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JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 18 de diciembre de 199 1
La Iglesia, descrita por san Pablo como Esposa
(Lectura: carta de san Pablo a los Efesios, capítulo 5)
1. En su carta a los Efesios escribe san Pablo: «Cristo amó a la Iglesia
y se entregó a sí mismo por ella» (Ef 5, 25). Como se ve, san Pablo
utiliza la analogía del amor nupcial, heredada de los profetas de la antigua
alianza, que recogió en su predicación Juan Bautista y que Jesús también usó,
como atestiguan los evangelios. Juan Bautista y los evangelios presentan a
Cristo como Esposo: lo hemos visto en la catequesis anterior. Esposo del nuevo
pueblo de Dios, que es la Iglesia. En boca de Jesús y de su Precursor, la
analogía recibida de la antigua alianza servía para anunciar que había llegado
el tiempo de su realización. Los acontecimientos pascuales le confirieron su
pleno significado. Precisamente con referencia a esos eventos, el Apóstol puede
escribir en la carta a los Efesios que «Cristo amó a la Iglesia y se entregó a
sí mismo por ella». En estas palabras resuena un eco de los profetas, que en la
antigua Alianza habían usado esta analogía para hablar del amor nupcial de Dios
hacia el pueblo elegido, Israel. Se encuentra en ellas, al menos de forma
implícita, una referencia a la aplicación que Jesús había hecho a sí mismo,
presentándose como Esposo, tal como lo debieron decir los Apóstoles a las
primeras comunidades, en las que nacieron los evangelios. Asimismo, se descubre
allí una profundización de la dimensión salvífica del amor de Cristo Jesús, que
es al mismo tiempo nupcial y redentor: «Cristo se entregó a sí
mismo por la Iglesia», recuerda el Apóstol.
2. Eso resulta aún más evidente si se considera que la carta a los
Efesios coloca el amor nupcial de Cristo hacia la Iglesia en relación directa
con el sacramento que une como esposos a un hombre y una mujer, consagrando su
amor. En efecto, leemos: «Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la
Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola
mediante el baño del agua, en virtud de la palabra (alusión al bautismo), y
presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga, ni
cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada» (Ef 5, 25-27). Un poco
más adelante, el Apóstol mismo subraya el gran misterio de la unión nupcial,
porque la pone en relación con Cristo y la Iglesia (cf. Ef 5, 32). Sus
palabras, en su esencia, quieren significar que en el matrimonio y en el amor
nupcial cristiano se refleja el amor nupcial del Redentor hacia la Iglesia: amor
redentor, preñado de poder salvífico, operante en el misterio de la gracia con
la que Cristo hace a los miembros de su Cuerpo partícipes de la vida nueva.
3. Por este motivo, al desarrollar su idea, el Apóstol recurre al pasaje
del Génesis que, hablando de la unión del hombre y la mujer, dice: «los dos se
harán una sola carne» (Ef5, 31; Gn 2, 24). Inspirándose en esta
afirmación, el Apóstol escribe: «Así deben amar los maridos a sus mujeres
como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer se ama a sí mismo. Porque
nadie aborreció jamás su propia carne; antes bien, la alimenta y la cuida con
cariño, lo mismo que Cristo a la Iglesia» (Ef 5, 28-29).
Se puede decir que en el pensamiento de Pablo el amor nupcial entra en una ley
de igualdad, que el hombre y la mujer realizan en Jesucristo (cf. 1 Cor
7, 4). Con todo, cuando el Apóstol constata: «El marido es cabeza de la mujer,
como Cristo es Cabeza de la Iglesia, el salvador del Cuerpo» (Ef 5, 23),
queda superada la igualdad, la paridad interhumana, porque en el amor hay un
orden. El amor del marido hacia la mujer es participación del amor de Cristo
hacia la Iglesia. Ahora bien, Cristo, Esposo de la Iglesia, ha sido el primero
en el amor, porque ha realizado la salvación (cf. Rm 5, 6; 1 Jn 4,
19). Así, pues, él es al mismo tiempo «Cabeza» de la Iglesia, su «Cuerpo», que
él salva, alimenta y cuida con amor inefable.
Esta relación entre Cabeza y Cuerpo no anula la reciprocidad nupcial, sino que
la refuerza. Precisamente la precedencia del Redentor con respecto a los
redimidos (y, por tanto, con respecto a la Iglesia) es lo que hace posible esa
reciprocidad nupcial, en virtud de la gracia que Cristo mismo concede. Ésta es
la esencia del misterio de la Iglesia como Esposa de Cristo-Redentor, verdad
repetidamente testimoniada y enseñada por san Pablo.
4. El Apóstol no es un testigo lejano o desinteresado, como si hablase o
escribiese de forma académica o notarial. En sus cartas se muestra profundamente
comprometido en la tarea de inculcar esta verdad. Como escribe a los Corintios:
«Celoso estoy de vosotros con celos de Dios. Pues os tengo desposados con un
solo esposo para presentaros cual casta virgen a Cristo» (2 Cor 11, 2).
En este texto, Pablo se presenta a sí mismo como el amigo del Esposo, cuya gran
preocupación consiste en favorecer la fidelidad perfecta de la esposa a la unión
conyugal. En efecto, prosigue: «Temo que, al igual que la serpiente engañó a Eva
con su astucia, se perviertan vuestras mentes apartándose de la sinceridad con
Cristo» (2 Co 11, 3). Ése es el celo del Apóstol.
5. También en la primera carta a los Corintios leemos la misma verdad de
la carta a los Efesios y de la segunda carta a los mismos Corintios, que hemos
citado más arriba. Escribe el Apóstol: «¿No sabéis que vuestros cuerpos son
miembros de Cristo? Y ¿había de tomar yo los miembros de Cristo para hacerlos
miembros de prostituta? ¡De ningún modo!» (1 Co 6, 15). También aquí es
fácil advertir casi un eco de los profetas de la antigua Alianza, que acusaban
al pueblo de prostitución, especialmente por sus caídas en la idolatría. Los
profetas hablaban de «prostitución» en sentido metafórico, para echar en cara
cualquier culpa grave de infidelidad a la ley de Dios. San Pablo, en cambio,
habla efectivamente de relaciones sexuales con prostitutas y las declara
totalmente incompatibles con un auténtico cristiano. No es posible tomar los
miembros de Cristo y hacerlos miembros de una prostituta. Pablo precisa, luego,
un punto importante: mientras la relación de un hombre con una prostituta se
realiza sólo a nivel de la carne y, por ello, provoca un divorcio entre carne y
espíritu, la unión con Cristo se lleva a cabo al nivel del espíritu y
corresponde, por consiguiente a todas las exigencias del amor auténtico: «¿O no
sabéis que quien se une a la prostituta se hace un solo cuerpo con ella? Pues
está dicho: Los dos se harán una sola carne. Mas el que se une al Señor, se hace
un solo espíritu con él» (1 Co 6, 16-17). Como se ve, la analogía usada
por los profetas para condenar con tanta pasión la profanación, la traición y el
amor nupcial de Israel con su Dios, sirve aquí al Apóstol para poner de relieve
la unión con Cristo, que es la esencia de la nueva Alianza, y para precisar las
exigencias que implica para la conducta cristiana: «Quien se une al Señor, forma
con él un solo espíritu».
6. Era necesaria la «experiencia» de la Pascua de Cristo; era necesaria
la «experiencia» de Pentecostés, para atribuir ese significado a la analogía del
amor nupcial, heredada de los profetas. Pablo conocía esa doble experiencia de
la comunidad primitiva, que había recibido de los discípulos no sólo la
instrucción, sino también la comunicación viva de ese misterio. Él había
recibido y profundizado esa experiencia, y ahora, a su vez, se hacía apóstol de
la misma con los fieles de Corinto, de Éfeso y de todas las Iglesias a las que
escribía. Era una traducción sublime de su experiencia del carácter esponsal de
la relación entre Cristo y la Iglesia: «¿O no sabéis que vuestro cuerpo es
santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y
que no os pertenecéis?» (1 Co 6, 19).
7. Concluyamos también nosotros con esta constatación de fe, que nos hace
desear esa hermosa experiencia: la Iglesia es la Esposa de Cristo. Como esposa,
pertenece a él en virtud del Espíritu Santo que, sacando «de los manantiales de
la salvación» (Is 12, 3), santifica a la Iglesia y le permite responder
con amor al amor.
Saludos
Amadísimos hermanos y hermanas:
Deseo ahora presentar mi más cordial saludo a todos los
peregrinos y visitantes de lengua española.
En particular, a las Hermanas Misioneras Claretianas, así como
a las Religiosas Hijas de Jesús. Os aliento a una entrega generosa a Dios y a la
Iglesia en fidelidad a vuestra vocación.
A todas las personas, familias y grupos procedentes de los
diversos países de América Latina y de España imparto con gran afecto la
bendición apostólica.
© Copyright 1991 - Libreria Editrice Vaticana
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