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JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 3 de agosto de 1983
1. "La ley del espíritu de vida en Cristo Jesús me libró de la ley del pecado y
de la muerte... para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, los que
no andamos según la carne, sino según el Espíritu" (Rom 8, 2 y 4). Andar según
el Espíritu y vivir nuestra vida de manera conforme a la voluntad de Dios es el
fruto de la redención, el gran misterio que celebramos este Año Santo
extraordinario. El Espíritu Santo es el don por excelencia que hace el Redentor
a quien se acerca a Él con fe; el Espíritu, como nos enseña el Apóstol, es la
ley del hombre redimido.
¿Qué significa que "la ley del hombre redimido es el Espíritu
Santo?" Significa que en la "nueva creatura", fruto de la redención, el Espíritu
Santo ha puesto su morada, realizando una presencia de Dios mucho más íntima que
la que se deriva del acto creador. Efectivamente, no se trata sólo del don de la
existencia, sino del don de la misma vida de Dios, de la vida vivida por las
tres Personas de la Trinidad.
La persona humana, en cuyas profundidades espirituales ha puesto
su morada el Espíritu, queda iluminada en su inteligencia y movida en su
voluntad, para que comprenda y cumpla "la voluntad de Dios, buena, grata y
perfecta" (Rom 12, 2). De este modo se realiza la profecía antigua: "Pondré mi
ley en su interior y la escribiré en su corazón, y seré su Dios y ellos serán mi
pueblo" (Jer 31, 33), y también: "Pondré mi espíritu dentro de vosotros y os
haré ir por mis mandamientos y observar mis preceptos y ponerlos por obra" (Ez
36, 27).
2. Con el acto mismo con que Dios crea al hombre, graba su ley
en el corazón del hombre. El ser personal del hombre queda dotado de un orden
propio, y con la finalidad de tender a la comunión con Dios y con las otras
personas humanas. En una palabra: queda dotado de una verdad propia, a la que
está subordinada la libertad. En el estado de "justicia original" esta
subordinación se realizaba plenamente. El hombre gozaba de una perfecta libertad
porque quería el bien: lo quería no por una imposición externa, sino por una
especie de "coincidencia interior" de su voluntad con la verdad de su ser,
creado por Dios.
Como consecuencia de la rebelión contra Dios, se rompió en la
persona humana el vínculo de la libertad con la verdad, y la ley de Dios se
sintió como una coacción, como una constricción de y contra la propia libertad.
El "corazón" mismo de la persona está dividido. Efectivamente, por una parte, la
persona es llevada e impulsada, en su libre subjetividad, a realizar el mal, a
construir una existencia —como individuo y como comunidad— contra la Sabiduría
creadora de Dios. Sin embargo, por otra parte, puesto que el pecado nos ha
destruido completamente esa verdad y esa bondad del ser, que es patrimonio
recibido en el acto de la creación, el hombre siente nostalgia de permanecer en
armonía con las raíces profundas del propio ser. Cada uno de nosotros
experimenta este estado de división, que se manifiesta en nuestro corazón como
lucha entre el bien y el mal. Y el resultado es que, en esta condición, si el
hombre sigue las inclinaciones malas, se convierte en esclavo del mal; en
cambio, si sigue la ley de Dios, experimenta esta obediencia como una sumisión a
una imposición extrínseca y, por lo mismo, no como acto de libertad total.
3. El don del Espíritu es el que nos hace libres con la
verdadera libertad, convirtiéndose Él mismo en nuestra ley. La persona humana
actúa libremente cuando sus acciones nacen verdadera y totalmente de su yo: son
acciones de la persona y no sólo acciones que suceden en la persona. El
Espíritu, que habita en el corazón del hombre redimido, transforma la
subjetividad de la persona, haciéndola consentir interiormente a la ley de Dios
y a su proyecto salvífico.
Es decir, la acción del Espíritu hace que la ley de Dios, las
exigencias inmutables de la verdad de nuestro ser creado y salvado penetren
profundamente en nuestra subjetividad personal, de tal modo que ésta, cuando se
expresa y se realiza en su actuar, no pueda menos de expresarse y realizarse en
la verdad. El Espíritu es el Espíritu de verdad. Nos lleva a la verdad, o mejor,
introduce cada vez más íntimamente la verdad en nuestro ser: la verdad se hace
cada vez más íntima a nuestra persona, de manera que nuestra libertad se
subordine a ella, con alegría profunda, espontáneamente.
4. En última instancia, ¿qué es lo que hace al hombre, en el que
habita el Espíritu, tan íntimamente vinculado al bien y, por lo mismo, tan
profundamente libre? Es el hecho de que el Espíritu difunde en nuestros
corazones la caridad. Se ha de tener en cuenta que la caridad no es un amor
cualquiera. La caridad se refiere a Dios presente en nosotros como amigo, como
nuestro eterno comensal. Ninguna acción es más libre que la realizada por amor,
y, al mismo tiempo, nada coacciona más que el amor. Escribe Santo Tomás: "Es
propio de la amistad agradar a la persona amada en lo que ella quiere... Por
tanto, ya que nosotros hemos sido hechos por el Espíritu amigos de Dios, el
mismo Espíritu nos impulsa a cumplir sus mandamientos" (Summa contra Gentes, IV,
22).
Esta es, pues, la definición del ethos de la redención y de la
libertad: se trata del ethos que nace del don del Espíritu que habita en
nosotros; se trata de la libertad del que hace lo que quiere, haciendo lo que
debe.
Saludos
Tengo sumo gusto en saludar ahora a los numerosos peregrinos, religiosos y
religiosas, familias y personas de lengua española aquí presentes, en especial a
la Asociación de Padres de Familia y Maestros de Barcelona, a las
peregrinaciones de Tarragona y de San Cristóbal de La Laguna, y al Sindicato
Nacional de Escritores Españoles. Mi más afectuoso saludo también a cada uno de
los peregrinos llegados de América Latina. ¡Muchas gracias por vuestra presencia
y cariñosa acogida!
Como recuerdo de esta Audiencia del Año Santo de la Redención, os confío el
siguiente mensaje espiritual, entresacado de la Palabra de Dios que hace unos
instantes hemos escuchado.
El ethos de la Redención tiene su origen en el don del Espíritu que mora en
nosotros. El Espíritu Santo es el don por excelencia que el Salvador otorga al
que se acerca a él con fe. El Espíritu, que habita en el corazón del hombre
redimido, transforma la subjetividad de la persona, haciéndola interiormente
sumisa a la ley de Dios y a su proyecto salvador.
Amadísimos: Que sepáis caminar según la orientación del Espíritu y vivir
conforme a la voluntad de Dios. En su nombre os bendigo de corazón.
© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana
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