|
JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 24 de agosto de 1983
1. "...Para que no seamos ya niños que fluctúan y se dejan llevar de todo viento
de doctrina por el engaño de los hombres, que emplean astutamente los artificios
del error para engañar" (Ef 4, 14).
Amadísimos:
El Apóstol Pablo nos recuerda con estas palabras la
necesidad de ser personas adultas en la fe, maduras en los juicios y en posesión
de una conciencia moral capaz de dirigir nuestras opciones en armonía con "la
verdad en la caridad" (ib., 15).
"Formar" la conciencia propia es tarea fundamental. La razón es
muy sencilla: nuestra conciencia puede errar. Y cuando sobre ella prevalece el
error, ocasiona el daño más grave para la persona humana, que es el de impedir
que el hombre se realice a sí mismo subordinando el ejercicio de la libertad a
la verdad.
Sin embargo, el camino hacia una conciencia moral madura ni
iniciarse puede si el espíritu no está libre de una enfermedad mortal hoy muy
difundida: la indiferencia respecto de la verdad. Porque, ¿cómo podremos
preocuparnos de que la verdad habite en nuestra conciencia si entendemos que
estar en la verdad no es un valor de importancia decisiva para el hombre?
2. Numerosos son los síntomas de esta enfermedad. La
indiferencia respecto de la verdad se manifiesta, por ejemplo, en la opinión de
que en ética verdad y falsedad son sólo una cuestión de gustos, decisiones
personales o condicionamientos culturales y sociales; o también, que basta
realizar lo que pensamos sin más preocupación de si lo que pensamos es verdadero
o falso; o asimismo, que nuestro agradar a Dios no depende de la verdad de lo
que pensamos de Él, sino de creer con sinceridad en lo que profesamos. Es
igualmente indiferencia respecto de la verdad, considerar más importante para el
hombre buscar la verdad que alcanzarla puesto que, en definitiva, ésta se le
escapa irremediablemente; y en consecuencia, confundir el respeto debido a toda
persona, cualesquiera que sean las ideas que profesa, con la negación de que
existe una verdad objetiva.
Si en el sentido arriba indicado una persona es indiferente
respecto de la verdad, no se ocupará de formarse la conciencia y tarde o
temprano terminará por confundir la fidelidad a su conciencia con la adhesión a
cualquier opinión personal o a la opinión de la mayoría.
¿De dónde nace esta gravísima enfermedad espiritual? Su origen
último es el orgullo en el que reside la raíz de cualquier mal, según dice toda
la Tradición ética de la Iglesia. El orgullo lleva al hombre a atribuirse el
poder de decidir, cual árbitro supremo, lo que es verdadero y lo que es falso, o
sea, a negar la trascendencia de la verdad respecto de nuestra inteligencia
creada y a contestar, en consecuencia, el deber de abrirse a ella y recibirla
cual don que le ha hecho la luz increada y no cual invención propia.
Así que resulta claro que el origen de la indiferencia respecto
de la verdad se halla en lo hondo del corazón humano. No se llega a encontrar la
verdad si no se la ama; no se conoce la verdad si no se quiere conocerla.
3. A "vivir según la verdad en la caridad" nos invita
precisamente el Apóstol. Hemos señalado el punto de partida de la formación de
la conciencia moral: el amor a la verdad. Ahora podemos indicar algunos
"momentos" significativos de éste.
Uno de los frutos positivos que se esperan de la celebración del
Año Santo extraordinario es que vuelva a la Iglesia la práctica asidua del
sacramento de la penitencia. En el contexto de nuestra reflexión de hoy, la
interpelación sobre este sacramento asume importancia particular. Pues la
"conversión del corazón" es el don más precioso de este acontecimiento de
gracia. El corazón convertido al Señor y al amor al bien es la fuente última de
los juicios verdaderos de la conciencia moral. Y, no lo olvidemos, para
discernir concretamente lo que esta bien de lo que está mal no basta conocer la
ley moral universal, si bien ello sea necesario, sino que se precisa una especie
de "connaturalidad" entre la persona humana y el bien verdadero (véase, por
ejemplo, Santo Tomás, S. Th. 2, 2 q. 45, a. 2).
En fuerza de esta "connaturalidad", casi por una forma de
instinto espiritual, la conciencia se hace capaz de percibir en qué parte está
el bien y, por consiguiente, la opción que se impone en un caso concreto. Pues
bien, la gracia del sacramento de la penitencia celebrado asidua y
fervorosamente produce en la persona humana esta "connaturalización" progresiva
y más honda gradualmente con la verdad y el bien.
En el texto paulino de donde ha partido esta reflexión nuestra
se dice que Cristo "constituyó a unos en apóstoles, a otros en profetas... para
la edificación del Cuerpo de Cristo".
Ahora bien, la conciencia moral de la persona crece y se madura
precisamente en la Iglesia; la Iglesia le ayuda a "no dejarse llevar de todo
viento de doctrina por el engaño de los hombres". En efecto, la Iglesia es
"columna y fundamento de la verdad" (1 Tim 3, 15). De modo que la fidelidad al
Magisterio de la Iglesia impide que la conciencia moral se desvíe de la verdad
sobre el bien del hombre.
No es justo, por tanto, concebir la conciencia moral individual y el Magisterio
de la Iglesia como dos contendientes, como dos realidades en lucha. La autoridad
que posee el Magisterio por voluntad de Cristo existe a fin de que la conciencia
moral alcance la verdad con seguridad y permanezca en ella.
Saludos
Muy queridos hermanos y hermanas:
El apóstol Pablo en la carta dirigida a la Comunidad cristiana de Éfeso hace
presente la necesidad de ser personas adultas en la fe y de estar en posesión de
una conciencia moral capaz de guiar nuestras opciones, en armonía con la “
verdad en la caridad ”. No se adquiere la verdad, si no se la ama; no se conoce
la verdad, si no se quiere conocerla.
La Iglesia es “ columna y fundamento de la verdad ”. La fidelidad al Magisterio
de la Iglesia impide que la conciencia moral se desvíe de la verdad sobre el
bien del hombre. La autoridad de la que, por voluntad de Cristo, goza el
Magisterio, existe para que la conciencia humana alcance la verdad y la posea
siempre.
Mi más cordial saludo ahora a los numerosos peregrinos, religiosos y religiosas,
familias y personas, venidos de diversos lugares de España y Latinoamérica.
Saludo también a las Religiosas Franciscanas del Espíritu Santo, a la
peregrinación de Segorbe-Castellón de la Plana, así como a los peregrinos de la
Arquidiócesis de Los Ángeles y de la Diócesis de Orange, de California.
Como recuerdo de este encuentro espiritual en el Año Santo de la Redención, os
aliento a dedicar vuestras vidas a la causa del Reino de Dios y de la comunidad
humana. Que, a través del trato diario con Cristo, consigáis transformar
vuestros corazones y la sociedad según las exigencias del Evangelio y de la
Iglesia. Con afecto os imparto mi Bendición.
© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana
|