 |
JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 12 de octubre de 1983
1. "Díjole la mujer: Señor, dame de esa agua para que no sienta más sed" (Jn 4,
15). La petición de la samaritana a Jesús manifiesta, en su significado más
profundo, la necesidad insaciable y el deseo inagotable del hombre.
Efectivamente, cada uno de los hombres digno de este nombre se da cuenta
inevitablemente de una incapacidad congénita para responder al deseo de verdad,
de bien y de belleza que brota de lo profundo de su ser. A medida que avanza en
la vida, se descubre, exactamente igual que la samaritana, incapaz de satisfacer
la sed de plenitud que lleva dentro de sí.
Desde hoy hasta Navidad, las reflexiones de este encuentro
semanal versarán sobre cómo el hombre anhela la redención. El hombre tiene
necesidad de Otro, vive, lo sepa o no, en espera de Otro, que redima su innata
incapacidad de saciar las esperas y esperanzas.
Pero, ¿cómo podrá encontrarse con Él? Para este encuentro
resolutivo es condición indispensable que el hombre tome conciencia de la sed
existencial que lo aflige y de su impotencia radical para apagar su ardor. El
camino para llegar a esta toma de conciencia es, para el hombre de hoy como para
el de todos los tiempos, la reflexión sobre la propia experiencia. Ya lo había
intuido la sabiduría antigua. ¿Quién no recuerda la inscripción que destacaba
bien a la vista en el templo de Apolo en Delfos? Decía precisamente: "Hombre,
conócete a ti mismo". Este imperativo, expresado de modos y formas diversas
incluso en las más antiguas áreas de la civilización, ha atravesado la historia
y se lo vuelve a proponer con idéntica urgencia también el hombre contemporáneo.
El Evangelio de Juan en algunos episodios relevantes demuestra
muy bien cómo Jesús mismo, al manifestarse como Enviado del Padre, hizo hincapié
en esta capacidad que el hombre posee para captar su misterio reflexionando
sobre la propia experiencia. Baste pensar en el citado encuentro con la
samaritana, o también en los encuentros con Nicodemo, la adúltera o el ciego de
nacimiento.
2. Pero, ¿cómo definir esta experiencia humana profunda que
indica al hombre el camino de la auténtica comprensión de sí mismo? Es el cotejo
continuo entre el yo y su destino. La verdadera experiencia humana tiene lugar
solamente en la apertura genuina a la realidad que permite a la persona,
entendida como ser singular y consciente, pleno de potencialidades y
necesidades, capaz de aspiraciones y deseos, conocerse en la verdad de su ser.
¿Y cuáles son las características de tal experiencia, gracias a
la cual el hombre puede afrontar con decisión y seriedad la tarea del "conócete
a ti mismo", sin perderse a lo largo del camino de esa búsqueda? Dos son las
condiciones fundamentales que debe respetar.
Ante todo, deberá aceptar apasionadamente el complejo de
exigencias, necesidades y deseos que caracterizan su yo. En segundo lugar, debe
abrirse a un encuentro objetivo con toda la realidad.
San Pablo no cesa de evocar en los cristianos estas
características fundamentales de toda experiencia humana cuando subraya con
vigor: "Todo es vuestro; y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios" (1 Cor 3,
22-23), o cuando invita a los cristianos de Tesalónica a "probarlo todo y
quedarse con lo bueno" (1 Tes 5, 21). En este continuo cotejo con la realidad en
la búsqueda de lo que corresponde, o no, al propio destino, el hombre tiene la
experiencia elemental de la verdad, aquella que los Escolásticos y Santo Tomás
han definido de modo admirable como "adecuación del entendimiento a la realidad"
(Santo Tomás, De veritate, q. 1, a 1, corpus).
3. Si para que la experiencia sea verdadera, debe ser integral y
abrir el hombre a la totalidad, se comprende bien dónde está para el hombre el
riesgo del error: deberá guardarse de toda parcialidad. Tendrá que vencer la
tentación de reducir la experiencia, por ejemplo, a meras cuestiones
sociológicas o a elementos exclusivamente sicológicos. Así como habrá de temer
el tomar por experiencia esquemas y "prejuicios" que le propone el ambiente
donde normalmente vive y actúa: prejuicios tanto más frecuentes y peligrosos hoy
porque eran encubiertos por el mito de la ciencia o por la presunta plenitud de
la ideología.
¡Qué difícil resulta para el hombre en el mundo de hoy arribar a
la playa segura de la experiencia genuina de sí, en la que puede entrever el
verdadero sentido de su destino! Está continuamente asechado por el riesgo de
ceder a los errores de perspectiva que, haciéndole olvidar su naturaleza de
"ser" hecho a imagen de Dios, le dejan luego en la más desoladora de las
desesperaciones o, lo que es peor aún, en el cinismo más inexpugnable.
A la luz de estas reflexiones, qué liberadora aparece la frase
que pronuncio la samaritana: "Señor..., dame de esa agua para que no sienta mas
sed"... Realmente vale para todo hombre, más aún, mirándolo bien, es una
profunda descripción de su misma naturaleza.
En efecto, el hombre que afronta seriamente sus problemas y
observa con ojos limpios su experiencia según los criterios que hemos expuesto,
se descubre más o menos conscientemente como un ser a la vez lleno de
necesidades, para las que no sabe encontrar respuesta, y traspasado por un
deseo, por una sed de realización de si mismo, que no es capaz él solo de
satisfacer.
El hombre se descubre así colocado por su misma naturaleza en
actitud de espera de Otro que complete su deficiencia. En todo momento impregna
su existencia una inquietud, como sugiere Agustín al comienzo de sus
Confesiones: "Nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto
hasta que descanse en ti" (Confesiones 1, 1). El ¡hombre, al tomar en serio su
humanidad, se da cuenta de estar en una situación de impotencia estructural!
Cristo es quien lo salva. Sólo Él puede sacarlo de esta situación en que se
encuentra, colmando la sed existencial que le atormenta.
Saludos
Amadísimos hermanos y hermanas:
Un saludo cordial para cada persona de lengua española aquí presente y para los
grupos procedentes de Madrid, Alicante, Gerona y de la provincia de Valencia.
Un particular saludo para los peregrinos de América Latina, en especial para los
colombianos de la diócesis de Armenia y de otras diócesis, así como para los
jóvenes de la comunidad española de Münster, junto con mi aliento a vivir con
entusiasmo su vocación cristiana.
© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana
|