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JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 8 de junio de 1983
1. "El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna" (Jn 6, 54). Al
instituir la Eucaristía, la víspera de su muerte, Cristo quiso dar a la Iglesia
un alimento que la nutriese continuamente y la hiciera vivir de su misma vida de
Resucitado.
Mucho tiempo antes de la institución, Jesús había anunciado esta
comida, única en su género. En el culto judaico no faltaban comidas sagradas,
que se consumían en la presencia de Dios y que manifestaban la alegría del favor
divino. Jesús supera todo esto: Ahora es Él, en su carne y en su sangre, quien
se convierte en comida y bebida de la humanidad. En el banquete eucarístico el
hombre se alimenta de Dios.
Cuando Jesús anunció, por primera vez, esta comida, suscitó el
estupor de sus oyentes, que no llegaron a captar un proyecto divino tan elevado.
Pero Jesús subraya vigorosamente la verdad objetiva de sus palabras, afirmando
la necesidad del alimento eucarístico: "En verdad, en verdad os digo que, si no
coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en
vosotros" (Jn 6, 53). No se trata de una comida puramente espiritual, en que las
expresiones "comer la carne" de Cristo y "beber su sangre", tendrían un sentido
metafórico. Es una verdadera comida, como precisa Jesús con fuerza: "Mi carne es
verdadera comida y mi sangre verdadera bebida" (Jn 6, 55).
Además, esta comida no es menos necesaria para el desarrollo de
la vida divina en los fieles, que los alimentos materiales para el mantenimiento
y desarrollo de la vida corporal. La Eucaristía no es un lujo ofrecido a los que
quieran vivir más íntimamente unidos a Cristo: es una exigencia de la vida
cristiana. Esta exigencia la comprendieron los discípulos, porque, según el
testimonio de los Hechos de los Apóstoles, en los primeros tiempos de la
Iglesia, la "fracción del pan", o sea, la comida eucarística, se practicaba cada
día en las casas de los fieles "con alegría y sencillez de corazón" (Hch 2, 46).
2. En la promesa de la Eucaristía Jesús explica por qué es
necesario este alimento: "Yo soy el pan de vida", declara (Jn 6, 48). "Así como
me envió mi Padre vivo, y vivo yo por mi Padre, así también el que me come
vivirá por mí" (6, 57). El Padre es la fuente primera de la vida: Él ha dado
esta vida al Hijo, el cual, a su vez, se la comunica a la humanidad. Él que se
alimenta de Cristo en la Eucaristía no debe esperar al más allá para recibir la
vida eterna: la posee ya sobre la tierra, y en ella posee también la garantía de
la resurrección corporal al fin del mundo: "El que come mi carne y bebe mi
sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré el último día" (Jn 6, 54).
Esta garantía de resurrección proviene del hecho de que la carne
del Hijo del hombre, dada en alimento es su cuerpo en el estado glorioso de
resucitado. Los oyentes de la promesa de la Eucaristía no captaron esta verdad:
pensaban que Jesús quería hablar de su carne en el estado de su vida terrena, y
manifestaban, por lo mismo, gran repugnancia ante la comida anunciada. El
Maestro corrigió su modo de pensar, precisando que se trata de la carne del Hijo
del hombre "subido donde estaba antes" (Jn 6, 62), o sea, en el estado
triunfante de la ascensión al cielo. Este cuerpo glorioso está colmado de la
vida del Espíritu Santo, y así puede santificar a los hombres que se alimentan
de él, y darles la prenda de la gloria eterna.
En la Eucaristía recibimos, pues, la vida de Cristo resucitado.
Efectivamente, cuando el sacrificio se realiza sacramentalmente en el altar, en
él se hace presente no sólo el misterio de la pasión y de la muerte del
Salvador, sino también el misterio de la resurrección, en el que encuentra su
coronamiento el sacrificio. La celebración eucarística nos hace participar en la
ofrenda redentora, pero también en la vida triunfante de Cristo resucitado. Esto
explica el clima de alegría que caracteriza a toda liturgia eucarística. Aún
conmemorando el drama del calvario. marcado en su momento por un inmenso dolor,
el sacerdote y los fieles se alegran al unir su ofrenda con la de Cristo, porque
saben que están viviendo a la vez el misterio de la resurrección, inseparable de
esta ofrenda.
3. La vida de Cristo resucitado se distingue por su potencia y
su riqueza. El que comulga recibe la fuerza espiritual necesaria para afrontar
todos los obstáculos y todas las pruebas, permaneciendo fiel a sus compromisos
de cristiano. Saca, además del sacramento, como de una fuente abundantísima,
continuas oleadas de energía para el desarrollo de todos sus recursos y
cualidades, con un ardor jubiloso que estimula la generosidad.
Especialmente saca la energía vivificante de la caridad. En la
tradición de la Iglesia. la Eucaristía ha sido siempre considerada y vivida como
sacramento por excelencia de la unidad y del amor. Ya San Pablo lo declara:
"Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de
ese único pan" (1 Cor 10, 17).
La celebración eucarística reúne a todos los cristianos, sean
cuales fueren sus diferencias, en una ofrenda unánime y en una comida en la que
participan todos. Reúne a todos en la igual dignidad de hermanos de Cristo y de
hijos del Padre; los invita al respeto, a la recíproca estima, al servicio
mutuo. Además, la comunión da a cada uno la fuerza moral necesaria para
colocarse por encima de los motivos de división y de oposición, para perdonar
las ofensas recibidas, para hacer un nuevo esfuerzo en el sentido de la
reconciliación y de la inteligencia fraterna.
Por lo demás, ¿no resulta especialmente significativo que el
precepto del amor mutuo lo haya formulado Cristo, en su expresión más elevada,
durante la última Cena, con ocasión de la institución de la Eucaristía? Que lo
recuerde cada uno de los fieles en el momento de acercarse a la mesa eucarística
y que se comprometa a no desmentir con la vida lo que celebra en el misterio.
Saludos
Amadísimos hermanos y hermanas:
En la lectura del Evangelio de San Juan que hemos escuchado antes, Jesús nos
enseña que quien come su carne y bebe su sangre, tiene la vida eterna.
Esto se realiza porque en el banquete eucarístico el hombre recibe de verdad a
Dios, se alimenta de El, participando de la vida que brota del Padre y que nos
comunica a través de Cristo. Una vida divina que nos hace poseer, ya en la
tierra, la garantía de nuestra futura resurrección corporal.
Al recibir a Cristo muerto y resucitado, participamos de su gracia, que nos
ayuda a superar las pruebas de la vida presente y que nos da fuerza para
abrirnos al amor a Dios y a la entrega generosa a los hermanos.
Un constante crecimiento en ese amor es lo que deseo a todos los
hispanohablantes aquí presentes: a los procedentes de Madrid, de Menorca y Vigo,
de Barcelona y de Ondárroa. También a los de la parroquia panameña de Santa
Eduvigis en Betania, que han visitado los lugares que fueron escenario de la
vida, pasión y resurrección del Señor. A todos aliento en su camino de fe y a
todos bendigo de corazón.
© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana
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