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JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles
30 de diciembre de 1981
1. Es ésta la última audiencia general del año 1981.
Mientras saludo cordial y afectuosamente a todos los presentes, no puedo dejar
de pensar, al menos por un momento, en el año que acaba y recordar con vosotros
los innumerables encuentros que han tenido lugar en esta sala, en la basílica
vaticana y en la plaza de San Pedro, así como en las otras continuas audiencias
celebradas en el Palacio Apostólico. ¡Cuántos peregrinos han venido a Roma, de
todas las partes del mundo, para orar junto a la tumba de Pedro! ¡Cada uno con
su corazón lleno de alegría y entusiasmo, o también con el peso de penas y dudas
interiores! Peregrinaciones diocesanas y parroquiales, asociaciones y escuelas,
órdenes y congregaciones religiosas. ¡Un río impresionante de fieles, de
turistas, de personas sensibles a las realidades espirituales, se han sucedido
en estas audiencias generales, personas llenas de entusiasmo, impregnadas de fe
y de oración! ¡Por todo esto damos juntos gracias al Señor! También las
audiencias generales son expresión de la misteriosa exigencia de lo divino,
arraigada en el hombre, son instrumento y vínculo de gracia, medio de comunión y
de fraternidad.
2. Vivimos todavía en la atmósfera navideña, caracterizada por la conmemoración
litúrgica del nacimiento del Verbo Divino en la humildad y en el silencio de la
gruta de Belén. Estos días nos hemos arrodillado ante el pesebre: nuestra fe,
basada en los documentos históricos de los Evangelios. nos dice que en la cuna
de Belén adoramos al Verbo Encarnado, a Dios hecho hombre por nuestra salvación.
La Navidad nos hace pensar en el acontecimiento central y determinante de la
historia: ¡La Encarnación de Dios! En el Niño de Belén adoramos al Hijo de Dios,
al Verbo por medio del cual ha sido creado todo y sin Él nada de cuanto existe
ha sido hecho. En El estaba la vida y la vida es la luz de los hombres; y la luz
brilla en las tinieblas... "De su plenitud hemos recibido todos gracia tras
gracia.... porque la gracia y la verdad nos vinieron por medio de Jesucristo" (cf.
Prólogo de San Juan). En efecto, Jesús es "el esplendor de la gracia de Dios y
la impronta de su sabiduría y El sostiene todo con su poderosa palabra" (cf.
Heb 1).
El ángel dice a los hombres de todos los tiempos y de todas las latitudes, como
dice a los pastores: "Os anuncio una gran alegría, que es para todo el pueblo:
hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un salvador: el Mesías, el Señor". Y,
lo mismo que los pastores, es necesario decidir: "Vamos derechos a Belén, a ver
eso que ha pasado y que nos ha comunicado el Señor" (cf. Lc 2, 8-15).
¡Es preciso ir a Belén para conocer la verdad! Hay que volver a Belén para poder
comprender algo del significado auténtico de nuestra vida y de nuestra historia.
Es decir, hay que interpretar las vicisitudes del hombre en la tierra, en este
ilimitado y desconocido universo, a la luz de la Encarnación del Verbo. La
Navidad es mensaje de verdad por lo tanto, de alegría.
3. Ante el pesebre, con espíritu de adoración. en esta última audiencia general
del año, reflexionemos, ante todo, sobre el tiempo que pasa, que se va
inexorablemente, y se lleva consigo nuestras breves existencias. Jesús, con su
palabra divina, nos quita la angustia del vacío insensato y nos dice que en la
curva gigantesca y misteriosa del tiempo toda la historia humana se reduce
únicamente a un retorno a la casa del Padre, un retorno a la patria; y por esto,
también cada una de las existencias forma parte de este inmenso retorno. Nacer
significa comenzar el camino hacia el Padre; vivir significa recorrer, cada día,
cada hora, un tramo de camino en el retorno a la propia casa.
Al pensar de modo particular en este atormentado año que acaba, recordemos cómo
el mensaje de Navidad afirma con absoluta certeza que, aún en medio de las
contradicciones de la historia humana, Dios está siempre presente. El que, al
crear al hombre inteligente y libre, ha querido esta historia con tantas cumbres
sublimes y tan trágicos abismos, no abandona a la humanidad. La Navidad es la
garantía de que el Altísimo nos ama y que su Omnipotencia se entrelaza, de modo
casi siempre oscuro e insondable para nosotros, con su Providencia. por lo que
debemos recordar las palabras de San Pablo a los Corintios: "No juzguéis antes
de tiempo, mientras no venga el Señor, que iluminará los escondrijos de las
tinieblas y hará manifiestos los propósitos de los corazones, y entonces cada
uno tendrá la alabanza de Dios" (1Cor 4, 5). Un gran pensador del siglo
pasado, el cardenal Newman, se expresaba así en un sermón: "La mano de Dios está
siempre sobre aquellos que le pertenecen y los guía por senderos desconocidos.
Lo más que ellos pueden hacer es creer la que todavía no logran ver y verán
después y, permaneciendo firmes en la fe, colaborar con Dios en esa dirección" (Parochial
and Plain Sermon, 7 de mayo de 1837).
Finalmente, mirando al próximo año, que comenzaremos dentro de poco, es humano
sentir cierta ocupación por lo que podrá suceder, al no saber nada del futuro.
Sin embargo, la luz de Navidad nos ilumina también a este respecto: sabemos que,
si es verdad que continuará la lucha entre el bien y el mal, Dios estará siempre
conduciendo la historia. Y nosotros nos empeñaremos en ofrecer nuestra
colaboración al plan divino de la salvación, prometida a cada uno de los
hombres.
4. La alegre coincidencia de esta audiencia me permite daros a todos las
felicitaciones más cordiales de un feliz año nuevo, en la gracia de Dios, en la
paz, en la serenidad, en amor recíproco; a todos.
Saludos
Queridos hermanos y hermanas:
Al saludaros hoy, en la última audiencia de este año, no puedo dejar de recordar
por un instante los encuentros mantenidos con peregrinos de diversos países y
continentes en esta misma Aula, en la Basílica Vaticana y en la Plaza de San
Pedro: encuentros que corroboran los vínculos de comunión eclesial y de amor
fraterno.
La navidad nos hace vivir en estos días un hecho único en la historia del mundo:
el Hijo de Dios se hace hombre por nosotros y por nuestra salvación.
reflexionemos sobre la caducidad de la vida ante el pesebre, donde está
recostado el Niño. Nacer significa comenzar el camino que nos conduce a la casa
del Padre Eterno. Y aunque, mirando el futuro, podamos sentir cierto temor por
lo que pueda suceder, no olvidemos que Dios es nuestra Luz, que nos ama y está
presente siempre en nuestras vidas. Esforcémonos en ofrecer nuestra colaboración
al plan divino de salvación prometida a todos y cada uno. Con mis mejores deseos
de paz y felicidad para el nuevo año, me es grato impartiros la bendición
apostólica, que extiendo cordialmente a todas vuestras familias.
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