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JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 1 de junio de 1983
1. Queridísimos hermanos y hermanas: Mañana celebramos la solemnidad del "Cuerpo
y la Sangre de Cristo".
Este Año Jubilar, en que el misterio de la redención está
presente de manera totalmente especial en nuestra plegaria y reflexión, la
fiesta de la Eucaristía adquiere un valor particularmente significativo. En
efecto, en la Eucaristía la redención se revive de manera actual: el sacrificio
de Cristo, hecho sacrificio de la Iglesia, produce en la humanidad de hoy sus
frutos de reconciliación y salvación.
Cuando el sacerdote pronuncia, en nombre y en la persona de
Cristo, las palabras: "Esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros", no
afirma solamente la presencia del Cuerpo de Cristo; expresa además el sacrificio
con el que Jesús dio su vida por la salvación de todos. Efectivamente, Cristo
intentó esto al instituir la Eucaristía. Ya en el sermón de Cafarnaún, después
de la multiplicación do los panes, para hacer comprender la excelencia del Pan
que quería proporcionar a las multitudes hambrientas, declaró: "El pan que yo os
daré es mi carne para la vida del mundo'' (Jn 6, 51). El don del alimento
eucarístico costaría a Jesús la inmolación de su misma carne. Gracias al
sacrificio, esta carne podría comunicar la vida.
Las palabras consagratorias sobre el vino son aún más
explícitas: "Este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna,
que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los
pecados". La sangre entregada como bebida es la sangre que fue derramada en el
Calvario para constituir la Nueva Alianza. La primera alianza había sido
quebrantada por el pecado; Cristo establece una nueva Alianza, que ya no podrá
ser rota, porque se realiza en su misma persona, en la cual la humanidad ha sido
reconciliada definitivamente con Dios.
2. Así, en la consagración del pan y del vino, el sacrificio
redentor se hace presente. Con la mediación del sacerdote, Cristo se ofrece de
modo misterioso, presentando al Padre el don de la propia vida, hecho a su
tiempo en la cruz. En la Eucaristía no hay sólo un recuerdo del sacrificio
ofrecido de una vez para siempre en el Calvario. Ese sacrificio se hace actual,
renovándose sacramentalmente en cada una de las comunidades que lo ofrecen por
manos del Ministro consagrado.
Es verdad que el sacrificio del Calvario bastó para obtener a la
humanidad todas las gracias de la salvación: el sacrificio eucarístico no hace
sino recoger sus frutos. Pero Cristo quiso que su ofrenda se hiciera
continuamente presente para asociar a ella la comunidad cristiana. En cada
Eucaristía la Iglesia queda comprometida en el sacrificio de su Señor, y los
cristianos son llamados a unir a él su ofrenda personal. La Eucaristía es
simultáneamente sacrificio de Cristo y sacrificio de la Iglesia, porque en ella
Cristo asocia a la Iglesia a su obra redentora, haciéndola participar en su
ofrenda.
Es muy importante, pues, que los fieles, al tomar parte en la
Eucaristía, adopten una actitud personal de ofrenda. No es suficiente que
escuchen la Palabra de Dios, ni que oren en comunidad; es preciso que hagan
propia la ofrenda de Cristo, ofreciendo con Él y en Él sus penas, sus
dificultades, sus pruebas, y mucho más, a sí mismos para hacer subir este don
suyo, con el que Cristo hace de Sí mismo, hasta el Padre.
Al entrar en la ofrenda sacrificial del Salvador, participan en
la victoria que Él consiguió sobre el mal del mundo. Cuando nos sintamos
sacudidos por la contemplación del mal que se difunde por el universo, con todas
las devastaciones que produce, no debemos olvidar que el desencadenamiento de
las fuerzas del pecado está dominado por la potencia salvadora de Cristo. Cada
vez que en la Misa se pronuncian las palabras de la consagración y el Cuerpo y
la Sangre del Señor se hacen presentes en el acto del sacrificio, está presente
también el triunfo del amor sobre el odio y de la santidad sobre el pecado. Cada
celebración eucarística es más fuerte que todo el mal del universo; significa
una realización real, concreta, de la redención, y una reconciliación cada vez
mas profunda de la humanidad pecadora con Dios, en la perspectiva de un mundo
mejor.
3. Al extender la aplicación de la obra redentora a la
humanidad, el sacrificio eucarístico contribuye a la edificación de la Iglesia.
En el Calvario Cristo mereció la salvación no solo para cada uno de los hombres,
sino para el conjunto de la comunidad; su ofrenda obtuvo la gracia de la
reunificación de los hombres en el Cuerpo de la Iglesia. La Eucaristía tiende a
realizar concretamente este objetivo, construyendo cada día la comunidad
eclesial. El sacrificio del altar tiene como efecto robustecer la santidad de la
Iglesia y favorecer su expansión por el mundo. En este sentido, se puede decir
que la celebración eucarística es siempre un acto misionero; obtiene
invisiblemente una fuerza mayor de penetración de la Iglesia en todos los
ambientes humanos.
Pero edificar la Iglesia significa consolidar cada vez más su
unidad. No fue por casualidad que Jesús oró en la última Cena por la unidad de
sus discípulos. Por tanto, se comprende que la Iglesia siga, en cada celebración
eucarística, el ejemplo del Maestro, orando a fin de que la unidad sea cada vez
más real y más perfecta.
De este modo la Eucaristía hace progresar el acercamiento
ecuménico de todos los cristianos y, en la Iglesia católica, la Eucaristía
tiende a estrechar los vínculos que unen a los fieles por encima de las
legitimas diferencias que hay entre ellos. Cooperando responsablemente a esta
dinámica unificadora, los cristianos demostrarán ante el mundo que su Maestro no
sufrió en vano por la unidad de los hombres.
Saludos
Queridos hermanos y hermanas:
Mañana es la solemnidad del Corpus Christi que tiene, en este
Año Santo, de la Redención, un significado particular.
En efecto, la Eucaristía revive de manera actual la Redención,
ya que el sacrificio eucarístico repite el sacrificio de Cristo en el calvario.
Un sacrificio que continúa siendo ofrecido cada día, para santificar a la
Iglesia y para que también nosotros nos ofrezcamos al Padre, poniendo junto a la
oblación de Jesús nuestras propias penas, dificultades y sufrimientos.
Que esta festividad y el Año Santo que conmemora la Redención, aumente en todos
nosotros el amor a la Santísima Eucaristía y la estima por esa admirable
presencia de Dios entre nosotros.
Es lo que deseo en primer lugar a los sacerdotes claretianos que asisten a esta
Audiencia, y también a los peregrinos procedentes de Guatemala, de Chile y de
varias partes de España: de Madrid, Alicante, Granada, de Vizcaya y de otros
lugares.
Saludo en particular al grupo del “ Pueblo de Dios en marcha ”.
Asimismo a los miembros del Círculo Católico de Obreros de Burgos, a los que
aliento a continuar en su empeño de formación y promoción social según las
directrices de la Iglesia. A todas y cada una de las personas de lengua española
aquí presentes, saludo y bendigo de corazón.
© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana
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