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JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 10 de agosto de 1983
1.
"Vosotros... hermanos, habéis sido llamados a la libertad" (Gál 5,
13).
La
redención nos pone en un estado de libertad que es fruto de la presencia del
Espíritu Santo en nosotros, porque "donde está el Espíritu del Señor está la
libertad" (2 Cor 3, 17).
Esta
libertad es, a la vez, un don y una tarea; una gracia y
un imperativo.
De
hecho, en el momento mismo en que el Apóstol nos recuerda que estamos
llamados a la libertad, nos advierte también sobre el peligro que corremos
si hacemos mal uso de ella: "Pero cuidado con tomar la libertad por pretexto
para servir a la carne" (Gál 5, 13). Y la "carne", en el
vocabulario paulino, no significa "cuerpo humano'', sino toda la persona
humana en cuanto sometida y encerrada en esos falsos valores que la
atraen con la promesa seductora de una vida aparentemente más plena
(cf. Gal 5, 13-6, 10)
2.
El criterio para discernir si el uso que hacemos de nuestra libertad
está conforme con nuestra llamada a ser libres o es en realidad una recaída
en la esclavitud es nuestra subordinación o insubordinación a la caridad,
es decir, a las exigencias que se derivan de ella.
Resulta
de fundamental importancia poner de relieve que este criterio de
discernimiento lo encontramos en la vida de Cristo: la libertad de Cristo es
la auténtica libertad y nuestra llamada a la libertad es llamada a
participar en la libertad misma de Cristo. Cristo vivió en la plena libertad
porque en la radical obediencia al Padre "se entregó a Sí mismo para
redención de todos" (I Tim 2, 6). Este es el mensaje de la
salvación. Cristo es totalmente libre precisamente en el momento de su
suprema subordinación y obediencia a las exigencias del amor
salvífico del Padre: en el momento de su muerte.
"Habéis
sido llamados a la libertad", dice el Apóstol. Habéis sido hechos partícipes
de la misma libertad de Cristo: la libertad de donarse a Sí mismo. La
expresión perfecta de la libertad es la comunión en el verdadero amor. Ante
cada una de las personas humanas, después de esta llamada, se ha abierto el
espacio de una decisiva y dramática alternativa: la opción entre una
(pseudo) libertad de auto-afirmación, personal o colectiva, contra
Dios y contra los demás, y una libertad de auto-donación a Dios y a
los demás. Quien escoge la auto-afirmación, permanece bajo la esclavitud de
la carne, extraño a Dios; quien opta por la auto-donación, vive ya la vida
eterna.
3.
La auténtica libertad es la que está subordinada al amor, pues —como enseña
el Apóstol— "el amor es la plenitud de la ley" (Rom 13, 10). De esta
enseñanza podemos deducir, una vez más, que según el Apóstol, en el hombre
justificado no hay una contraposición entre libertad y ley moral, y esto
precisamente porque la plenitud de la ley es la caridad. El sentido último
de toda norma moral no hace más que expresar una exigencia de la verdad del
hombre.
Es
éste un punto muy importante del ethos de la redención, más aún, del ethos
simplemente humano, que conviene estudiar a fondo enseguida. No todos, sea
cual fuere la cultura a la que pertenezcamos, definimos el amor como "querer
el bien de la persona amada". Atención: de la persona amada por sí
misma y no solo del que ama. De hecho, en este segundo caso, el amor sería
en realidad la máscara de una relación de carácter utilitario y hedonístico
con el otro. El bien de la persona es lo que ella es: su
ser. Querer el bien es querer que el otro alcance la plenitud de
su ser. Por eso, el acto más puro de amor que se puede imaginar es el acto
creador de Dios: el cual hace que cada uno de nosotros sencillamente sea.
4.
Hay, pues, una conexión inseparable entre el amor hacia una persona y el
reconocimiento de la verdad de su ser: la verdad es el fundamento del
amor. Se puede tener la intención de amar a otro, pero no se le ama
realmente si no se reconoce la verdad de su ser. Así se amaría de
hecho no al otro, sino a esa imagen del otro que nosotros nos hemos
formado y se correría el riesgo de cometer las más graves injusticias en
nombre del amor al hombre; ya que, "este hombre" no sería el real, en
la verdad de su ser, sino el imaginado por nosotros
prescindiendo del fundamento de su verdad objetiva.
Las
normas morales son las exigencias inmutables que emergen de la bondad de
cada ser. Todo ser exige que se le reconozca, es decir, que se
le ame de forma adecuada a su verdad: Dios como Dios, el hombre como
hombre, las cosas como cosas. ;"La plenitud de la ley es el amor", nos
enseña el Apóstol. ¡Cómo es verdadera esta afirmación! El amor es la
realización plena de toda norma moral, ya que el amor busca el bien
de todo ser en su verdad: esa verdad cuya fuerza normativa en relación con
la libertad se expresa mediante las normas morales.
© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana
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