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JUAN PABLO II
REGINA COELI
Solemnidad de Pentecostés Domingo 22 de mayo de 1994
Queridos hermanos y hermanas:
1. Es Pentecostés: fiesta importante para la Iglesia y también
para el mundo. En Jerusalén, cincuenta días después de la resurrección de
Cristo, sobre la primera comunidad de sus discípulos descendió el Espíritu
Santo, manifestándose con la energía del viento y del fuego, y convirtiéndose en
el alma de la Iglesia naciente, en su fuerza y en el secreto de su camino a lo
largo de los siglos.
¿Podría existir la Iglesia sin el Espíritu Santo, dador de la
vida, de toda vida? La Biblia nos lo presenta aleteando sobre las aguas de la
primera creación (cf. Gn 1, 2), principio de existencia para todas las
criaturas. De su efusión especial el día de Pentecostés cobra vida también la
nueva creación, la comunidad de los salvados, redimidos por la sangre de Cristo.
Ven, Espíritu Santo. Te pedimos por toda la Iglesia: aumenta
nuestra fidelidad, fortalece nuestra unidad, infunde impulso a nuestra
evangelización.
Ven, ven Espíritu Santo. Te suplicamos por el mundo. Muéstrate
padre de los pobres y consolador perfecto, especialmente para los pueblos
martirizados de Ruanda y Bosnia-Herzegovina, para todas las naciones que están
en guerra. Toca los corazones, ilumina las mentes, suscita deseos y propósitos
de paz.
2. Un especial Pentecostés tuvo lugar esta mañana para la
diócesis de Roma, en la basílica de San Pedro, con la ordenación de 39
presbíteros, formados en el Seminario romano mayor, en el Almo Colegio Capranica,
en el colegio diocesano «Redemptoris Mater» y en la «Escuela de formación
apostólica de los Oblatos del Divino Amor». Yo mismo hubiera querido imponerles
las manos, pero, mientras lo hacía el cardenal vicario, también yo lo hacía
espiritualmente, ofreciendo mi sacrificio por ellos. Los saludo a todos con
intenso afecto e íntima alegría.
¡Qué gran ministerio es el sacerdocio! El Espíritu colma a
aquellos a quienes Cristo elige libremente, y los configura con Él, como cabeza,
pastor y esposo de la Iglesia. Marcados irreversiblemente por ese don, ya no se
pertenecen a sí mismos: su vida está completamente al servicio de Dios y de sus
hermanos. Son ya hombres de Dios, iconos y transparencia del rostro de Cristo.
El Espíritu quiere servirse de su voz para llegar al corazón de
los hombres. Así, se repite en ellos el milagro de las lenguas, que caracterizó
el primer Pentecostés. Gritan las maravillas de la salvación, como heraldos
incansables de un mensaje de comunión, de fraternidad y de paz.
3. Miremos a la santísima Virgen, que el día de Pentecostés
estaba en el cenáculo, junto a los Apóstoles. En ella la fuerza del Espíritu
Santo hizo verdaderamente maravillas (Lc 1, 49). Ella, Madre del Redentor, Madre
de la Iglesia y Madre de los sacerdotes, obtenga con su intercesión una nueva
efusión del Espíritu de Dios sobre la Iglesia y sobre el mundo.
Ahora nos preparamos para rezar el Regina coeli, por última vez
este año porque hoy termina el período pascual, con esta gran solemnidad de
Pentecostés. Tenía grandes deseos de rezarlo desde la ventana del Vaticano, como
todos los domingos. Pero es necesario esperar todavía algunos días.
* * *
Después de la plegaria, el Papa se asomó a una ventana del hospital Gemelli y añadió:
Visto que han cerrado la ventana de San Pedro, era necesaria esta otra. Es bueno
que esté esta ventana de reserva en el Gemelli..., otro Vaticano. Está bien que
desde esta ventana pueda saludar a todos los presentes, romanos y peregrinos,
entre los que se hallan también algunos polacos. Puedo saludarlos precisamente
el día de Pentecostés, en que hemos cantado por última vez el Regina coeli.
Os agradezco y espero que ya no tengáis que venir aquí, sino a
la plaza de San Pedro, a aquella otra ventana. Nuestros profesores y también las
religiosas de María Niña nos han prometido que se trasladan al Vaticano. Gracias
una vez más. Me encomiendo a vuestras oraciones.
No sé si pensáis que el Papa está contento o descontento: juzgad
vosotros. También yo os deseo todo bien a vosotros, especialmente a vuestros
hijos: que sean buenos y estén sanos. Aquí hay también niños enfermos, hay
muchos enfermos en este hospital policlínico: diversas enfermedades, diversas
especializaciones de la medicina, diversos especialistas. Me curan, me examinan.
Me han examinado como nunca antes en mi vida: han examinado mi organismo a
fondo. No sabía ni siquiera que existen ciertos órganos y ciertas posibilidades,
pero demos gracias a Dios.
Dios creó al hombre a su imagen, lo creó varón y mujer para que
participaran de su vida divina por eso nos dio a su Hijo unigénito, y después de
su Ascensión nos dio al Espíritu Santo.
Esto es lo que recordamos el día de Pentecostés, esta importante
venida que continúa. Cristo vino, sufrió, murió, resucitó y ahora está en el
cielo, a la derecha del Padre, pero el Espíritu Santo es enviado siempre,
siempre desciende, y nosotros somos fuertes gracias a su fuerza. Esto es lo que
os deseo a todos. Alabado sea Jesucristo
© Copyright 1994 - Libreria Editrice Vaticana
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