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VIAJE APOSTÓLICO A BÉLGICA
JUAN PABLO II
REGINA COELI
Bruselas, domingo 4 de junio de 1995 Solemnidad de Pentecostés
Queridos hermanos y hermanas:
1. Deseo, ante todo, evocar un momento de mi anterior visita a
Bélgica, en 1985, en Ypres. Cerca del gran cementerio de la primera guerra
mundial, recordé a los hijos de vuestra patria, caídos junto con soldados de
otros muchos países europeos. En el curso de ese conflicto, Bélgica había
opuesto una valiente resistencia al invasor y había combatido por su propia
independencia; así aportó su contribución a la lucha por la justicia y la paz en
Europa. En este año, en que se conmemora el 50° aniversario del final de la
segunda guerra mundial, quisiera lanzar, una vez más, este llamamiento a todos
los gobernantes y a todos los pueblos: Haced que callen definitivamente las
armas. Que el deseo de diálogo, paz y fraternidad, prevalezca sobre la sed de
poder y venganza, para que todos los hombres, y en particular los más débiles y
desfavorecidos, puedan ocupar su lugar en la sociedad. Invito a cada uno a
realizar gestos proféticos en favor de la paz y del entendimiento entre los
pueblos. Hoy imploramos a María, Reina de la paz, para que, en todos los
continentes, nuestros contemporáneos, recordando las tragedias de la historia
reciente, sepan renunciar a las armas y para que nunca más las personas y las
naciones sean desfiguradas por luchas fratricidas, que hieren gravemente a la
humanidad. Que todos recuerden que los conflictos armados son un fracaso y que
sólo el diálogo constructivo es digno del hombre.
2. «Regina coeli, laetare!».
Después de la beatificación del padre Damián de Veuster,
deseamos recordar una vez más, a todos los valones y flamencos que, como él, han
dado su vida por la dignidad de sus hermanos, por la justicia y por la libertad
en un incansable servicio a la patria o á la Iglesia. Alégrate, Madre de Cristo
resucitado, alégrate, Madre de la Iglesia, por todos los frutos que brotan en
esta tierra de Bélgica. Alégrate por el padre Damián. Es para mi un motivo de
gran gozo haber podido elevarlo al honor de los altares en su tierra natal. De
esta manera, he podido pagar la deuda que contraje con el Colegio belga durante
mis estudios en Roma y con todos mis compañeros de entonces. Muchos de ellos ya
han sido llamados por el Señor. Os invito a encomendar a Dios su alma, así como
la del difunto rector de ese colegio, el cardenal de Fürstenberg, de feliz
memoria.
3. «Regina coeli, laetare!».
En la alegría de Pentecostés, deseo también recordar todo lo que
la Iglesia que está en Bélgica ha hecho por la causa de la unidad de los
cristianos. Demos gracias a Dios por el cardenal Mercier, un pionero cuya gran
obra ecuménica fue continuada ampliamente por el concilio Vaticano II y por
numerosas iniciativas en vuestro país. Demos gracias también por los sucesores
del cardenal Mercier en la sede de Malinas-Bruselas, por todos los obispos de
vuestra nación, y por su contribución a la obra del concilio Vaticano II. Demos
gracias por los teólogos y por todo lo que contribuyó a la puesta en marcha del
Concilio. Pidamos a la Madre de la Iglesia que la Iglesia en Bélgica no deje de
ser la levadura evangélica que forma la vida de la sociedad y lleva a la
salvación de la humanidad.
Te damos gracias también, Madre de la Gracia divina, por el rey Balduino, por su fe inquebrantable y por el ejemplo de vida que dejó a sus
compatriotas y a toda Europa. Te damos gracias por su enérgica defensa de los
derechos de Dios y del hombre, y en particular del derecho del niño no nacido a
la vida. Tuve la alegría de conocer la profundidad del espíritu del rey Balduino,
su excepcional y ardiente piedad cristocéntrica y a la vez mariana. ¡Cómo no dar
gracias al Espíritu Santo por lo que realizó en el alma de ese rey difunto! ¡Que
gran ejemplo nos ha dejado! ¡Que gran ejemplo ha dejado a sus compatriotas!
4. «Regina coeli, laetare!»
Oh María, Reina del cielo, vela por los jóvenes de Bélgica con
tu maternal ternura. Vela por los jóvenes que, en los diversos países de Europa
y del mundo, participan en la nueva evangelización, por el testimonio de una
vida recta y pura, y un compromiso radical en seguimiento de Cristo. Que no se
desalienten en los momentos difíciles, sino que, con la ayuda del Espíritu
Santo, libren siempre batallas juntas, con las armas de la paz, la justicia y la
caridad.
«Regina coeli, laetare!»
Deseo dirigir un saludo particular a los jóvenes que nos
acompañan a través de la radio y la televisión, y que se hallan reunidos en
peregrinación en algunas zonas montañosas de Europa: desde Croagh Patrick, en
Irlanda, a la Colina de las cruces, en Lituania, así como en Gran Bretaña,
Hungría, en Eslovaquia y en Gibraltar. Están reunidos en el amor de Cristo para
comprometerse en la evangelización de este continente. Que el Espíritu Santo les
dé fuerza y valentía para esa importante misión.
Saludo cordialmente también a mis compatriotas, tanto a los que
viven en la patria, como a los que viven aquí y en todo el mundo.
© Copyright 1995 - Libreria Editrice
Vaticana
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