|
JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 28 de diciembre de 1983
1. El misterio de Navidad hace resonar en nuestros oídos el canto con que el
cielo quiere hacer participar a la tierra en el gran acontecimiento de la
Encarnación: "Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de
buena voluntad " (Lc 2, 14).
La paz es anunciada por toda la tierra. No es una paz que los
hombres consigan conquistar con sus fuerzas. Viene de lo alto como don
maravilloso de Dios a la humanidad. No podemos olvidar que, si todos debemos
trabajar para instaurar la paz en el mundo, antes de nada debemos abrirnos al
don divino de la paz poniendo toda nuestra confianza en el Señor.
Según el cántico de Navidad, la paz prometida a la tierra está
ligada al amor que Dios trae a los hombres. Los hombres son llamados "hombres de
buena voluntad" porque ya la buena voluntad divina les pertenece. El nacimiento
de Jesús es el testimonio irrefutable y definitivo de esta buena voluntad que
jamás será retirada de la humanidad.
Este nacimiento pone de manifiesto la voluntad divina de
reconciliación: Dios desea reconciliar consigo al mundo pecador, perdonando y
cancelando los pecados. Ya en el anuncio del nacimiento el ángel había expresado
esta voluntad reconciliadora indicando el nombre que debía llevar el Niño:
Jesús, o sea, "Dios salva". "Porque salvará a su pueblo de sus pecados", comenta
el ángel (Mt 1, 21). El nombre revela el destino y la misión del Niño juntamente
con su personalidad: es el Dios que salva, el que libera a la humanidad de la
esclavitud del pecado y, por ello, restablece las relaciones amistosas del
hombre con Dios.
2. El acontecimiento que da a la humanidad un Dios Salvador
supera en gran medida las expectativas del pueblo judío. Este pueblo esperaba la
salvación, esperaba al Mesías, a un rey ideal del futuro que debía establecer
sobre la tierra el reino de Dios. A pesar de que la esperanza judía había puesto
muy en lo alto a este Mesías, para ellos no era más que un hombre.
La gran novedad de la venida del Salvador consiste en el hecho
de que Él es Dios y hombre a la vez. Lo que el judaísmo no había podido concebir
ni esperar, es decir, un Hijo de Dios hecho hombre, se realiza en el misterio de
la Encarnación. El cumplimiento es mucho más maravilloso que la promesa.
Esta es la razón por la que no podemos medir la grandeza de
Jesús sólo con los oráculos proféticos del Antiguo Testamento. Cuando Él realiza
estos oráculos se mueve a un nivel trascendente. Todos los tentativos de
encerrar a Jesús en los límites de una personalidad humana, no tienen en cuenta
lo que hay de esencial en la revelación de la Nueva Alianza: la persona divina
del Hijo que se ha hecho hombre o, según la palabra de San Juan, del Verbo que
se ha hecho carne y ha venido a habitar entre nosotros (cf. 1, 14). Aquí aparece
la grandiosidad generosa del plan divino de salvación. El Padre ha enviado a su
Hijo que es Dios como Él. No se ha limitado a enviar a siervos, a hombres que
hablasen en su nombre como los Profetas. Ha querido testimoniar a la humanidad
el máximo de amor y le ha hecho la sorpresa de darle un Salvador que poseía la
omnipotencia divina.
En este Salvador, que es Dios y hombre a la vez, podemos
descubrir la intención de la obra reconciliadora. El Padre no quiere sólo
purificar a la humanidad liberándola del pecado; quiere realizar la unión más
íntima de la divinidad y la humanidad. En la única persona divina de Jesús, la
divinidad y la humanidad están unidas del modo más completo. Él que es
perfectamente Dios es perfectamente hombre. Ha realizado en Sí esta unión de la
divinidad y la humanidad para poder hacer participar de ella a todos los
hombres. Perfectamente hombre, Él, que es Dios, quiere comunicar a sus hermanos
humanos una vida divina que les permita ser más perfectamente hombres,
reflejando en sí mismos la perfección divina.
3. Un aspecto de la reconciliación merece ser subrayado aquí.
Mientras el hombre pecador podía temer para su porvenir las consecuencias de su
culpa y esperarse una vida humana disminuida, en cambio recibe de Cristo
Salvador la posibilidad de un completo desarrollo humano. No sólo es liberado de
la esclavitud en la que le aprisionaban sus culpas, sino que puede alcanzar una
perfección humana superior a la que poseía antes del pecado. Cristo le ofrece
una vida humana más abundante y más elevada. Por el hecho de que en Cristo la
divinidad no ha comprimido en modo alguno a la humanidad sino que la ha elevado
a un grado supremo de desarrollo, con su vida divina comunica a los hombres una
vida humana más intensa y completa.
Que Jesús sea el Dios Salvador hecho hombre significa, pues, que
ya en el hombre nada está perdido. Todo lo que había sido herido, manchado por
el pecado, puede revivir y florecer. Esto explica cómo la gracia cristiana
favorece el pleno ejercicio de todas las facultades humanas y también la
afirmación de toda personalidad, tanto la femenina como la masculina.
Reconciliando al hombre con Dios, la religión cristiana tiende a promover todo
lo que es humano.
Por tanto, podemos unirnos al canto que resonó en la gruta de
Belén y proclamar con los ángeles: "Gloria a Dios en las alturas y paz en la
tierra a los hombres de buena voluntad".
Saludos
Saludo con particular afecto a los peregrinos aquí presentes, en especial a la
peregrinación de la Diócesis de Gerona y al grupo de jóvenes de Acción Católica
de Sevilla –ciudad que tuve la oportunidad de visitar durante mi viaje pastoral
por tierras de España y que ha dejado una profunda huella en mi corazón por la
religiosidad e hidalguía de su gente–. Mi mas cordial saludo también a todos los
peregrinos llegados de América Latina: México, Costa Rica y demás naciones
latinoamericanas.
© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana
|