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JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 17 de octubre de 1990
La Persona del Espíritu Santo en los símbolos evangélicos de su acción
salvífica: el viento, la paloma y el fuego
1. En el Nuevo Testamento se halla contenida la revelación acerca del
Espíritu Santo como Persona, subsistente con el Padre y con el Hijo en la
unidad de Trinidad. Pero esta revelación no tiene los rasgos tan marcados y
precisos como la que se refiere a las dos primeras Personas. La afirmación de
Isaías según la cual nuestro Dios es “un Dios oculto” (Is 45, 15), puede
referirse en particular precisamente al Espíritu Santo. En efecto, el Hijo, al
hacerse hombre, entró en la esfera de la visibilidad, que experimentaron los que
pudieron ver con sus propios ojos, y tocar con sus manos acerca de la Palabra de
vida, como dice san Juan (cf. 1 Jn 1, 1); y su testimonio ofrece un punto
concreto de referencia también para las generaciones cristianas sucesivas. El
Padre, a su vez, aún permaneciendo en su trascendencia invisible e inefable, se
manifestó en el Hijo. Decía Jesús: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”
(Jn 14, 9). Por lo demás, la “paternidad”, incluso a nivel divino, se
puede conocer por la analogía con la paternidad humana, que es un reflejo,
aunque imperfecto, de la paternidad increada y eterna, como dice san Pablo (Ef
3, 15).
2. La Persona del Espíritu Santo, por el contrario, está más radicalmente
por encima de todos nuestros medios de conocimiento. Para nosotros, la
tercera Persona es un Dios oculto e invisible, también porque tiene analogías
más débiles con lo que sucede en el mundo del conocimiento humano. La misma
génesis e inspiración del amor, que en el alma humana es un reflejo del Amor
increado, no tiene la transparencia del acto cognoscitivo, que en cierto sentido
es autoconsciente. De aquí el misterio de amor, a nivel psicológico y teológico,
como observa santo Tomás (cf. Summa Theologiae, I, q. 27, a. 4; q. 36, a.
1; q. 37, a. 1). Así se explica que el Espíritu Santo, como el amor humano,
encuentra expresión especialmente en los símbolos. Estos indican su
dinamismo operativo, pero también su Persona presente en la acción.
3. Así sucede con el símbolo del viento, que es central en
Pentecostés, acontecimiento fundamental en la revelación del Espíritu Santo: “De
repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que
llenó toda la casa en la que se encontraban (los discípulos con María”) (Hch
2, 2).
En los textos bíblicos, y en otros, se suele presentar el viento como una
persona que va y viene. Así lo hace Jesús en la conversación con Nicodemo,
cuando usa la imagen del Espíritu Santo: “El viento sopla donde quiere, y
oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el
que nace del Espíritu” (Jn 3, 8). La acción del Espíritu Santo, por la
que se nace del Espíritu (como sucede en la filiación adoptiva obrada por la
gracia divina) es comparada con el viento. Esta analogía empleada por Jesús pone
de relieve la total espontaneidad y gratuidad de esta acción, por medio de la
cual los hombres se hacen partícipes de la vida de Dios. El símbolo del
viento parece expresar de un modo particular aquel dinamismo sobrenatural
por medio del cual Dios mismo se acerca a los hombres para transformarlos
interiormente, para santificarlos y, en cierto sentido, según el lenguaje de los
Padres, para divinizarlos.
4. Es preciso añadir que, desde el punto de vista etimológico y
lingüístico, el símbolo del viento es el que más estrecha conexión guarda con el
Espíritu. Ya hemos hablado de él en catequesis anteriores. Baste, aquí, recordar
sólo el sentido de la palabra “ruah” (que aparece ya en Gn 1, 2), es
decir, “el soplo”. Sabemos que, cuando Jesús, tras la resurrección, se apareció
a los Apóstoles, “sopló” sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu
Santo” (Jn 20, 22-23).
También es necesario notar que el símbolo del viento, en referencia explícita al
Espíritu Santo y a su acción, pertenece al lenguaje y a la doctrina del Nuevo
Testamento. En el Antiguo Testamento el viento, como “huracán”,
propiamente es la expresión de la ira de Dios (cf. Ez 13; 13),
mientras que “el susurro de una brisa suave” habla de la intimidad de su
conversación con los profetas (cf. 1 R 19, 12). El mismo término se
usa para indicar el aliento vital. que expresa el poder de Dios, y que devuelve
la vida a los esqueletos humanos en la profecía de Ezequiel: “Ven, espíritu,
de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos para que vivan” (Ez
37, 9). Con el Nuevo Testamento, el viento se convierte claramente en
símbolo de la acción y de la presencia del Espíritu Santo.
5. Otro símbolo: la paloma que, según los sinópticos y el
evangelio de Juan, se manifiesta con ocasión del bautismo de Jesús en el
Jordán. Este símbolo es más apto que el del viento para indicar la
Persona del Espíritu Santo, porque la paloma es un ser vivo, mientras que el
viento es sólo un fenómeno natural. Los evangelistas hablan de él en términos
casi idénticos. Escribe Mateo (3, 16): “Se abrieron los cielos y vio al Espíritu
de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él” (es decir, sobre Jesús).
Así también Marcos (1, 10), Lucas (3, 21-22), Juan (1, 32). Por la importancia
de este momento en la vida de Jesús, que recibe de modo visible “la investidura
mesiánica”, el símbolo de la paloma se consolidó en las imágenes
artísticas y en la misma representación imaginativa del misterio del Espíritu
Santo, de su acción y de su Persona.
En el Antiguo Testamento, la paloma había sido mensajera de la reconciliación
de Dios con la humanidad en los tiempos de Noé. En efecto, había llevado a
aquel patriarca el anuncio del término del diluvio que sufría la tierra (cf.
Gn 8, 9-11).
En el Nuevo Testamento, esta reconciliación tiene lugar mediante el bautismo,
del que habla Pedro en su primera carta, refiriéndose a las “personas...
salvadas a través del agua” en el arca de Noé (1 P 3, 20-21). Por
consiguiente, se puede pensar en una anticipación del símbolo pneumatológico,
porque el Espíritu Santo, que es Amor, derramando este amor en los corazones de
los hombres, como dice san Pablo (cf. Rm 5, 5), es también quien da la
paz, que es don de Dios.
6. Más aún, la acción y la Persona del Espíritu Santo están indicadas
también con los símbolos del fuego. Sabemos que Juan Bautista anunciaba
en el Jordán: “Él (o sea, Cristo) os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mt
3, 11). El fuego es fuente de calor y de luz, pero es también una fuerza que
destruye. Por esto, en los evangelios se habla de “arrojar al fuego” al
árbol que no da frutos (Mt 3, 10; cf. Jn 15, 6); se habla también
de quemar la paja con fuego que no se apaga (Mt 3, 12). El bautismo “en
Espíritu y fuego” indica el poder purificador del fuego: de un
fuego misterioso, que expresa la exigencia de santidad y de pureza que trae el
Espíritu de Dios.
Jesús mismo decía: “He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y
¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!” (Lc 12, 49). En este caso
se trata del fuego del amor de Dios, de aquel amor que “ha sido derramado en
nuestros corazones por el Espíritu Santo” (Rm 5, 5). Las “lenguas como
de fuego” que aparecieron el día de Pentecostés sobre la cabeza de los
Apóstoles significaban que el Espíritu traía el don de la participación en el
amor salvífico de Dios. Un día, santo Tomás dirá que la caridad, el fuego traído
por Jesucristo a la tierra, es “una cierta participación del Espíritu Santo” (participatio
quaedam Spiritus Sancti: Summa Theologiae, II-II, q. 23, a. 3, ad 3).
En este sentido, el fuego es un símbolo del Espíritu Santo, Persona que es Amor
en la Trinidad divina.
Saludos
Amadísimos hermanos y hermanas:
Deseo ahora presentar mi más cordial saludo de bienvenida a este encuentro a
todos los peregrinos y visitantes provenientes de los diversos Países de América
Latina y de España. En particular, mi saludo se dirige a los alumnos del Colegio
Diocesano “Redemptoris Mater” que mañana serán ordenados diáconos, a los cuales
aliento a ser siempre testimonios vivos de la fe en Jesucristo y generosos
servidores de los hermanos.
A todas las personas, familias y grupos de lengua española imparto con afecto la
Bendición Apostólica.
© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana
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