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JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles
4 de noviembre de 1981
1. Hoy, 4 de noviembre, la Iglesia recuerda, como todos los años, la figura de
San Carlos Borromeo, obispo y confesor. Puesto que he recibido en el
bautismo precisamente el nombre de este Santo, deseo dedicarle la reflexión de
la audiencia general de hoy, haciendo referencia a todas las precedentes
reflexiones del mes de octubre. En ellas he tratado —tras unos meses de
intervalo, a causa de la estancia en el hospital— de compartir con vosotros,
queridos hermanos y hermanas, los pensamientos que nacieron en mí bajo el
influjo del evento del 13 de mayo. La reflexión de hoy se inserta también en
esta trama principal. A todos aquellos que en el día de mi Santo Patrono se unen
a mí en la oración, deseo repetir una vez más las palabras de la Carta a los
Efesios, que ya cité el miércoles pasado: Orad "por todos los santos, y por mí,
a fin de que cuando hable me sean dadas palabras con que dar a conocer con
libertad el misterio del Evangelio, del que soy embajador..." (Ef 6,
18-20).
2. San Carlos es precisamente uno de esos Santos, a quien le fue dada la palabra
"para dar a conocer el Evangelio", del cual era "embajador", habiendo heredado
su misión de los Apóstoles. El realizó esta misión de modo heroico con la
entrega total de sus fuerzas. La Iglesia le miraba y, al mirarle, se edificaba:
en una primera época, en el período del Concilio Tridentino, en cuyos
trabajos participó activamente desde Roma, soportando el peso de una
correspondencia nutrida, colaborando para llevar a feliz éxito la fatiga
colegial de los padres conciliares, según las necesidades del Pueblo de Dios de
entonces. Y se trataba de necesidades apremiantes. Luego, el mismo cardenal,
como arzobispo de Milán, sucesor de San Ambrosio, se convierte en el incansable
realizador de las resoluciones del Concilio. traduciéndolas a la práctica
mediante diversos Sínodos diocesanos.
La Iglesia —y no sólo la de Milán— le debe una radical renovación del clero, a
la cual contribuyó la institución de los seminarios, cuyo origen se remonta
precisamente al Concilio de Trento. Y otras muchas obras, entre las cuales la
institución de las cofradías, de las pías asociaciones, de los oblatos-laicos,
que prefiguraban ya a la Acción Católica, los colegios, los hospitales para
pobres, y finalmente la fundación de la Universidad de Brera en 1572. Los
volúmenes de las "Acta Ecclesiae Mediolanensis" y los documentos que se refieren
a las visitas pastorales, atestiguan esta intensa y clarividente actividad de
San Carlos, cuya vida se podría sintetizar en tres expresiones magníficas: fue
un Pastor santo, un maestro iluminado, un prudente y sagaz legislador.
Cuando, algunas veces en mi vida, he tenido ocasión de celebrar el Santísimo
Sacrificio en la cripta de la catedral de Milán, donde descansa el cuerpo de San
Carlos, se me presentaba ante los ojos toda su actividad pastoral dedicada
hasta el fin al pueblo al que había sido enviado. Concluyó esta vida el año
1584, a la edad de 46 años, después de haber prestado un heroico servicio
pastoral a las víctimas de la peste que habla afligido a Milán.
3. He aquí algunas palabras pronunciadas por San Carlos, indicativas de esa
total entrega a Cristo y a la Iglesia, que inflamó el corazón y toda la obra
pastoral del Santo. Dirigiéndose a los obispos de la región lombarda, durante el
IV Concilio Provincial de 1576, les exhortaba así: "Estas son las almas para
cuya salvación Dios envió a su único Hijo Jesucristo... El nos indicó también a
cada uno de los obispos, que hemos sido llamados a participar en la obra de la
salvación, el motivo más sublime de nuestro ministerio y enseñó que, sobre todo,
el amor debe ser el maestro de nuestro apostolado, el amor que El (Jesús) quiere
expresar por medio de nosotros, a los fieles que nos han sido confiados,
con la predicación frecuente, con la saludable administración de los
sacramentos, con los ejemplos de una vida santa... con un celo incesante" (cf.
Sancti Caroli Borromei Orationes XII, Romae 1963. Oratio
IV).
Lo que inculcaba a los obispos y a los sacerdotes, lo que recomendaba a los
fieles, él lo practicaba el primero de modo ejemplar.
4. En el bautismo recibí el nombre de San Carlos. Me ha sido otorgado vivir en
los tiempos del Concilio Vaticano II, el cual, como antes el Concilio
Tridentino, ha tratado de mostrar el sentido de la renovación de la Iglesia
según las necesidades de nuestro tiempo. Pude participar en este Concilio desde
el primer día hasta el último. Me fue dado también —como mi Patrono— pertenecer
al Colegio Cardenalicio. Traté de imitarle, introduciendo en la vida de la
archidiócesis de Cracovia las enseñanzas del Concilio Vaticano II.
Hoy, día de San Carlos, medito la gran importancia que tiene el bautismo, en el
que recibí precisamente su nombre. Con el bautismo, según las palabras de San
Pablo, somos sumergidos en la muerte de Cristo para recibir de este modo la
participación en su resurrección. He aquí las palabras que escribe el Apóstol en
la Carta a los Romanos: "Con Él hemos sido sepultados por el bautismo para
participar en su muerte, para que como El resucitó de entre los muertos por la
gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque, si hemos
sido injertados en El por la semejanza de su muerte, también lo seremos por la
de su resurrección" (Rom 6, 4-5).
Mediante el bautismo, cada uno de nosotros recibe la participación
sacramental en esa Vida que —merecida a través de la cruz— se ha
revelado en la resurrección de nuestro Señor y Redentor. Al mismo tiempo,
arraigándonos con todo nuestro ser humano en el misterio de Cristo, somos
consagrados por primera vez en El al Padre. Se realiza en nosotros el primero y
fundamental acto de consagración, mediante el cual, el Padre acepta al
hombre como su hijo adoptivo: el hombre se entrega a Dios, para que en esta
filiación adoptiva realice su voluntad y se convierta de manera cada vez más
madura en parte de su Reino. El sacramento del bautismo comienza en nosotros ese
"sacerdocio real", mediante el cual participamos en la misión de Cristo mismo,
Sacerdote, Profeta y Rey.
El Santo, cuyo nombre recibimos en el bautismo, debe hacernos constantemente
conscientes de esta filiación divina que se ha convertido en nuestra parte.
Debe también ayudar a cada uno a formar toda la vida humana a medida de
lo que ha sido hecho por obra de Cristo: por medio de su muerte y resurrección.
He aquí el papel que San Carlos realiza en mi vida y en la vida de todos los que
llevan su nombre.
5. El evento del 13 de mayo me ha permitido mirar la vida de modo nuevo:
esta vida, cuyo comienzo está unido a la memoria de mis padres y simultáneamente
al misterio del bautismo y al nombre de San Carlos Borromeo.
¿Acaso no ha hablado Cristo del grano de trigo que, al caer en la tierra, muere
para dar mucho fruto? (cf. Jn 12, 24).
¿Acaso no ha dicho Cristo: "El que quiera salvar su vida, la perderá; y el que
pierda su vida por mí, la hallará"? (Mt 16, 25).
Y además: "No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, que al alma no pueden
matarla; temed más bien a aquel que puede perder el alma y el cuerpo en la
gehenna" (Mt 10, 28).
Y también: "Nadie tiene amor mayor que éste de dar uno la vida por sus amigos" (Jn
15, 13).
Todas estas palabras aluden a esa madurez interior, que la fe, la esperanza y la
gracia de nuestro Señor Jesucristo hacen alcanzar en el espíritu humano.
Mirando mi vida en la perspectiva del bautismo, mirándola a través del ejemplo
de San Carlos Borromeo, doy las gracias a todos los que hoy, en todo el período
pasado, y continuamente, también ahora, me sostienen con la oración y a veces
incluso con grandes sacrificios personales. Espero que, gracias a esta ayuda
espiritual, podré alcanzar esa madurez que debe ser mi parte (así como
también la de cada uno de nosotros) en Jesucristo crucificado y resucitado —para
bien de la Iglesia y salvación de mi alma—, del mismo modo que ella fue la parte
de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, y de tantos Sucesores de San Pedro en la
Sede romana, a la cual, según las palabras de San Ignacio de Antioquía,
corresponde "presidir en la caridad" (Carta a los Romanos, Inscr. Funk,
Patres Apostolici, I, 252).
Saludos
Quiero empezar estas palabras en lengua española dirigiendo un saludo cordial a
casa persona, familia o grupo de dicha lengua aquí presentes, en especial al
grupo procedente de Rosas (Gerona). Pido para todos la fidelidad a las
exigencias del propio bautismo.
Me invita a aludir a ese tema la fiesta de San Carlos, de que recibí el nombre
el día de mi bautismo. Con este sacramento nos convertimos en hijos de Dios, lo
cual os compromete a una vida coherente, de acuerdo con las enseñanzas de
Cristo.
Agradezco a todos sus plegarias. Con ellas confío llegar, también a través
del sufrimiento que hube de experimentar tras el trece de mayo último, a una
mayor madurez interior —que debe ser real en todos— en Cristo crucificado y
resucitado.
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