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JUAN PABLO II
REGINA COELI
Fiesta de
la Ascensión del Señor
Policlínico Gemelli, domingo 15 de mayo de 1994
Queridos hermanos y hermanas:
1. En muchos lugares del mundo se celebra hoy la fiesta de la
Ascensión de Jesús al cielo. Cristo vuelve a la gloria que le pertenece desde
siempre, como Hijo de Dios consubstancial con el Padre. Pero vuelve con la
naturaleza humana que asumió de María, llevando consigo los signos gloriosos de
la pasión. En efecto, regresa al Padre como redentor del hombre, para enviarnos
el Espíritu que vivifica.
La Ascensión es, por tanto, un gran mensaje de esperanza. El
hombre de nuestro tiempo, que, a pesar de sus conquistas técnicas y científicas,
de las que se enorgullece con razón, corre el riesgo de perder el sentido último
de su existencia, encuentra en este misterio la indicación de su destino. La
humanidad glorificada de Cristo es también nuestra humanidad: Jesús, en su
persona, ha unido para siempre a Dios con la historia del hombre, y al hombre
con el corazón del Padre celestial.
2. «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el
fin del mundo» (Mt 28, 20). Así nos asegura el Señor, y su promesa fortalece el
compromiso apostólico de los cristianos. Después de dos mil años de historia la
Iglesia se siente joven aún hoy; con el entusiasmo del inicio, desea llevar al
mundo el anuncio del amor de Dios. ¡Qué espectáculo de juventud ofreció la
Iglesia en la reciente Asamblea especial para África del Sínodo de los obispos!
El Resucitado actúa también más allá de los confines visibles de
la Iglesia, dondequiera que haya hombres dóciles a sus inspiraciones. Resulta
espontáneo, por ejemplo, alabar al Señor por el gran acontecimiento de paz y
solidaridad que tuvo lugar durante estos días en Sudáfrica. Después de siglos de
enfrentamientos y odio, mientras desgraciadamente se sigue humillando al mundo
en diversos lugares con guerras absurdas y fratricidas ha clareado un alba de
esperanza. Quiera Dios consolidarla y extenderla a los pueblos de todos los
continentes.
3. Siento el deber de recordar, también hoy, la violencia cuyas
víctimas son las poblaciones de Ruanda. Se trata de un verdadero genocidio, en
el que, por desgracia, también están implicados algunos católicos. Todos los
días me siento cercano a ese pueblo en agonía, y quisiera nuevamente apelar a la
conciencia de todos los que planean esas matanzas y las llevan a cabo. Están
conduciendo el país hacia el abismo. Todos deberán responder por sus crímenes
ante la historia y, sobre todo, ante Dios. ¡Basta ya de sangre! Dios espera de
todos los ruandeses, con la ayuda de los países amigos, un despertar moral: la
valentía del perdón y de la fraternidad.
4. Por todo esto oran las religiosas de clausura, que, desde el
viernes 13 de mayo, viven en el monasterio Mater Ecclesiae, situado a la sombra
de la cúpula de San Pedro. Saludo con afecto a esas hermanas nuestras, a su
silenciosa misión de oración encomiendo las intenciones de mi ministerio al
servicio de todo el pueblo de Dios.
La Santísima Virgen nos conceda también a nosotros dirigir
constantemente nuestra mirada al cielo, y testimoniar con la alegría de la vida
el misterio de la Ascensión, y nos haga, así, dóciles instrumentos del Espíritu
de Dios, para que nuestro anuncio de la palabra salvífica llegue a tocar
profundamente los corazones, transformándose en fuente de paz para todos
© Copyright 1994 - Libreria Editrice Vaticana
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