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JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 9 de noviembre de 1983
1. El pasaje del Sirácida que acabamos de escuchar, queridísimos hermanos y
hermanas, nos invita a reflexionar sobre el misterio del hombre: este ser
"formado de la tierra", a la que está "destinado a volver de nuevo", y sin
embargo, "creado a imagen de Dios" (cf. Sir 17, 1 y 3); esta criatura efímera, a
la que "señaló un número contado de días" (ib., v. 2) y a la que, a pesar de
esto, tiene ojos capaces de "contemplar la grandeza de la gloria de Dios" (ib.
v. 11).
En este misterio originario del hombre radica la tensión
existencial que siente en toda experiencia. El deseo de eternidad, presente en
él por el reflejo divino que brilla en su rostro, se enfrenta con la incapacidad
estructural para realizarlo, y mina todo su esfuerzo. Uno de los grandes
pensadores cristianos de comienzos de siglo, Maurice Blondel, que dedicó gran
parte de su vida a reflexionar sobre esta misteriosa aspiración del hombre a lo
infinito, escribía: "Nos sentimos obligados a querer convertirnos en lo que por
nosotros mismos no podemos ni alcanzar ni poseer... Porque tengo la ambición de
ser infinitamente, siento mi impotencia: yo no me he hecho, no puedo lo que
quiero, estoy obligado a superarme" (M. Blondel, L'action, París, 1982, pág.
354).
Cuando el hombre, en lo concreto de la existencia, percibe esta
impotencia radical que lo caracteriza, se descubre solo, en una soledad profunda
y que no puede llenarse. Se trata de una soledad originaria que le viene de la
conciencia aguda, y a veces dramática, de que nadie, ni él, ni ninguno de sus
semejantes, puede responder definitivamente a su necesidad y satisfacer su
deseo.
2. Sin embargo, paradójicamente esta soledad originaria, para
cuya superación la persona sabe que no puede contar con nada puramente humano,
engendra la más profunda y genuina comunidad entre los hombres. Precisamente
esta dolorosa experiencia de soledad está en el origen de una auténtica
socialización, dispuesta a renunciar a la violencia de la ideología y al abuso
del poder. Se trata de una paradoja: efectivamente, si no fuera por esta
profunda "compasión" por el otro, que uno descubre únicamente si capta en sí
esta soledad total, ¿quién impulsaría al hombre, consciente de este estado suyo,
a la aventura de la socialización? Con semejantes premisas, ¿cómo no podría
dejar de ser la sociedad el lugar del dominio del más fuerte, del "homo homini
lupus" que la concepción moderna del Estado no sólo ha teorizado, sino que
incluso ha puesto en marcha trágicamente?
Gracias a una mirada tan cargada de verdad sobre sí mismo, el
hombre puede sentirse solidario con todos los otros hombres, viendo en ellos
otros tantos sujetos dificultados por la misma impotencia y por el mismo deseo
de realización perfecta.
La experiencia de la soledad se convierte así en el paso
decisivo para el camino hacia el descubrimiento de la respuesta a la pregunta
radical. Efectivamente, crea un vínculo profundo con los otros hombres, que
están mancomunados por el mismo destino y animados por la misma esperanza. Así,
de esta abismal soledad nace el esfuerzo serio del hombre hacia la propia
humanidad, un esfuerzo que se convierte en pasión por el otro y en solidaridad
con cada uno y con todos. Una sociedad auténtica, pues, es posible para el
hombre, ya que no tiene su fundamento en cálculos egoístas, sino en la adhesión
a todo lo que hay de más verdadero en él mismo y en todos los demás.
3. La solidaridad con el otro se convierte más propiamente en
encuentro con el otro por medio de las diversas expresiones existenciales que
caracterizan las relaciones humanas. Entre éstas, la relación afectiva entre
hombre y mujer parece ser la principal, porque se apoya en un juicio de valor
donde el hombre invierte de manera originalísima todos sus dinamismos vitales:
la inteligencia, la voluntad y la sensibilidad. Entonces experimenta la
intimidad radical, pero no libre de dolor, que el Creador ha puesto desde el
principio en su misma naturaleza: "De la costilla que del hombre tomara, formó Yavé Dios a la mujer y se la presentó al hombre. El hombre exclamó: 'Esto sí que
es ya hueso de mis huesos y carne de mi carne' " (Gén 2, 22-23).
Con la guía de esta experiencia primaria de comunión, el hombre
se aplica con los otros a la construcción de una "sociedad" entendida como
convivencia ordenada. El sentido conquistado de solidaridad con toda la
humanidad se concreta, ante todo, en una trama de relaciones, en las cuales el
hombre es llamado primariamente a vivir y a expresarse, prestándoles su
aportación y recibiendo de ellas, a su vez, un considerable influjo sobre el
desarrollo de la propia personalidad. En los diversos ambientes en los que se
realiza su crecimiento, el hombre se educa para percibir el valor de pertenecer
a un pueblo, como condición ineludible para vivir las dimensiones del mundo.
4. Los binomios hombre-mujer, persona-sociedad y, más
radicalmente, alma-cuerpo, son las dimensiones constitutivas del hombre. Bien
mirado, a estas tres dimensiones se reduce toda la antropología "pre-cristiana",
en el sentido de que ellas representan todo lo que el hombre puede decir de sí,
al margen de Cristo.
Pero se caracterizan por su polaridad. Esto es, implican una
inevitable tensión dialéctica. Alma-cuerpo, varón-mujer, individuo-sociedad son
tres binarios que expresan el destino y la vida de un ser incompleto. Son además
un grito que se eleva desde el interior de la más íntima experiencia del hombre.
Son súplica de unidad y de paz interior, son deseo de una respuesta al drama
implícito en su mismo recíproco relacionarse. Se puede decir que son invocación
a Otro que colme la sed de unidad, de verdad y de belleza, que emerge de su
confrontación.
Incluso desde la intimidad del encuentro con el otro —podemos,
pues, concluir—, se abre la urgencia de una intervención de lo Alto, que salve
al hombre de un dramático, y por otra parte, inevitable, fracaso.
Saludos
Con mi cordial saludo y bendición a cada persona de lengua española aquí
presente; en especial para la peregrinación procedente de Guatemala, para los
marineros de Venezuela, así como para los grupos españoles de Castellón, de
Calella y Mataró, de Barcelona, de Valencia y para las Antiguas Alumnas del
Sagrado Corazón.
© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana
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