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JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 7 de septiembre de 1983
1. "En nombre de Jesús Nazareno, a quien vosotros habéis crucificado, a quien
Dios resucitó de entre los muertos..." (Act 4, 10). Estas palabras del Apóstol
Pedro nos ponen delante con fuerza y globalmente la realidad del misterio de la
redención.
Nos remontan a lo que sucedió hace 1950 años en el Calvario. Se
trata de un acontecimiento misterioso; comprenderlo plenamente supera la
capacidad de la inteligencia humana, que jamás conseguirá penetrar hasta el
fondo en el corazón del designio de Dios, realizado de manera inescrutable en la
cruz.
Los rasgos esenciales de dicho acontecimiento nos lo han
conservado las páginas del Nuevo Testamento y nos son bien conocidos. Después
del hecho doloroso e incomprensible de la muerte del Maestro —recordemos la
amargura de los dos discípulos de Emaús: "Lo han condenado a muerte y
crucificado, y nosotros esperábamos que sería Él quien rescataría a Israel" (cf.
Lc 24, 2-21)— los discípulos disfrutaron de la experiencia de Cristo vivo y
resucitado. Y luego Pedro llegará a decir ante el Sanedrín de Jerusalén en
nombre de los demás Apóstoles: "El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a
quien vosotros habéis dado muerte suspendiéndolo de un madero" (Act 5, 30).
Lo que parecía derrota de Jesús, resultó en cambio su victoria
definitiva gracias a la potencia de Dios que en Él venció la muerte. En la cruz
de Cristo, muerte y vida se enfrentaron (mors et vita duello conflixere mirando)
y la vida prevaleció sobre la muerte, el Dios de la vida triunfó sobre quienes
querían la muerte. Este grito glorioso de la fe ante el anuncio de la
resurrección de Cristo fue la comprensión primera y fundamental del "absurdo"
hecho de la muerte del Maestro, a que llegó la comunidad primitiva.
2. Pero en aquella comprensión se incluía otra. Si Dios había
resucitado a Jesús de la muerte, ello demostraba que dicha muerte entraba en los
designios misteriosos de Dios, formaba parte del designio divino de la
salvación. Por esto comenzó a proclamarse que la muerte de Jesús había ocurrido
"según las Escrituras", "debía" ocurrir y estaba incluida en un designio más
grande que envolvía a toda la humanidad.
Jesús mismo había iniciado a los discípulos en esta comprensión
cuando, por ejemplo, les había dicho hablando a los discípulos en el camino de
Emaús: "¡Oh hombres sin inteligencia y tardos de corazón para creer todo lo que
vaticinaron los profetas! ¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase
en su gloria?" (Lc 24, 25-26). Y San Lucas también escribía un poco más adelante
al narrar la despedida de Jesús de los suyos: "Les dijo: 'Esto es lo que yo os
decía estando aún con vosotros, que era preciso que se cumpliera todo lo que
está escrito en la ley de Moisés y en los profetas y en los Salmos de mí'.
Entonces les abrió la inteligencia para que entendiesen las Escrituras, y les
dijo que así estaba escrito que el Mesías padeciese y al tercer día resucitase
de entre los muertos, y que se predicase en su nombre la penitencia para la
remisión de los pecados a todas las naciones" (Lc 24, 44-47). Y así, poco a
poco, se iba desvelando el misterio.
Si la muerte de Jesús había tenido lugar según el designio de
Dios contenido en las Escrituras, era una muerte "por nosotros", "por nuestros
pecados", "por nuestra justificación", puesto que "en ningún otro hay salvación"
(Act 4, 12). La profesión de fe que recuerda San Pablo a los corintios, dice:
"Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras" (1 Cor 15, 3). Esto se
afirma con fuerza en el anuncio apostólico de la muerte de Jesús. "Siendo
pecadores, murió Cristo por nosotros" dice vigorosamente San Pablo (Rom 5, 8). Y
en la Carta a los Gálatas "se entregó por nuestros pecados" (Gál 1, 4). Y
asimismo "me amó y se entregó por mí" (Gál 2, 20). Y San Pedro recuerda: "Cristo
padeció por nosotros... Llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero de
la cruz, para que muertos al pecado viviéramos para la justicia" (1 Pe 2,
21-24).
3. En las fórmulas recordadas no se hace distinción entre las
expresiones "por nosotros" y "por nuestros pecados", pues todos somos pecadores
y la muerte de Cristo debía cancelar el pecado de todos y hacernos posible la
victoria sobre el pecado.
Este es, pues, el "gozoso anuncio" que no ha cesado de resonar
en el mundo desde la mañana de Pascua: la muerte de Jesús en la cruz no fue el
final sino el principio, fue sólo un triunfo aparente de la muerte. En realidad
en aquel momento se verificó la victoria de Dios sobre la muerte y el mal. Su
muerte figura en el centro de un gran designio de salvación delineado en las
Escrituras del Antiguo Testamento y del Nuevo. Un designio que abarca a toda la
humanidad, a cada hombre y a cada mujer personalmente. Cristo "fue dado" para
nosotros, "fue entregado" a la muerte en nuestro favor para que fuéramos
liberados de la fuerza destructora del pecado y de la desesperación de la
muerte. Por esto, para el cristiano la cruz representa el signo de la liberación
y la esperanza, después de haber sido instrumento de la victoria del Señor. Con
razón, pues, canta la Iglesia el mismo día de Viernes Santo: "Vexilla regis
prodeunt, fulget crucis misterium". "Avanzan las banderas del rey, resplandece
el misterio de la cruz".
La cruz nos recuerda la entrega y el amor personal de Cristo por
cada uno de nosotros. Vienen al pensamiento las palabras que Pascal pone en
labios de Cristo: "En ti pensaba en mi agonía, por ti derramé algunas gotas de
sangre" (Pensamientos núm. 533). Jesús ha realizado enteramente su parte, en Él
se nos ha dado Dios y se nos ha hecho cercano. Ahora toca a nosotros
corresponder con la vida y la voluntad a Aquel que "aniquiló la muerte y sacó a
luz la vida y la incorrupción por medio del Evangelio" (2 Tim 1, 10).
Saludos
Amadísimos hermanos y hermanas:
En primer lugar, mi saludo cordial para todas las personas, familias y grupos de
lengua española aquí presentes.
De modo particular saludo a los sacerdotes y religiosos, a las religiosas de
Jesús-María y de otros Institutos, así como a los miembros de las varias
parroquias de España, que hoy son los grupos más numerosos. Una especial palabra
de recuerdo y aliento en su vida cristiana para los componentes de la
peregrinación diocesana de Madrid-Alcalá y de la diócesis de Ibiza, que
acompañados por su Obispo han venido a Roma con motivo del Ano Santo de la
Redención.
La lectura bíblica escuchada durante la Audiencia nos recordaba que Jesús murió
por nosotros y resucitó luego de entre los muertos. En El encontramos nuestra
salvación y el motivo de nuestra esperanza, ya que nos libró del pecado y nos
precede en la felicidad del paraíso. Ese misterio de gracia y salvación en
Cristo es el gran tema sobre el que hemos de reflexionar en este Ano Santo, a
fin de hacer realidad en nuestra vida ese plan salvador de Dios, que nos llama a
superar el pecado y vivir en justicia y santidad nuevas.
© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana
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