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JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 2 de noviembre de 1983
1. "Espero la resurrección de los muertos y la vida eterna".
Hoy, conmemoración litúrgica de los difuntos, nuestro
pensamiento se dirige a la muchedumbre de los hermanos que nos han precedido en
la gran meta de la eternidad. Estamos invitados a reanudar con ellos, en lo
íntimo del corazón, el diálogo que la muerte no debe interrumpir.
No hay persona que no tenga parientes, amigos, conocidos que
recordar. No hay familia que no se remonte al tronco originario, con
sentimientos de nostalgia, de piedad humana y cristiana.
Pero nuestro recuerdo quiere ir más allá de los legítimos y
entrañables vínculos afectivos y extenderse al horizonte del mundo. De este modo
llegamos a todos los muertos, dondequiera que estén sepultados, en cada uno de
los ángulos de la tierra, desde los cementerios de las metrópolis a los de la
aldea mas modesta. Elevemos por todos, con corazón fraterno, la piadosa
invocación de sufragio al Señor de la vida y de la muerte.
2. El día de la conmemoración de todos los difuntos debe ser una
jornada de reflexión, especialmente en la ocasión extraordinaria del Año Jubilar
de la Redención que estamos celebrando.
Efectivamente, la conmemoración de los difuntos nos hace meditar
ante todo sobre el mensaje escatológico del cristianismo: por la palabra
reveladora de Cristo, el Redentor, nosotros estamos seguros de la inmortalidad
del alma. En realidad, la vida no se cierra en el horizonte de este mundo: el
alma, creada directamente por Dios, cuando llegue el fin fisiológico del cuerpo,
seguirá siendo inmortal, y nuestros mismos cuerpos resucitarán transformados y
espiritualizados. El significado profundo y decisivo de nuestra existencia
humana y terrena está en nuestra inmortalidad "personal": Jesús vino a
revelarnos esta verdad. El cristianismo es ciertamente también un "humanismo" y
propugna con fuerza el desarrollo integral de cada uno de los hombres y de cada
pueblo, asociándose a todos los movimientos que quieren el progreso individual y
social; pero su mensaje es esencialmente ultraterreno, planteando todo el
sentido de la existencia en la perspectiva de la inmortalidad y de la
responsabilidad. Por lo tanto, las muchedumbres inmensas de los que, en los
siglos pasados, han alcanzado ya el término de la propia vida, están todos
vivos; nuestros queridos difuntos están aún vivos y también presentes, de algún
modo, en nuestro caminar cotidiano. "La vida no termina, se transforma; y, al
deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo"
(Prefacio de Difuntos).
3. En segundo lugar, esta jornada nos hace pensar justamente en
la fragilidad y en lo precario de nuestra vida, en la condición mortal de
nuestra existencia. ¡Cuántas personas han pasado ya por esta tierra nuestra!
¡Cuántos, que un día estaban con nosotros con su cariño y su presencia, ya no
están! Somos peregrinos en la tierra y no estamos seguros de la amplitud del
tiempo que se nos ha concedido. El autor de la Carta a los Hebreos advierte
reflexivamente: "Está establecido morir una vez, y después de esto, el juicio"
(Heb 9, 27). El Año Santo de la Redención nos recuerda especialmente que Cristo
vino a traer la "gracia" divina, a redimir a la humanidad del pecado, a perdonar
las culpas. La realidad de nuestra muerte nos recuerda la advertencia apremiante
del Divino Maestro: "Velad" (cf. Mt 24, 32; 25, 13; Mc 13, 25). Debemos vivir,
pues, en gracia de Dios, mediante la oración, la confesión frecuente, la
Eucaristía; debemos vivir en paz con Dios, con nosotros mismos y con todos.
4. Toda la enseñanza y toda la actitud de Jesús se proyectan
hacia las realidades eternas, con miras a las cuales el Divino Maestro no duda
en pedir renuncias y sacrificios graves. La realidad de nuestra muerte no debe
volver triste la vida ni bloquearla en sus actividades; sólo debe hacerla
extremadamente seria. El autor de la Carta a los Hebreos nos advierte que "no
tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la futura" (Heb 13, 14), y San
Pablo se hace eco con una expresión de vivo realismo: "Castigo mi cuerpo y lo
esclavizo" (1 Cor 9, 27). Efectivamente, sabemos que "los padecimientos del
tiempo presente son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en
nosotros" (Rom 8, 18).
[...]
6. Queridísimos hermanos y hermanas:
Las reflexiones que nos
sugiere la conmemoración de los difuntos nos hacen entrar en el gran capítulo de
los "Novísimos" —muerte, juicio, infierno y gloria—. Es la perspectiva que
debemos tener ininterrumpidamente ante los ojos, es el secreto para que la vida
tenga siempre plenitud de significado y se desenvuelva cada día con la fuerza de
la esperanza.
Meditemos frecuentemente los Novísimos y comprenderemos cada vez
mejor el sentido profundo de la vida.
Con esta exhortación os imparto de corazón mi afectuosa y
paterna bendición apostólica.
Saludos
Saludo con particular afecto a los numerosos peregrinos venidos de diversos
lugares de España y Latinoamérica. Mi mas cordial saludo también a los miembros
del Club Egara de Tarrasa.
Hoy, día de difuntos, nuestro pensamiento se dirige a los hermanos que nos han
precedido en el camino hacia la eternidad. La Conmemoración litúrgica evoca el
mensaje escatológico del Cristianismo que nos confirma sobre la inmortalidad del
alma. El significado profundo de la existencia humana y terrena esta en nuestra
inmortalidad “ personal ”. Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, ha venido al mundo
para revelarnos esta verdad fundamental.
Unidos en la esperanza, elevamos nuestra plegaria por todos los difuntos.
Y antes de concluir, un especial saludo a los miembros de la Asociación de
Propagandistas, venidos a Roma con motivo del 75° aniversario de su creación y
del 50° aniversario del Centro de Estudios Universitarios.
Os recibo con verdadero placer, porque conozco los méritos de vuestra Asociación
y la valía de sus realizaciones, que se han traducido en muy importantes obras
de los católicos españoles.
Aunque no puedo extenderme más en este momento, sí quiero alentar cordialmente a
vosotros, a todos los Propagandistas, a los profesores, alumnos y padres, a una
fidelidad cada vez más profunda a vuestro ideario. Este hunde sus raíces en los
auténticos principios cristianos, en la adhesión al Magisterio de la Iglesia, en
una decidida voluntad de amor al hombre y de servicio al mismo, de acuerdo con
los genuinos valores del humanismo cristiano.
La Iglesia y la sociedad española aprecian y necesitan vuestra aportación, tanto
más preciosa y deseable en el momento actual y frente al futuro. Sensibles,
pues, a las exigencias del mundo de hoy, proseguid vuestro camino, animados por
mi afectuosa Bendición.
© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana
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