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JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Sábado 21 de julio
de 1990
El Espíritu Santo en la experiencia del desierto
1. Al “comienzo” de la misión mesiánica de Jesús vemos otro hecho
interesante y sugestivo, narrado por los evangelistas, que lo hacen depender de
la acción del Espíritu Santo: se trata de la experiencia del desierto.
Leemos en el evangelio según san Marcos: “A continuación (del bautismo), el
Espíritu le empuja al desierto” (Mc 1, 12). Además, Mateo (4, 1) y
Lucas (4, 1) afirman que Jesús “fue conducido por el Espíritu al desierto”.
Estos textos ofrecen puntos de reflexión que nos llevan a una ulterior
investigación sobre el misterio de la íntima unión de Jesús-Mesías con el
Espíritu Santo, ya desde el inicio de la obra de la redención.
En primer lugar, una observación de carácter lingüístico: los verbos usados por
los evangelistas (“fue conducido” por Mateo y Lucas; “le empuja”, por Marcos)
expresan una iniciativa especialmente enérgica por parte del Espíritu
Santo, iniciativa que se inserta en la lógica de la vida espiritual y en la
misma psicología de Jesús: acaba de recibir de Juan un “bautismo de penitencia”,
y por ello siente la necesidad de un período de reflexión y de austeridad
(aunque personalmente no tenía necesidad de penitencia, dado que estaba “lleno
de gracia” y era “santo” desde el momento de su concepción: (cf. Jn 1,
14; Lc 1, 35): como preparación para su ministerio mesiánico.
Su misión le exige también vivir en medio de los hombres-pecadores, a quienes ha
sido enviado a evangelizar y salvar (cf. santo Tomás, Summa Theol., III,
q. 40, a. 1), en lucha contra el poder del demonio. De aquí la conveniencia de
esta pausa en el desierto “para ser tentado por el diablo”. Por lo tanto,
Jesús sigue el impulso interior y se dirige adonde le sugiere el Espíritu Santo.
2. El desierto, además de ser lugar de encuentro con Dios, es
también lugar de tentación y de lucha espiritual. Durante la peregrinación a
través del desierto, que se prolongó durante cuarenta años, el pueblo de Israel
había sufrido muchas tentaciones y había cedido (cf. Ex 32, 1-6; Nm
14, 1-4; 21, 4-5; 25, 1-3; Sal 78, 17; 1 Co 10, 7-10). Jesús va al
desierto, casi remitiéndose a la experiencia histórica de su pueblo. Pero, a
diferencia del comportamiento de Israel, en el momento de inaugurar su actividad
mesiánica, es sobre todo dócil a la acción del Espíritu Santo, que le pide
desde el interior aquella definitiva preparación para el cumplimiento de su
misión. Es un período de soledad y de prueba espiritual, que supera con la
ayuda de la palabra de Dios y con la oración.
En el espíritu de la tradición bíblica, y en la línea con la psicología
israelita, aquel número de “cuarenta días” podía relacionarse fácilmente con
otros acontecimientos históricos, llenos de significado para la historia de la
salvación: los cuarenta días del diluvio (cf. Gn 7, 4. 17); los cuarenta
días de permanencia de Moisés en el monte (cf. Ex 24, 18); los cuarenta
días de camino de Elías, alimentado con el pan prodigioso que le había dado
nueva fuerza (cf. 1 R 19, 8). Según los evangelistas, Jesús, bajo la
moción del Espíritu Santo, se acomoda, en lo que se refiere a la permanencia en
el desierto, a este número tradicional y casi sagrado (cf. Mt 4, 1; Lc
4, 1). Lo mismo hará también en el período de las apariciones a los Apóstoles
tras la resurrección y la ascensión al cielo (cf. Hch 1, 3).
3. Jesús, por tanto, es conducido al desierto con el fin de afrontar
las tentaciones de Satanás y para que pueda tener, a la vez, un contacto más
libre e íntimo con el Padre. Aquí conviene tener presente que los evangelistas
suelen presentarnos el desierto como el lugar donde reside
Satanás: baste recordar el pasaje de Lucas sobre el “espíritu inmundo” que
“cuando sale del hombre, anda vagando por lugares áridos, en busca de reposo...”
(Lc 11, 24); y en el pasaje que nos narra el episodio del endemoniado de
Gerasa que “era empujado por el demonio al desierto” (Lc 8, 29).
En el caso de las tentaciones de Jesús, el ir al desierto es obra del Espíritu
Santo, y ante todo significa el inicio de una demostración ―se podría decir,
incluso, de una nueva toma de conciencia― de la lucha que deberá mantener hasta
el final de su vida contra Satanás, artífice del pecado. Venciendo sus
tentaciones, manifiesta su propio poder salvífico sobre el pecado y la llegada
del reino de Dios, como dirá un día: “Si por el Espíritu de Dios expulso yo los
demonios, es que ha llegado a vosotros el reino de Dios” (Mt 12, 28).
También en este poder de Cristo sobre el mal y sobre Satanás, también en esta
“llegada del reino de Dios” por obra de Cristo, se da la revelación del Espíritu
Santo.
4. Si observamos bien, en las tentaciones sufridas y vencidas por Jesús
durante la “experiencia del desierto” se nota la oposición de Satanás contra la
llegada del reino de Dios al mundo humano, directa o indirectamente expresada en
los textos de los evangelistas. Las respuestas que da Jesús al tentador
desenmascaran las intenciones esenciales del “padre de la mentira” (Jn 8,
44), que trata de servirse, de modo perverso, de las palabras de la Escritura
para alcanzar sus objetivos. Pero Jesús lo refuta apoyándose en la misma palabra
de Dios, aplicada correctamente. La narración de los evangelistas incluye, tal
vez, alguna reminiscencia y establece un paralelismo tanto con las análogas
tentaciones del pueblo de Israel en los cuarenta años de peregrinación por el
desierto (la búsqueda de alimento: cf. Dt 8, 3; Ex 16; la
pretensión de la protección divina para satisfacerse a sí mismos: cf. Dt
6, 16; Ex 17, 1-7; la idolatría: cf. Dt 6, 13; Ex 32, 1-6),
como con diversos momentos de la vida de Moisés. Pero se podría decir que el
episodio entra específicamente en la historia de Jesús por su lógica biográfica
y teológica. Aún estando libre de pecado, Jesús pudo conocer las seducciones
externas del mal (cf. Mt 16, 23): y era conveniente que fuese tentado
para llegar a ser el Nuevo Adán, nuestro guía, nuestro redentor clemente (cf.
Mt 26, 36-46; Hb 2, 10. 17-18; 4, 15; 5, 2. 7-9).
En el fondo de todas las tentaciones estaba la perspectiva de un mesianismo
político y glorioso, como se había difundido y había penetrado en el
alma del pueblo de Israel. El diablo trata de inducir a Jesús a acoger esta
falsa perspectiva, porque es el enemigo del plan de Dios, de su ley, de su
economía de salvación, y por tanto de Cristo, como aparece claro por el
evangelio y los demás escritos del Nuevo Testamento (cf. Mt 13, 39; Jn
8, 44; 13, 2; Hch 10, 38; Ef 6, 11; 1 Jn 3, 8, etc.). Si
también Cristo cayese, el imperio de Satanás, que se gloría de ser el amo del
mundo (Lc 4, 5-6), obtendría la victoria definitiva en la historia. Aquel
momento de la lucha en el desierto es, por consiguiente, decisivo.
5. Jesús es consciente de ser enviado por el Padre para hacer presente el
reino de Dios entre los hombres. Con ese fin acepta la tentación, tomando su
lugar entre los pecadores, como había hecho ya en el Jordán, para servirles a
todos de ejemplo (cf. San Agustín, De Trinitate, 4, 13). Pero, por otra
parte, en virtud de la “unción” del Espíritu Santo, llega a las mismas raíces
del pecado y derrota al “padre de la mentira” (Jn 8, 44). Por eso, va
voluntariamente al encuentro de la tentación desde el comienzo de su ministerio,
siguiendo el impulso del Espíritu Santo (cf. San Agustín, De Trinitate,
13, 13).
Un día, dando cumplimiento a su obra, podrá proclamar: “Ahora es el juicio de
este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera” (Jn 12,
31). Y la víspera de su pasión repetirá una vez más: “Llega el príncipe de este
mundo. En mí no tiene ningún poder” (Jn 14, 30); es más, “el príncipe de
este mundo está (ya) juzgado” (Jn 16, 11); “¡Ánimo!, yo he vencido al
mundo” (Jn 16, 33). La lucha contra el “padre de la mentira”, que es el
“principe de este mundo”, iniciada en el desierto, alcanzará su culmen en el
Gólgota: la victoria se alcanzará por medio de la cruz del Redentor.
6. Estamos, por tanto, llamados a reconocer el valor integral del
desierto como lugar de una particular experiencia de Dios, como sucedió con
Moisés (cf. Ex 24, 18), con Elías (1 R 19, 8), y sobre todo con
Jesús que, “conducido” por el Espíritu Santo, acepta realizar la misma
experiencia: el contacto con Dios Padre (cf. Os 2, 16) en lucha
contra las potencias opuestas a Dios. Su experiencia es ejemplar, y
nos puede servir también como lección sobre la necesidad de la penitencia, no
para Jesús que estaba libre de pecado, sino para todos nosotros. Jesús mismo un
día alertará a sus discípulos sobre la necesidad de la oración y del ayuno
para echar a los “espíritus inmundos” (cf. Mc 9, 29) y, en la tensión
de la solitaria oración de Getsemaní, recomendará a los Apóstoles presentes: “Velad
y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está
pronto, pero la carne es débil” (Mc 14, 38). Seamos conscientes de que,
amoldándonos a Cristo victorioso en la experiencia del desierto, también
nosotros tendremos un divino confortador: el Espíritu Santo Paráclito, pues el
mismo Cristo ha prometido que “recibirá de lo suyo” y nos lo dará (cf. Jn
16, 14): Él, que condujo al Mesías al desierto no sólo “para ser tentado” sino
también para que diera la primera demostración de su poderosa victoria sobre el
diablo y sobre su reino, tomará de la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre
Satanás, su primer artífice, para hacer partícipe de ella a todo el que sea
tentado.
Saludos
Amadísimos hermanos y hermanas:
Me es grato saludar a los sacerdotes, religiosos y religiosas, así como a los
peregrinos de América Latina y España presentes en esta Audiencia, de modo
especial al grupo de jóvenes mexicanas.
Mientras os invito a poner vuestros ojos en Dios, os imparto complacido mi
bendición apostólica.
© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana
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