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JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 25 de septiembre de 199 1
El crecimiento del reino de Dios según las parábolas evangélicas
(Lectura: evangelio de san Marcos, capítulo 4, versículos 26-29)
1. Como dijimos en la catequesis anterior, no es posible comprender el
origen de la Iglesia sin tener en cuenta todo lo que Jesús predicó y realizó (cf.
Hch 1, 1). Precisamente de este tema habló a sus discípulos, y nos ha
dejado su enseñanza fundamental en las parábolas del reino de Dios. Entre éstas,
revisten importancia particular las que enuncian y nos permiten descubrir el
carácter de desarrollo histórico y espiritual que es propio de la Iglesia según
el proyecto de su mismo Fundador.
2. Jesús dice: «El reino de Dios es como un hombre que echa el grano en
la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin
que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego
espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en
seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega» (Mc 4, 26-29). Por
tanto, el reino de Dios crece aquí en la tierra, en la historia de la humanidad,
en virtud de una siembra inicial, es decir, de una fundación que viene de Dios,
y de uno obrar misterioso de Dios mismo, que la Iglesia sigue cultivando a lo
largo de los siglos. En la acción de Dios en relación con el Reino también está
presente la «hoz» del sacrificio: el desarrollo del Reino no se realiza sin
sufrimiento. Éste es el sentido de la parábola que narra el evangelio de Marcos.
3. Volvemos a encontrar el mismo concepto también en otras parábolas,
especialmente en las que están agrupadas en el texto de Mateo (13, 3-50).
«El reino de los cielos ―leemos en este evangelio― es semejante a un grano de
mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña
que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace
árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas» (Mt
13, 31-32). Se trata del crecimiento del Reino en sentido «extensivo».
Por el contrario, otra parábola muestra su crecimiento en sentido «intensivo» o
cualitativo, comparándolo a la «levadura que tomó una mujer y la metió en tres
medidas de harina, hasta que fermentó todo» (Mt 13, 33).
4. En la parábola del sembrador y la semilla, el crecimiento del reino de
Dios se presenta ciertamente como fruto de la acción del sembrador; pero la
siembra produce fruto en relación con el terreno y con las condiciones
climáticas: «una ciento, otra sesenta, otra treinta» (Mt 13, 8). El
terreno representa la disponibilidad interior de los hombres. Por consiguiente,
a juicio de Jesús, también el hombre condiciona el crecimiento del reino de
Dios. La voluntad libre del hombre es responsable de este crecimiento. Por eso
Jesús recomienda que todos oren: «Venga tu Reino» (cf. Mt 6, 10; Lc
11, 2). Es una de las primeras peticiones del Pater noster.
5. Una de las parábolas que narra Jesús acerca del crecimiento del reino
de Dios en la tierra, nos permite descubrir con mucho realismo el carácter de
lucha que entraña el Reino a causa de la presencia y la acción de un «enemigo»
que «siembra cizaña (gramínea) en medio del grano». Dice Jesús que cuando «brotó
la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña». Los siervos del
amo del campo querrían arrancarla, pero éste no se lo permite, «no sea que, al
recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos
hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: recoged primero
la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi
granero» (Mt 13, 24-30). Esta parábola explica la coexistencia y, con
frecuencia, el entrelazamiento del bien y del mal en el mundo, en nuestra vida y
en la misma historia de la Iglesia. Jesús nos enseña a ver las cosas con
realismo cristiano y a afrontar cada problema con claridad de principios, pero
también con prudencia y paciencia. Esto supone una visión trascendente de la
historia, en la que se sabe que todo pertenece a Dios y que todo resultado final
es obra de su Providencia. Como quiera que sea, no se nos oculta aquí el destino
final ―de dimensión escatológica― de los buenos y los malos; está simbolizado
por la recogida del grano en el granero y la quema de la cizaña.
6. Jesús mismo da la explicación de la parábola del sembrador a petición
de sus discípulos (cf. Mt 13, 36-43). En sus palabras se transparenta la
dimensión temporal y escatológica del reino de Dios.
Dice a los suyos: «A vosotros se os ha dado el misterio del reino de Dios» (Mc
4, 11). Los instruye acerca de este misterio y, al mismo tiempo, con su palabra
y su obra «prepara un Reino para ellos, así como el Padre lo preparó para él [el
Hijo]» (cf. Lc 22, 29). Esta preparación se lleva a cabo incluso después
de su resurrección. En efecto, leemos en los Hechos de los Apóstoles que
«se les apareció durante cuarenta días y les hablaba acerca de lo referente al
reino de Dios» (cf. Hch 1, 3) hasta el día en que «fue elevado al cielo y
se sentó a la diestra de Dios» (Mc 16, 19). Eran las últimas
instrucciones y disposiciones para los Apóstoles sobre lo que debían hacer
después de la Ascensión y Pentecostés, a fin de que comenzara concretamente el
reino de Dios en los orígenes de la Iglesia.
7. También las palabras dirigidas a Pedro en Cesarea de Filipo se
inscriben en el ámbito de la predicación sobre el Reino. En efecto, le dice: «A
ti te daré las llaves del reino de los cielos» (Mt 16, 19),
inmediatamente después de haberlo llamado piedra, sobre la que edificará
su Iglesia, que será invencible para las «puertas del Hades» (cf. Mt 16,
18). Es una promesa que en ese momento se formula con el verbo en futuro,
«edificaré», porque la fundación definitiva del reino de Dios en este mundo
todavía tenía que realizarse a través del sacrificio de la cruz y la victoria de
la resurrección. Después de este hecho, Pedro y los demás Apóstoles tendrán viva
conciencia de su vocación a «anunciar las alabanzas de Aquel que les ha llamado
de las tinieblas a su luz admirable» (cf. 1 Pe 2, 9). Al mismo tiempo,
todos tendrán también conciencia de la verdad que brota de la parábola del
sembrador, es decir, que «ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios
que hace crecer», como escribió san Pablo (1 Cor 3, 7).
8. El autor del Apocalipsis da voz a esta misma conciencia del
Reino cuando afirma en el canto al Cordero: «Porque fuiste degollado y compraste
para Dios con tu sangre hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; y has
hecho de ellos para nuestro Dios un reino de sacerdotes» (Ap 5, 9. 10).
El apóstol Pedro precisa que fueron hechos tales «para ofrecer sacrificios
espirituales aceptos a Dios por mediación de Jesucristo» (cf. 1 P 2, 5).
Todas éstas son expresiones de la verdad aprendida de Jesús quien, en las
parábolas del sembrador y la semilla, del grano bueno y la cizaña, y del grano
de mostaza que se siembra y luego se convierte en un árbol, hablaba de un reino
de Dios que, bajo la acción del Espíritu, crece en las almas gracias a la fuerza
vital que deriva de su muerte y su resurrección; un Reino que crecerá hasta el
tiempo que Dios mismo previó.
9. «Luego, el fin ―anuncia san Pablo― cuando [Cristo] entregue a Dios
Padre el Reino, después de haber destruido todo Principado, Dominación y
Potestad» (1 Cor 15, 24). En realidad, «cuando hayan sido sometidas a él
todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a
él todas las cosas, para que Dios sea todo en todo» (1 Cor 15, 28).
Desde el principio hasta el fin, la existencia de la Iglesia se inscribe en la
admirable perspectiva escatológica del reino de Dios, y su historia se despliega
desde el primero hasta el último día.
Saludos
Amadísimos hermanos y hermanas:
Saludo con afecto a todos los peregrinos de lengua española.
De modo particular doy mi bienvenida al grupo de religiosos
Terciarios Capuchinos, de diversos países de Europa y de América Latina; también
saludo a las Religiosas Oblatas al Divino Amor, de Costa Rica, y a las Siervas
del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres, de México. Seguid viviendo todos
vuestra consagración religiosa como testigos de los valores del Reino de Dios.
Entre los grupos españoles, doy mi cordial bienvenida, de modo
particular, a la Coral del Colegio de la Presentación de María, de Granada, a la
Coral “Gaudeamus”, de Trigueros (Huelva), al grupo de la Cooperativa Católica de
Ferreteros, de Alicante, y al grupo “Monumento a la Paz”, de Valencia. Que
vuestro apostolado y el canto que ejecutáis os ayuden al crecimiento del Reino
de Dios en vosotros y en la sociedad.
A todos los peregrinos de lengua española, de Latinoamérica y de
España, imparto mi cordial bendición apostólica.
© Copyright 1991 - Libreria Editrice Vaticana
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