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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 7 de diciembre de 1997
Amadísimos
hermanos y hermanas:
1. Celebramos hoy el segundo domingo de Adviento, tiempo
propicio para dejar que la palabra de Dios ilumine más profundamente nuestro
corazón y nuestra mente, a fin de que el Espíritu Santo nos disponga a acoger
dignamente al Señor que viene.
En la liturgia de hoy destaca la figura de Juan
Bautista, profeta enviado a preparar el camino al Mesías. Su voz grita «en el
desierto», a donde se retiró y donde —como dice el evangelista san Lucas— «vino
la palabra de Dios sobre él» (Jn 3, 2), convirtiéndolo en heraldo del
Reino divino.
¿Cómo no acoger también nosotros su enérgica invitación a la
conversión, al recogimiento y a la austeridad, en una época, como la nuestra,
cada vez más expuesta a la dispersión, a la fragmentación interior y al culto de
la apariencia? A primera vista, el «desierto» evoca sensaciones de soledad, de
extravío y de miedo; pero el «desierto» constituye también el lugar providencial
del encuentro con Dios.
2. Resuena de generación en generación la exhortación de
san Juan Bautista: «Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas; todo
barranco será rellenado, todo monte y colina será rebajado; lo tortuoso
se hará recto y las asperezas serán caminos llanos» (Lc 3, 4-5). ¡Cuán
urgente y actual es esta exhortación, tanto a nivel personal como social! Dios
quiere venir a habitar con los hombres de todos los lugares y de todas las
épocas, y los llama a cooperar con él en la obra de la salvación.
Pero ¿cómo? La liturgia de hoy nos da la respuesta:
«enderezando» las injusticias; «rellenando» los vacíos de bondad, de
misericordia, de respeto y compresión; «rebajando » el orgullo, las barreras,
las violencias; «allanando » todo lo que impide a las personas una vida libre y
digna. Sólo así podremos prepararnos para celebrar de modo auténtico la Navidad.
3. En la víspera de la solemnidad de la Inmaculada Concepción,
dirijamos nuestra mirada a María, humilde esclava del Señor, que cooperó en la
acción del Espíritu Santo.
Que el mismo Espíritu Santo, que inflamó de fe, esperanza y
caridad su corazón inmaculado, renueve nuestra conciencia para que, allanando
los caminos de la justicia y del bien, nos dispongamos a acoger al Emmanuel, el
Dios con nosotros.
© Copyright 1997 - Libreria
Editrice Vaticana
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