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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Fiesta de la Inmaculada Concepción Lunes 8 de diciembre de
1997
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Hoy la Iglesia
celebra la Inmaculada Concepción de María santísima, una fiesta solemne muy
querida al pueblo cristiano. Esta solemnidad se sitúa al inicio del año
litúrgico, en el tiempo de Adviento, e ilumina el camino de la Iglesia hacia la
Navidad del Señor.
La solemnidad de la Inmaculada Concepción tiene como telón de
fondo el cuadro bíblico de la Anunciación, en la que resuena el arcano saludo
del ángel: «Dios te salve, llena de gracia; el Señor está contigo» (Lc 1,
28).
«Llena de gracia». María, como Dios la pensó y quiso desde siempre
en su inescrutable designio, es una criatura totalmente colmada del amor divino,
toda bondad, toda belleza y toda santidad.
2. «El hombre mira las apariencias;
el Señor mira el corazón» (1 S 16, 7). Y el corazón de María está
totalmente orientado hacia el cumplimiento de la voluntad divina. Por esto, la
Virgen es el modelo de la espera y de la esperanza cristiana.
Contemplando la escena bíblica de la Anunciación, comprendemos por qué el
mensaje divino no encuentra a María impreparada, sino, por el contrario, ain
vigilante en la espera, recogida en un silencio profundo, en el que resuenan
las promesas de los profetas de Israel, especialmente el famoso oráculo
mesiánico de Isaías: «He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y
le pondrá por nombre Emmanuel» (Is 7, 14).
En su corazón no hay ni sombra
de egoísmo: no desea nada para sí, sino sólo la gloria de Dios y la salvación de
los hombres. El mismo privilegio de ser preservada del pecado original no
constituye para ella un título de gloria, sino de servicio total a la misión
redentora de su Hijo.
3. Amadísimos hermanos y hermanas, la humanidad de nuestro
tiempo, que se dispone a entrar en el tercer milenio, encuentra en la Inmaculada
el modelo de la espera y la Madre de la esperanza. Ella nos enseña a evitar el
fatalismo y la resignación pasiva, así como cualquier tentación milenarista. Nos
enseña a contemplar el futuro sabiendo que Dios viene hacia nosotros. Estamos
llamados a prepararnos a este encuentro en la oración y en la espera vigilante.
Mirándola a ella, Virgen sabia, aprendemos a estar preparados
para comparecer ante Cristo, en la hora de su vuelta gloriosa. Que María nos
ayude a salir al encuentro del Señor con fe viva, esperanza gozosa y caridad
activa.
© Copyright 1997 - Libreria
Editrice Vaticana
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