 |
JUAN PABLO II
JUBILEO DEL
APOSTOLADO DE LOS LAICOS
ÁNGELUS
Domingo 26 de noviembre de 2000
Solemnidad de Cristo Rey
Queridos fieles laicos:
1. Antes de concluir esta celebración jubilar, he querido entregaros
nuevamente, en la persona de algunos representantes vuestros, los documentos
del concilio Vaticano II. Mi pensamiento vuelve en este momento a aquel
histórico y providencial acontecimiento eclesial. Hace treinta y cinco años,
precisamente en estos días, fueron aprobados algunos documentos, entre ellos
el decreto Apostolicam actuositatem sobre el apostolado de los laicos.
El 7 de diciembre, junto con otros textos, fue aprobada la constitución
pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo.
Al día siguiente, la asamblea conciliar promulgaba definitivamente el
conjunto de sus documentos.
Queridos fieles laicos, apóstoles del tercer milenio, como entonces, también
hoy he querido simbólicamente volver a confiaros especialmente a vosotros el
vasto patrimonio conciliar, recordando que precisamente a los laicos
-gobernantes, hombres del pensamiento y de la ciencia, artistas, mujeres,
trabajadores, jóvenes, pobres, enfermos- el Concilio entregó su mensaje
conclusivo destinado a la humanidad entera.
En este cambio de época, la lección del Vaticano II es más actual que
nunca. En efecto, la situación de nuestro tiempo exige que vuestro compromiso
apostólico de laicos sea aún más intenso y más extenso. Estudiad el
Concilio, profundizadlo, asimilad su espíritu y sus orientaciones: en
él encontraréis luz y fuerza para testimoniar el Evangelio en todos los
campos de la existencia humana.
2. Saludo cordialmente a todos los peregrinos de lengua francesa, que habéis
venido para el Congreso del apostolado de los laicos. A pocos días del
aniversario de la conclusión del Concilio, todos vosotros estáis invitados a
releer sus documentos para confirmar vuestra vocación, para comprometeros en
el apostolado, como propusieron los padres conciliares, para ser en el mundo
testigos de la buena nueva y para participar cada vez más activamente en la
misión de la Iglesia. El mundo necesita vuestro testimonio individual,
matrimonial, familiar, profesional y eclesial. A todos os imparto la bendición
apostólica.
Durante este jubileo del laicado deseo poner una vez más en las manos y en el
corazón de los laicos del mundo entero los documentos del concilio Vaticano
II. El Concilio, centrado en Cristo y en su Iglesia y abierto a los desafíos
de un mundo en transformación, fue un acontecimiento providencial en la
preparación del pueblo de Dios para el tercer milenio cristiano. Invito a los
fieles laicos a estudiar la enseñanza del Concilio, a amar y vivir su
mensaje. De este modo, los laicos serán luz y esperanza para la Iglesia y
para la sociedad. Cristo, el Rey eterno, os guíe y fortalezca siempre.
Dirijo un saludo cordial a las mujeres y a los hombres de lengua alemana.
Queridas hermanas y queridos hermanos, el concilio Vaticano II os alienta a
vosotros, laicos, a ser sal de la tierra y luz del mundo. Os expreso un deseo:
no dejéis de estudiar la enseñanza del Concilio y de traducirla en la vida.
Para vuestra misión como testigos del Evangelio, os imparto de buen grado la
bendición apostólica.
Doy mi bienvenida a los peregrinos de lengua española que participáis en el
jubileo del apostolado de los laicos. Que esta peregrinación jubilar sea un
estímulo para proseguir en el camino de la esperanza, construyendo el futuro
desde vuestra específica vocación cristiana. Firmemente enraizados en Cristo
y sostenidos por las enseñanzas siempre actuales del concilio Vaticano II,
testimoniad el Evangelio a los hombres de nuestro tiempo.
Ojalá que la feliz coincidencia de la fiesta de Cristo Rey con vuestro
jubileo os recuerde a todos vosotros, queridos peregrinos de lengua
portuguesa, que vuestra vocación de hijos de Dios en medio del mundo no sólo
os exige buscar la santidad personal, sino también ir por los caminos de la
tierra, para convertirlos en atajos que, a través de los obstáculos, lleven
las almas al Señor. Para esto hemos sido llamados los cristianos; esta es
nuestra tarea apostólica y la preocupación que debe consumir nuestra alma:
conseguir que el reino de Cristo se haga realidad, que ya no haya odios ni
crueldades, y que extendamos sobre la tierra el bálsamo fuerte y pacífico
del amor.
Saludo cordialmente a los representantes de los laicos de Polonia y de los demás
países del mundo. Representáis a los innumerables fieles que, cumpliendo a
diario sus deberes familiares, profesionales o sociales, al mismo tiempo
colaboran activamente en la acción apostólica de la Iglesia. Al celebrar hoy
el jubileo del apostolado de los laicos, damos gracias a Dios por su
compromiso en diversos campos de la vida -en gran parte accesibles sólo a
ellos-, mediante el cual la Iglesia vive como comunidad de los testigos de la
fe, de la esperanza y del amor. Oro para que el Espíritu Santo avive de nuevo
en vuestro corazón el deseo de servir al Evangelio, de modo que según
vuestra vocación y el mandato recibido participéis fructuosamente en el
cumplimiento de la misión profética, sacerdotal y pastoral de la Iglesia.
Dios os bendiga.
3. Elevemos ahora nuestra oración a María. Que ella nos ayude a
realizar la renovación de mentalidad y acción, de alegría y esperanza, que
tenía como objetivo el concilio Vaticano II.
|