros, no sólo de la alegría serena del convite, sino también del
compartir fraterno y solidario.
(A los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados)
Mañana celebramos la fiesta del obispo san Alberto Magno, que continuamente
se esforzó por establecer la paz entre las poblaciones de su tiempo. Que su
ejemplo os estimule a vosotros, queridos jóvenes, a ser promotores de
justicia y artífices de reconciliación. Que sea para vosotros, queridos enfermos,
un aliciente para confiar en el Señor, que nunca abandona en el momento
de la prueba. Y os estimule a vosotros, queridos recién casados, a
encontrar en el Evangelio la alegría de acoger y servir generosamente el
inmenso don de Dios que es la vida.
Mi pensamiento se dirige, por último, a las queridas poblaciones de Argelia,
recientemente afectadas por las inundaciones, que han provocado miles de víctimas
y han dejado sin casa a muchas familias. A la vez que encomiendo a la bondad
misericordiosa de Dios a los que trágicamente han fallecido, expreso mi
cercanía espiritual a sus familiares y a todos los que sufren a causa de esta
grave calamidad. Ojalá que no falten a estos hermanos, tan duramente
probados, nuestra solidaridad y el apoyo concreto de la comunidad
internacional.
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