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JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 20 de julio de 1983
1. "Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús, para hacer la buenas obras que
Dios de antemano preparó para que en ellas anduviésemos" (Ef 2, 10). Nuestra
redención en Cristo —este gran misterio que de modo extraordinario celebramos
durante este Año Santo— nos capacita para realizar, en la plenitud del amor,
esas buenas obras; "que Dios de antemano preparó para que en ellas
anduviésemos". La bondad de nuestra conducta es el fruto de la redención. Por
eso San Pablo enseña que, por el hecho de haber sido redimidos, hemos venido a
ser "siervos de la justicia", (Rom 6, 18). Ser "siervos de la justicia" es
nuestra verdadera libertad.
2. ¿En qué consiste la bondad de la conducta humana? Si
prestamos atención a nuestra experiencia cotidiana, vemos que, entre las
diversas actividades en que se expresa nuestra persona, algunas se verifican en
nosotros, pero no son plenamente nuestras, mientras que otras no sólo se
verifican en nosotros, sino que son plenamente nuestras. Son aquellas
actividades que nacen de nuestra libertad: actos de los que cada uno de nosotros
es autor en sentido propio y verdadero. Son, en una palabra, los actos libres.
Cuando el Apóstol nos enseña que somos hechura de Dios, "creados en Cristo Jesús
para hacer buenas obras", estas buenas obras son los actos que la persona
humana, con la ayuda de Dios, realiza libremente: la bondad es una cualidad de
nuestra actuación libre. Es decir, de esa actuación cuyo principio y causa es la
persona; de la cual, por tanto, es responsable.
Mediante su actuación libre, la persona humana se expresa a sí
misma y al mismo tiempo se realiza a sí misma. La fe de la Iglesia, fundada
sobre la Revelación divina nos enseña que cada uno de nosotros será juzgado
según sus obras. Nótese: es nuestra persona la que será juzgada de acuerdo con
sus obras. Por ello se comprende que en nuestras obras es la persona la que se
expresa, se realiza y —por así decirlo— se plasma. Cada uno es responsable no
sólo de sus acciones libres, sino que, mediante tales acciones, se hace
responsable de sí mismo.
3. A la luz de esta profunda relación entre la persona y su
actuación libre podemos comprender en qué consiste la bondad de nuestros actos,
es decir, cuáles son esas obras buenas "que Dios de antemano preparó para que en
ellas anduviésemos". La persona humana no es dueña absoluta de sí misma. Ha sido
creada por Dios. Su ser es un don: lo que ella es y el hecho mismo de su ser son
un don de Dios. "Somos hechura suya", nos enseña el Apóstol, "creados en Cristo
Jesús" (Ef 2, 10). Sintiéndose recibido constantemente de las manos creadoras de
Dios, el hombre es responsable ante Él de lo que hace. Cuando el acto realizado
libremente es conforme al ser de la persona, es bueno. Es necesario subrayar
esta relación fundamental entre el acto realizado y la persona que lo realiza.
La persona humana está dotada de una verdad propia, de un orden
intrínseco propio, de una constitución propia. Cuando sus obras concuerdan con
este orden, con la constitución propia de persona humana creada por Dios, son
obras buenas "que Dios preparó de antemano para que en ellas anduviésemos". La
bondad de nuestra actuación dimana de una armonía profunda entre la persona y
sus actos, mientras, por el contrario, el mal moral denota una ruptura, una
profunda división entre la persona que actúa y sus acciones. El orden inscrito
en su ser, ese orden en que consiste su propio bien, no es ya respetado en y por
sus acciones. La persona humana no está ya en su verdad. El mal moral es
precisamente el mal de la persona como tal; el bien moral es el bien de la
persona como tal.
4. Celebramos este Año Santo de la Redención para comprender
cada vez más profundamente el misterio de nuestra salvación, para participar
cada vez más profundamente en el poder redentor de la gracia de Dios en Cristo.
A la luz de cuanto hemos dicho, comprendemos por qué el fruto de
la redención en nosotros son precisamente las buenas obras "que Dios de antemano
preparó para que en ellas anduviésemos". La gracia de la redención genera un
ethos de la redención.
La salvación renueva realmente a la persona humana, que resulta
como creada de nuevo "en la justicia y en la santidad". La gracia de la
redención cura y eleva la inteligencia y la voluntad de la persona, de tal forma
que la libertad de ésta es capacitada, por la misma gracia, para actuar con
rectitud.
La persona humana se salva así plenamente en su vida terrena.
Porque, como he dicho antes, la persona humana realiza la verdad de su ser en la
acción recta, mientras que, cuando actúa no rectamente, causa su propio mal,
destruyendo el orden de su propio ser. La verdadera y más profunda alienación
del hombre consiste en la acción moralmente mala: en ella la persona no pierde
lo que tiene, sino lo que es, es decir, se pierde a sí misma. "¿Qué le importa
al hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?", nos dice el Señor.
El único verdadero mal, absolutamente mal, para la persona humana es el mal
moral.
La redención nos re-crea "en la justicia y en la santidad" y nos
permite actuar coherentemente con nuestro estado de justicia y de santidad. Ella
restituye el hombre a sí mismo, le hace retornar de la tierra del exilio a su
patria: en su verdad y en su libertad de creatura de Dios. Y el signo, el fruto
de este retorno, son las obras buenas.
Saludos
Amadísimos hermanos y hermanas:
En la lectura bíblica que hemos escuchado en la primera parte de esta Audiencia,
San Pablo nos recordaba que somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús, para
hacer obras buenas.
La bondad de nuestras acciones depende de que, al ejercitar nuestra libertad,
actuemos de tal modo que nuestras obras estén conformes con nuestro ser como
personas. Si hay armonía entre las exigencias verdaderas de nuestra persona y
nuestras acciones, obramos con rectitud moral; si se rompe esa armonía, obramos
mal.
Pero no hemos de actuar sólo de acuerdo con nuestra persona. Mediante la
Redención llevada a cabo por Cristo, hemos sido creados de nuevo en la justicia
y la santidad. Por ello hemos de actuar con esa coherencia moral que exige
nuestro nuevo estado de redimidos. Así viviremos de acuerdo con nosotros mismos,
en la verdad y libertad de los hijos de Dios, que manifiestan el fruto de su ser
íntimo en las obras buenas.
Y ahora un cordial saludo a todas las personas y grupos de lengua española aquí
presentes: a los sacerdotes, religiosos, religiosas o miembros de
peregrinaciones procedentes de las varias diócesis o parroquias de España o de
América Latina.
Un particular saludo a los jóvenes que han venido de Toledo o en otros grupos de
estudiantes. Gracias por vuestra presencia, amados jóvenes, y vivid en plenitud
vuestra condición de cristianos. Con generosidad y valentía, dejando en derredor
vuestro un soplo de espíritu. A todos os bendigo de corazón.
© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana
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