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JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 7 de noviembre de 1990
El Espíritu que "procede del Padre y del Hijo"
1. Cuando profesamos nuestra fe “en el Espíritu Santo, Señor y dador de
vida” añadimos: “que procede del Padre y del Hijo”. Como es sabido, estas
palabras fueron introducidas en el símbolo niceno, que decía solamente: “Creemos
en el Espíritu Santo” (cf. Denz-S., 125). Ya en el Concilio de
Constantinopla (381) fue incluida la explicación: “que procede del
Padre” (cf. Denz-S., 150), por lo que hablamos de símbolo
niceno-constantinopolitano. La fórmula conciliar del año 381, rezaba así: “Creo
en el Espíritu Santo, que procede del Padre”. La fórmula más completa: “que
procede del Padre y del Hijo” (qui a Patre Filioque procedit), ya
presente en antiguos textos y vuelta a presentar por el Sínodo de Aquisgrán el
año 809, fue finalmente introducida también en Roma en 1014 con ocasión de la
coronación del emperador Enrique II. Se difundió desde entonces en todo el
Occidente, y fue admitida por los griegos y los latinos en el II Concilio
ecuménico de Lión (1274) y en el de Florencia (1439) (cf. Denz-S., 150
Nota introductoria). Era una puntualización, que no cambiaba en nada la
sustancia de la fe antigua, pero que los mismos Romanos Pontífices no se
decidían a admitir por respeto a la fórmula antigua ya difundida por doquier y
usada también en la basílica de San Pedro. La introducción de la añadidura,
acogida sin graves dificultades en Occidente, suscitó reservas y polémicas entre
nuestros hermanos orientales, que atribuyeron a los occidentales un cambio
sustancial en materia de fe. Hoy podemos dar gracias al Señor por el hecho de
que también en este punto se va aclarando en Oriente y Occidente el verdadero
sentido de la fórmula, y el carácter relativo el de la cuestión misma.
Aquí, sin embargo, debemos ahora ocuparnos del “origen” del Espíritu Santo,
teniendo en cuenta la cuestión del “Filioque”.
2. La Sagrada Escritura alude, ante todo, a que el Espíritu Santo procede
del Padre. Por ejemplo, en el evangelio según san Mateo, en el momento de enviar
a los Doce a su primera misión, Jesús los tranquiliza así: “No os preocupéis de
cómo o por qué vais a hablar...; Porque no seréis vosotros los que hablaréis,
sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros” (Mt
10, 19-20). Luego, en el evangelio según san Juan, Jesús afirma: “Cuando venga
el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad,
que procede del Padre, él dará testimonio de mí” (Jn 15, 26). Según
muchos exegetas, estas palabras de Jesús se refieren directamente a la misión
temporal del Espíritu de parte del Padre; sin embargo, es legítimo ver
reflejada en ellas la procesión eterna y, por tanto, el origen del
Espíritu Santo del Padre.
Evidentemente, tratándose de Dios, es preciso liberar la palabra “origen” de
toda referencia al orden creado y temporal; es decir, en sentido activo, se ha
de excluir la comunicación de la existencia a alguien y, por tanto, la prioridad
y la superioridad sobre él; y, en sentido pasivo, el paso del no ser al ser por
obra de otro y, por tanto, la posterioridad y la dependencia de él. En Dios todo
es eterno, fuera del tiempo; por tanto, el origen del Espíritu Santo,
como el del Hijo, en el misterio trinitario, en el que las tres divinas Personas
son consustanciales, es eterno. Se trata, efectivamente, de una “procesión” de
origen espiritual, como sucede (aunque se trata siempre de una analogía muy
imperfecta) en la “producción” del pensamiento y del amor, que permanecen en el
alma en unidad con la mente de la que proceden. “Y en este sentido ―escribe
santo Tomás― la fe católica admite procesiones en Dios (Summa Theologiae,
I, q. 27, a. 1; aa. 3-4).
3. En cuanto a la procesión y al origen del Espíritu Santo del Hijo,
los textos del Nuevo Testamento, aún sin hablar de ella abiertamente, ponen de
relieve relaciones muy estrechas entre el Espíritu y el Hijo. El envío del
Espíritu Santo a los creyentes no es obra sólo del Padre, sino también del Hijo.
En efecto, en el Cenáculo, tras haber dicho: “El Espíritu Santo que el Padre
enviará en mi nombre” (Jn 14, 26), Jesús añade: “Si me voy, os lo
enviaré” (Jn 16, 7).
Otros pasajes evangélicos expresan la relación entre el Espíritu y la revelación
realizada por el Hijo, como en los que Jesús dice: “Él me dará gloria, porque
recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el
Padre es mío. Por eso os he dicho: recibirá de lo mío y os lo anunciará a
vosotros” (Jn 16, 14-15).
El evangelio dice claramente que el Hijo ―no sólo el Padre― “envía” al Espíritu
Santo; más aún, que el Espíritu “recibe” del Hijo lo que revela, pues todo lo
que tiene el Padre es también del Hijo (cf. Jn 16, 15).
Tras la resurrección, estos anuncios encontrarán su cumplimiento cuando Jesús,
después de haber entrado “estando cerradas las puertas” en el lugar en que los
Apóstoles se habían escondido por temor de los judíos, “soplará” sobre ellos y
dirá: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 22).
4. Junto a estos pasajes evangélicos, que son los más esenciales para
nuestro asunto, existen en el Nuevo Testamento otros que demuestran que el
Espíritu Santo no es sólo el Espíritu del Padre, sino también el Espíritu del
Hijo, el Espíritu de Cristo. Así, en la carta a los Gálatas leemos que “Dios
ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá,
Padre!” (Ga 4, 6). En otros textos, el Apóstol habla del “Espíritu de
Jesucristo” (Flp 1, 19), del “Espíritu de Cristo” (Rm 8, 9) y
afirma que lo que Cristo realiza por su medio (del Apóstol) tiene lugar “en
virtud del Espíritu de Dios” (Rm 15, 19). No faltan otros textos
parecidos a estos (cf. Rm 8, 2; 2 Co 3, 1 7 s.; 1 P 1, 11).
5. En verdad, la cuestión del “origen” del Espíritu Santo, en la vida
trinitaria del Dios único, ha sido objeto de una larga y múltiple reflexión
teológica, basada en la Sagrada Escritura. En Occidente, san Ambrosio en su
De Spiritu Sancto y san Agustín en la obra De Trinitate dieron una
gran aportación al esclarecimiento de este problema. La tentativa de penetrar
más a fondo en el misterio de la vida íntima de Dios-Trinidad, realizado por
esos y otros Padres y Doctores latinos y griegos (comenzando por san Hilario,
san Basilio, Dionisio, san Juan Damasceno), ciertamente preparó el terreno para
la introducción en el símbolo de aquella fórmula sobre el Espíritu Santo que
“procede del Padre y del Hijo”. Con todo, los hermanos orientales se atenían a
la fórmula pura y simple del Concilio de Constantinopla (381), tanto más que el
Concilio de Calcedonia (451) había confirmado su carácter “ecuménico” (aunque de
hecho habían tomado parte en él casi sólo obispos de Oriente). Así, el “Filioque”
occidental y latino se convirtió, los siglos siguientes, en una ocasión del
cisma, ya llevado a cabo por Focio (882), pero consumado y extendido a casi
todo el Oriente cristiano el año 1054. Las Iglesias orientales separadas de Roma
aún hoy profesan en el símbolo de la fe “en el Espíritu Santo que procede del
Padre” sin hacer mención del “Filioque”, mientras en Occidente decimos
expresamente que el Espíritu Santo “procede del Padre y del Hijo”.
6. Esta doctrina no carece de precisas referencias en los grandes Padres
y Doctores de Oriente (Efrén, Atanasio, Basilio, Epifanio, Cirilo de Alejandría,
Máximo, Juan Damasceno) y de Occidente (Tertuliano, Hilario, Ambrosio, Agustín).
Santo Tomás, siguiendo a los Padres, dio una aguda explicación de la fórmula,
basándose en el principio de la unidad e igualdad de las divinas Personas en las
relaciones trinitarias (cf. Summa Theologiae, I, q. 36, aa. 2-4).
7. Tras el cisma, varios concilios del segundo milenio intentaron
reconstruir la unión entre Roma y Constantinopla. La cuestión de la procesión
del Espíritu Santo del Padre y del Hijo fue objeto de clarificaciones
especialmente en los concilios IV de Letrán (1215), II de Lión
(1274) y, finalmente, en el Concilio de Florencia (1439). En este último
concilio encontramos una puntualización que tiene el valor de una puesta a punto
histórica y, al mismo tiempo, de una declaración doctrinal: “Los latinos afirman
que diciendo que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo no pretenden
excluir que el Padre sea la fuente y el principio de toda la divinidad, es
decir, del Hijo y del Espíritu Santo; ni quieren negar que el Hijo tenga del
Padre (el hecho) que el Espíritu Santo procede del Hijo; ni consideran que
existan dos principios o dos espiraciones, sino que afirman que es único el
principio y única la espiración del Espíritu Santo, como hasta ahora han
asegurado” (cf. Conciliorum Oecumenicorum Decreta, Bologna, 1973, pág.
526).
Era el eco de la tradición latina, que santo Tomás había determinado
teológicamente muy bien (cf. Summa Theologiae, I, q. 36, a. 3)
refiriéndose a un texto de san Agustín, según el cual “Pater et Filius sunt unum
principium Spiritus Sancti” (De Trinitate, V, 14; PL 42, 921).
8. Así, parecían superadas las dificultades de orden terminológico y
aclaradas las intenciones, hasta el punto de que ambas partes ―griegos y
latinos― en la sesión sexta (6 de julio de 1439) pudieron firmar la definición
común: “En el nombre de la Santa Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, con la
aprobación de este sagrado y universal concilio Florentino, establecemos que
esta verdad de fe sea creída y aceptada por todos los cristianos: y, por ello,
todos deben profesar que el Espíritu Santo es eternamente del Padre y del
Hijo, que tiene su esencia y su ser subsistente juntamente del Padre y
del Hijo, y que procede eternamente del uno y del otro como de un único
principio y de una única espiración” (Denz-S., 1300).
He aquí una ulterior puntualización, a la que ya santo Tomás había dedicado un
artículo de la Summa (“Utrum Spiritus Sanctus procedat a Patre per
Filium”: I, q. 36, a. 3): “Declaramos ―se lee en el concilio― que lo que
afirman los santos Doctores y Padres, ―(o sea) que el Espíritu Santo procede del
Padre por medio del Hijo― tiende a hacer comprender y quiere significar
que también el Hijo, como el Padre, es causa, según los griegos,
principio, según los latinos, de la subsistencia del Espíritu Santo. Y, dado
que todas las cosas que son del Padre, el Padre mismo las ha dado al Hijo con la
generación, menos el ser Padre: esta misma procesión del Espíritu Santo del
Hijo, el Hijo mismo la tiene eternamente del Padre, del que también ha sido
engendrado eternamente” (Denz-S., 1301).
9. También hoy este texto conciliar sigue siendo una base útil para el
diálogo y el acuerdo entre los hermanos de Oriente y Occidente, tanto más que la
definición firmada por las dos partes terminaba con la siguiente declaración:
“Establecemos... que la explicación dada con la expresión “Filioque” ha
sido lícita y razonablemente añadida al símbolo, para hacer más clara la verdad
y por la necesidad que urgía entonces” (Denz-S., 1302).
De hecho, después del Concilio de Florencia, en Occidente se siguió profesando
que el Espíritu Santo “procede del Padre y del Hijo”, mientras en Oriente
siguieron ateniéndose a la fórmula conciliar original de Constantinopla. Pero
desde los tiempos del Concilio Vaticano II se lleva a cabo un provechoso
diálogo ecuménico, que parece haber llevado a la conclusión de que la
fórmula “Filioque” no constituye un obstáculo esencial para el diálogo
mismo y sus desarrollos, que todos deseamos e invocamos del Espíritu Santo.
Saludos
Amadísimos hermanos y hermanas:
Saludo ahora muy cordialmente a los peregrinos y visitantes de lengua española.
En particular, a los sacerdotes y demás almas consagradas, que hacen de sus
vidas ofrenda a Dios y servicio a los hermanos. Una cordial bienvenida a esta
Audiencia presento a los miembros del Valencia Club de Fútbol, y en sus personas
saludo también a los socios y seguidores en la ciudad del Turia. Aliento a todos
a hacer de las competencias deportivas ocasión de encuentro y fiesta, donde
brillen y se fomenten las virtudes humanas y cristianas, la lealtad, la
fraternidad, el respeto a los demás. Finalmente saludo a los grupos y familias
de los diversos Países de América Latina y de España.
Con afecto imparto la bendición apostólica.
© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana
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