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JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 6 de julio de 1983
1. "Renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del hombre nuevo, creado
según Dios en justicia y santidad verdaderas" (Ef 4, 23-24).
Las palabras del Apóstol Pablo, queridísimos hermanos y
hermanas, nos remiten al acontecimiento gozoso de la redención, que ha hecho de
nosotros "criaturas nuevas". En Cristo, por el don del Espíritu, hemos sido como
creados de nuevo.
Para captar a fondo el alcance de este acontecimiento es
necesario retornar con el pensamiento a la "primera creación" descrita en las
páginas iniciales del libro del Génesis. Es necesario volver a ese estado en el
que la persona humana se encuentra recién salida de las manos creadoras de Dios:
el estado de "justicia original". Consistía en la plena y amorosa sumisión del
hombre al Creador: su ser estaba en la verdad, en el orden, ante todo por lo que
se refería a su relación con Dios.
De esta "justicia" hacia el Creador derivaba en el hombre una
profunda unidad interior, una integración entre todos los elementos que
constituyen su ser personal, entre el elemento somático, psíquico y espiritual.
Al estar en paz con Dios, el hombre estaba en paz consigo mismo. Y también la
relación con la otra persona humana, la mujer, se vivía en la verdad y en la
justicia: era una relación de profunda comunión interpersonal edificada sobre el
don de sí mismo al otro. Un "sí mismo" del que el hombre podía decidir con plena
libertad, ya que la unidad interna de su ser personal todavía no estaba rota.
El acto creador de Dios se colocaba ya en el "misterio
escondido" de Cristo (cf. Ef 1, 9), era su primera y originaria revelación y
realización. Este acto creador daba comienzo a la realización de la voluntad
divina que nos había elegido "antes de la constitución del mundo para que
fuésemos santos e inmaculados ante Él en caridad, y nos predestinó a la adopción
de hijos suyos por Jesucristo" (ib., 1, 4-5). La creación del hombre, por así
decirlo, estaba ya inserta en la elección eterna en Cristo. Por esta razón, la
persona humana se hacía ya desde el principio, partícipe del don de la filiación
divina, gracias a Aquel que, desde la eternidad, era amado como Hijo.
Al final de su obra creadora "vio Dios ser muy bueno cuanto
había hecho" (Gén 1, 31). La bondad de las cosas es su ser. La bondad del
hombre, esto es, su valor está en su ser: en su ser "creado según Dios en
justicia y santidad verdaderas" (Ef 4, 24).
2. El fruto de la redención es la "nueva creatura"; la redención
es una "nueva creación". ¿Por qué "nueva"? Porque a causa del pecado el hombre
cayó de su "justicia original". Rompió la Alianza con Dios, sacando como
consecuencia de ello, por una parte, la desintegración interior y, por otra, la
incapacidad de construir la comunión con los otros en la verdad del don de sí
mismo. Nunca se reflexionará suficientemente sobre esta destrucción realizada
por el pecado. Nosotros celebramos este Año Santo extraordinario para
profundizar en nuestra conciencia del pecado, punto de partida indispensable
para participar personalmente en el misterio de la redención.
La redención hecha por Cristo ha devuelto al hombre "a la
dignidad de su primer origen", como dice la liturgia. Dios, en Cristo, ha
re-creado al hombre, de tal manera que Cristo se ha convertido en el segundo y
verdadero Adán, de quien toma origen la nueva humanidad. "El que es de Cristo se
ha hecho criatura nueva, y lo viejo pasó, se ha hecho nuevo" (2 Cor
5, 17). Se
trata de un cambio en el ser mismo de la persona humana que ha sido redimida.
"Despojaos del hombre viejo con todas sus obras y vestíos del nuevo, que sin
cesar se renueva para lograr el perfecto conocimiento según la imagen de su
Creador" (Cor 3, 9-10). Estas últimas palabras de San Pablo —se advierte
fácilmente— evocan el texto del Génesis según el cual el hombre fue creado a
imagen de Dios. La nueva creación que es la redención, renueva al hombre
devolviéndolo a la plenitud de su ser más profundo, reintegrándolo en su verdad:
esto es, ser imagen de Dios.
El primer acto de la nueva creación —primero no sólo
cronológicamente, sino porque en él está situado el nuevo "principio"— es el
acto el que Dios resucitó a su Hijo, muerto por nuestros pecados. La Pascua es
el primer día de la nueva semana de la redención, que concluirá en el sábado de
la vida eterna, cuando también nuestros cuerpos serán resucitados y al Vencedor
se le permitirá comer de nuevo del árbol de la vida, que está en el paraíso de
Dios (cf. Ap 2, 7). Y la nueva creación, ;que comenzó la mañana de Pascua,
quedará terminada.
Demos gracias al Padre de Nuestro Señor Jesucristo que nos creó
maravillosamente y nos recreó más maravillosamente todavía. En el origen del
acto creador y del acto redentor está su amor: para el hombre la única respuesta
adecuada a él es la adoración plena de gratitud, en la cual la persona se
entrega a sí misma al amor creador y redentor de Dios.
Saludos
Amadísimos hermanos y hermanas:
Quiero en primer lugar saludar muy cordialmente a todas las personas y grupos de
lengua española, que hoy son particularmente numerosos.
Ante todo saludo a los grupos de religiosas y seminaristas de España aquí
presentes, alentándolos a ser fieles a su vocación. Asimismo saludo a los
peregrinos de las diócesis de Madrid, Lugo, Tuy-Vigo, Tortosa, Bilbao, Santander
y San Sebastián. También a los componentes de las varias parroquias y colegios
antes nombrados.
Una mención separada y una palabra de aliento dedico a los jóvenes, a los scouts
y guías de Benidorm, a los miembros de la Asociación Católica de Maestros de
España, a los estudiantes de la Escuela por Europa de San Juan de Puerto Rico y
a la peregrinación diocesana de la diócesis de Ponce, también de Puerto Rico.
Todos habéis venido como peregrinos del Año Santo de la Redención. Os invito,
por ello, a reflexionar sobre las palabras antes escuchadas de la Carta a los
Efesios, las cuales nos recuerdan que, como redimidos por Cristo, hemos de ser
nuevas creaturas; es decir, hombres nuevos que se renuevan interiormente, para
destruir el pecado en la propia vida y vivir en la verdad, en la justicia y
santidad que corresponden a los hijos de Dios. A vivir –en una palabra–
agradeciendo a Dios el amor que ha tenido por nosotros, y correspondiendo al
amor divino que nos creó y redimió.
© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana
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