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JUAN PABLO II
REGINA COELI
Policlínico Gemelli Domingo 8 de mayo de 1994
Hermanos y hermanas:
1. Acaba de concluir la Asamblea especial para África del Sínodo
de los obispos El continente africano durante este mes ha estado en el centro de
la atención eclesial con sus grandes posibilidades, pero también con sus
numerosos problemas. Las trágicas noticias procedentes de Ruanda han
ensombrecido los comienzos de los trabajos y, por desgracia, no se vislumbra aún
la paz. Quisiera renovar hoy, una vez más, mi llamamiento: es preciso deponer
los odios y las armas que ya han producido tanto derramamiento de sangre en esa
martirizada región. ¡Deponedlos inmediatamente, en nombre de Dios! Ruanda y
África tienen necesidad de paz. Cristo es «nuestra paz» (Ef 2, 14).
Los creyentes han de afrontar un gran desafío al aproximarse el
tercer milenio de la fe: están llamados a un nuevo impulso de evangelización y a
un esfuerzo más generoso en favor de la promoción humana en la concordia y en la
paz. El Redentor toca a las puertas de África. ¡África, acógelo! Deja que camine
en todos los senderos de tu cultura, en la vida de tus pueblos tan antiguos. Él,
que conoce muy bien el corazón del hombre, sabe cuáles son los caminos del
desarrollo integral, de la auténtica libertad y del respeto seguro de la
dignidad humana.
2. Este deseo de paz lo encomiendo a María. También le
encomiendo los frutos de los trabajos sinodales, arrodillado espiritualmente
ante la Virgen en su santuario de Pompeya, donde precisamente a esta hora una
gran multitud se reúne en torno a su venerada imagen y le dirige la ardiente
súplica que brotó del corazón del beato Bartolo Longo. Bendigo con afecto a los
fieles allí congregados y a cuantos, mediante la radio y la televisión, están en
conexión con el santuario de la Virgen del santo rosario para rendirle homenaje.
Tú, María, acepta esas palabras devotas que te muestran el amor
de tus hijos y te presentan las ansias, las preocupaciones y las lágrimas de
toda la humanidad.
Esta súplica tradicional se inserta bien en la gran oración por
Italia, que se eleva hasta ti como oración de las familias y por las familias,
en este año dedicado a ellas.
Tu invitación a la contemplación, a través de la forma sencilla
y profunda del santo rosario, llegue a toda familia de Italia y del mundo
entero.
3. Amadísimos hermanos y hermanas, renuevo mi gratitud a todos
los que me están acompañando espiritualmente en mi recuperación física, que
progresa poco a poco gracias a la ayuda de Dios y al cuidado experto y solícito
de los médicos que me atienden, de las religiosas y del personal del hospital. A
cada uno le expreso mi más sincero aprecio y mi más viva gratitud.
Sobre todos, por intercesión de la Virgen santísima, invoco la
abundancia de las gracias divinas.
* * *
(Dado que ese domingo se celebraba en Italia el día de la madre, después del rezo
del Regina coeli, Su Santidad añadió las siguientes palabras)
Hoy celebramos el Día de la madre, el día de todas y cada una de las madres, con
su individualidad irrepetible, con las características propias de toda mujer y
de toda madre. Cada uno de nosotros hoy recuerda a su propia madre. Son muchas
las que viven aún, pero hay otras que ya no viven. Yo recuerdo la mía, que ya no
vive, pero que vive, pues vive en mí. Y por todas las madres oramos, a todas
expresamos nuestro afecto cordial y nuestros mejores deseos: que encuentren
consuelo en el fruto de su maternidad, que el Señor las bendiga, y que se
sientan bendecidas y amadas por todos. A la única Madre de las madres le
encomiendo a las madres italianas y a todas las madres del mundo.
¡Alabado sea Jesucristo!
© Copyright 1994 - Libreria Editrice Vaticana
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