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JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 10 de octubre de 2001
Dios libera y congrega a su pueblo en la alegría
1. "Escuchad, pueblos, la palabra del Señor;
anunciadla en las islas remotas" (Jr 31, 10). ¿Qué noticia está
a punto de darse con estas solemnes palabras de Jeremías, que hemos escuchado
en el cántico recién proclamado? Se trata de una noticia consoladora y no
por casualidad los capítulos que la contienen (cf. 30 y 31) se suelen llamar
"Libro de la consolación". El anuncio atañe directamente al
antiguo Israel, pero ya permite entrever de alguna manera el mensaje evangélico.
El núcleo de este anuncio es el siguiente: "El Señor redimió a
Jacob, lo rescató de una mano más fuerte" (Jr 31, 11). El
trasfondo histórico de estas palabras está constituido por un momento de
esperanza experimentado por el pueblo de Dios, más o menos un siglo después
de que el norte del país, en el año 722 a. C., hubiera sido ocupado por el
poder asirio. Ahora, en el tiempo del profeta, la reforma religiosa del rey
Josías expresa un regreso del pueblo a la alianza con Dios y enciende la
esperanza de que el tiempo del castigo haya concluido. Toma cuerpo la
perspectiva de que el norte pueda volver a la libertad e Israel y Judá
vuelvan a la unidad. Todos, incluyendo las "islas remotas", deberán
ser testigos de este maravilloso acontecimiento: Dios, pastor de Israel,
está a punto de intervenir. Había permitido la dispersión de su pueblo y
ahora viene a congregarlo.
2. La invitación a la alegría se desarrolla con imágenes que causan
una profunda impresión. Es un oráculo que hace soñar. Describe un futuro en
el que los exiliados "vendrán con aclamaciones" y no sólo volverán
a encontrar el templo del Señor, sino también todos los bienes: el
trigo, el vino, el aceite y los rebaños de ovejas y vacas. La Biblia no
conoce un espiritualismo abstracto. La alegría prometida no afecta sólo a lo
más íntimo del hombre, pues el Señor cuida de la vida humana en todas sus
dimensiones. Jesús mismo subrayará este aspecto, invitando a sus discípulos
a confiar en la Providencia también con respecto a las necesidades materiales
(cf. Mt 6, 25-34). Nuestro cántico insiste en esta perspectiva. Dios
quiere hacer feliz al hombre entero. La condición que prepara para sus hijos
se expresa con el símbolo del "huerto regado" (Jr 31, 12),
imagen de lozanía y fecundidad. Dios convierte su tristeza en gozo, los
alimenta con enjundia (cf. v. 14) y los sacia de bienes, hasta el punto de que
brotan espontáneos el canto y la danza. Será un júbilo incontenible, una
alegría de todo el pueblo.
3. La historia nos dice que este sueño no se hizo realidad entonces. Y
no porque Dios no haya cumplido su promesa: el responsable de esa
decepción fue una vez más el pueblo, con su infidelidad. El mismo libro de
Jeremías se encarga de demostrarlo con el desarrollo de una profecía que
resulta dolorosa y dura, y lleva progresivamente a algunas de las fases más
tristes de la historia de Israel. No sólo no volverán los exiliados del
norte, sino que incluso Judá será ocupada por Nabucodonosor en el año 587 a.C.
Entonces comenzarán días amargos, cuando, en las orillas de Babilonia, deberán
colgar las cítaras en los sauces (cf. Sal 136, 2). En su corazón no
podrán tener ánimo como para cantar ante el júbilo de sus verdugos; nadie
se puede alegrar si se ve obligado al exilio abandonando su patria, la tierra
donde Dios ha puesto su morada.
4. Con todo, la invitación a la alegría que caracteriza este oráculo
no pierde su significado. En efecto, sigue válida la motivación última
sobre la cual se apoya: la expresan sobre todo algunos intensos versículos,
que preceden a los que nos presenta la Liturgia de las Horas. Es
preciso tenerlos muy presentes mientras se leen las manifestaciones de alegría
de nuestro cántico. Describen con palabras vibrantes el amor de Dios a su
pueblo. Indican un pacto irrevocable: "Con amor eterno te he
amado" (Jr 31, 3). Cantan la efusión paterna de un Dios que
a Efraím lo llama su primogénito y lo colma de ternura: "Salieron
entre llantos, y los guiaré con consolaciones; yo los guiaré a las
corrientes de aguas, por caminos llanos para que no tropiecen, pues yo soy el
Padre de Israel" (Jr 31, 9). Aunque la promesa no se pudo realizar
por entonces a causa de la infidelidad de los hijos, el amor del Padre
permanece en toda su impresionante ternura.
5. Este amor constituye el hilo de oro que une las fases de la historia
de Israel, en sus alegrías y en sus tristezas, en sus éxitos y en sus
fracasos. El amor de Dios no falla; incluso el castigo es expresión de ese
amor, asumiendo un significado pedagógico y salvífico.
Sobre la roca firme de este amor, la invitación a la alegría de nuestro cántico
evoca un futuro de Dios que, aunque se retrase, llegará tarde o temprano, no
obstante todas las fragilidades de los hombres. Este futuro se ha realizado en
la nueva alianza con la muerte y la resurrección de Cristo y con el don del
Espíritu. Sin embargo, tendrá su pleno cumplimiento cuando el Señor vuelva
al final de los tiempos. A la luz de estas certezas, el "sueño" de
Jeremías sigue siendo una oportunidad histórica real, condicionada a la
fidelidad de los hombres, y sobre todo una meta final, garantizada por la
fidelidad de Dios y ya inaugurada por su amor en Cristo.
Así pues, leyendo este oráculo de Jeremías, debemos dejar que resuene en
nosotros el evangelio, la buena nueva promulgada por Cristo en la sinagoga de
Nazaret (cf. Lc 4, 16-21). La vida cristiana está llamada a ser un
verdadero "júbilo", que sólo nuestro pecado puede poner en
peligro. Al poner en nuestros labios estas palabras de Jeremías, la Liturgia
de las Horas nos invita a enraizar nuestra vida en Cristo, nuestro
Redentor (cf. Jr 31, 11) y a buscar en él el secreto de la verdadera
alegría en nuestra vida personal y comunitaria.
Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española,
especialmente a los miembros de la fundación Calderón de la Barca, de
Argentina, así como a los grupos venidos de España, México, Uruguay y otros
países latinoamericanos. Doy una bienvenida particular a las Hermanas
Agustinas Misioneras, que celebran estos días su capítulo general. Os invito
a ser fieles a vuestra vocación primera de "anunciar a las islas
lejanas" la buena noticia del Evangelio. Exhorto a todos a acoger este
incomparable anuncio de salvación, para caminar con gozo y esperanza hacia el
encuentro definitivo con Cristo glorioso. Muchas gracias.
(En neerlandés) Orad por los que sufren; suplicad la paz y la
justicia, con la seguridad de que Dios en Jesucristo ha vencido el mal, el
pecado y la muerte.
(A los fieles croatas) Cristo es el origen y el
fundamento de los signos sacramentales que la Iglesia usa en la liturgia. Por
medio de esos signos, llevada por el Espíritu Santo hasta las fuentes de la
santidad y de la gracia, permanece unida a la vida y a la misión de Cristo y
participa en el misterio de salvación.
(En italiano)
Por último, saludo con afecto a los jóvenes, a los enfermos y
a los recién casados. Octubre es el mes del santo rosario, que nos
invita a valorar esta oración tan apreciada por la tradición del pueblo
cristiano. A vosotros, queridos jóvenes, os invito a rezar cada día
el santo rosario. A vosotros, queridos enfermos, a abandonaros con
confianza en las manos solícitas de María, invocándola sin cesar. Os
exhorto a vosotros, queridos recién casados, a hacer del rosario una
meditación orante de los misterios de Cristo.
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