JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Viernes 8 de diciembre de 1995
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Hace treinta años, exactamente el 8 de diciembre de 1965,
concluía, en la plaza de San Pedro, el concilio ecuménico Vaticano II. Mi
venerado predecesor el Papa Pablo VI encomendaba a María las expectativas y las
esperanzas suscitadas por este gran acontecimiento, así como el compromiso de
anunciar, cada vez con mayor celo y novedad de vida, a Cristo al hombre
contemporáneo. Recordar ese día suscita en mí, que era entonces uno de los
padres conciliares, una intensa emoción.
Hoy, fiesta de la Inmaculada Concepción, también yo renuevo la
oración de la Iglesia a la Virgen santísima para que le ayude a profundizar y a
vivir con mayor fidelidad el mensaje del Concilio, para entrar en el tercer
milenio fortalecida y casi rejuvenecida por esta gran obra del Espíritu.
María, Madre de la Iglesia, guía el camino de los creyentes.
Ella, en previsión de los méritos de Cristo, fue preservada inmune de toda
mancha original y redimida, antes que cualquier otra criatura, de manera
excepcional y única. Con ese singular acto de predilección, Dios la hizo capaz
de aceptar plenamente su proyecto de amor, y la preparó para convertirse en
digna morada de Cristo y figura ejemplar de la Iglesia.
En María resplandece la sublime y sorprendente ternura de Dios
hacia todo el género humano: en ella la humanidad recobra su antigua belleza, y
el plan divino se manifiesta más fuerte que el mal, capaz de ofrecer
posibilidades siempre nuevas de vida y de salvación.
2. ¡Qué grandes perspectivas abre el misterio que hoy
celebramos! A las mujeres de nuestro tiempo, que buscan, a veces de manera
ardua, su auténtica dignidad, la toda hermosa muestra las grandes posibilidades
que encierra el genio femenino cuando esta impregnado por la gracia.
A los pequeños y a los jóvenes, que miran con confianza, no
exenta de temor, hacia el futuro, les recuerda que el Señor no defrauda las
profundas expectativas de la persona y sale al encuentro de quienes desean
construir un mundo más fraterno y solidario.
A los que se hallan inmersos en el pecado, pero que sienten la
nostalgia del bien, la Inmaculada les señala posibilidades concretas de rescate
en la búsqueda sincera de la verdad y en el abandono confiado en las manos del
Señor.
A los que sufren en el cuerpo y en el espíritu, así como a los
humillados de la historia, la Virgen les anuncia el Dios de la vida, que invita
a sus hijos a la alegría y a la libertad, a pesar de las duras consecuencias del
pecado que desfiguran al mundo.
La Iglesia misma, viendo en la Virgen Inmaculada su comienzo y
su modelo, se redescubre como obra de la Iglesia de Dios, llamada a realizar,
aun en medio de ambigüedades y las tentaciones del mundo, la sublime vocación de
«esposa de Cristo llena de juventud y de limpia hermosura» (Prefacio de la
Inmaculada).
3. En el clima del Adviento, tiempo de ferviente espera de la
Navidad, esta solemnidad nos recuerda que también nosotros estamos llamados a
ser «santos e inmaculados» (Ef 1, 4).
Nos ayude la Virgen a realizar nuestra vocación a la santidad.
Nos sostenga, de manera especial, al confiar cada vez con mayor generosidad
nuestra vida al Señor para ser capaces de ofrecer al mundo signos concretos de
esperanza y de amor.
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Vaticana
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