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VISITA PASTORAL A CATANIA Y SIRACUSA
JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 6 de noviembre de 1994
Amadísimos hermanos, vuestro arzobispo ha dicho que éste es el día de la gracia.
Diría que se ha transformado también en el día de la lluvia. La lluvia
simbolizaba siempre la gracia en el Antiguo Testamento. Así pues, antes de rezar
la oración del Ángelus, hagamos una breve meditación.
1. Amadísimos hermanos y hermanas, Siracusa me trae a la memoria
el célebre desafío de Arquímedes, el gran científico de esta antigua ciudad:
«Dadme un punto de apoyo y elevaré el mundo», desafío que indujo a la meditación
a santa Teresa de Lisieux, quien, en su autobiografía, lo comenta así: «Lo que
Arquímedes no pudo lograr porque su petición no se dirigía a Dios y expresaba
sólo un punto de vista material, los santos lo han logrado plenamente. A ellos
el Omnipotente se dio a sí mismo como punto de apoyo; y como palanca les dio la
oración, que inflama con fuego de amor, y así elevaron el mundo» (Escritos,
Roma, 1979, p. 307).
Sí, sólo Dios es nuestro verdadero e indefectible punto de
apoyo, como sólo el amor y la oración son las palancas espirituales seguras con
las cuales podemos elevar el mundo. Esto se refiere a todos los ámbitos de
nuestra existencia.
2. Amadísimos trabajadores y representantes del mundo económico
aquí presentes, en este momento mi pensamiento se dirige de modo especial a
vosotros. La fe es el punto de apoyo y el amor es la gran palanca, con los que
es necesario construir una sociedad más fraterna y solidaria. En efecto, con
ellos se afrontan eficazmente los numerosos y graves problemas que afectan
actualmente a los diversos sectores productivos. La economía no puede regirse
solamente por el interés o la dinámica de la ganancia, sino que es preciso
ponerla al servicio del hombre. Por tanto, sed artífices cada vez más
convencidos de una cultura de la solidaridad, conscientes de que no sólo no se
opone a las exigencias de la eficacia, sino que las sostiene con mayor seguridad
y estabilidad.
3. Veo que son numerosos los jóvenes que han venido aquí.
También a vosotros, amadísimos jóvenes, extiendo mi exhortación a fundar todo
proyecto en el amor y la oración. Vuestro esfuerzo por construir un futuro más
humano, abierto a la esperanza y rico en ideales, es siempre muy arduo. Pero en
el amor enraizado en Dios se halla el manantial de una fuerza inagotable. Sabed
«contagiar» santamente con vuestro entusiasmo y con vuestra sensibilidad a
vuestros coetáneos, que buscan auténticos testimonios de verdad, de paz y de
valores evangélicos.
Sed por doquier constructores generosos de la civilización del
amor; en la familia, en la escuela y en la misma comunidad cristiana. Seguid con
arrojo y convicción los programas de formación de vuestras parroquias ,
asociaciones y movimientos. De ese modo, os convertiréis en auténticos
protagonistas del futuro de esta isla y de todo el país.
4. María, maestra de oración, que ha legado a esta ciudad el don
de sus lágrimas, invita a todos a buscar en Dios el fundamento sólido de la
existencia humana. Dejemos que ella nos guíe hacia Dios. Después de haberle
dedicado esta mañana el santuario de la Virgen de las Lágrimas, deseo ahora ir
en peregrinación espiritual a los numerosos santuarios e iglesias marianas de Sicilia. Vuestra diócesis, queridos siracusanos, tiene cincuenta iglesias
dedicadas a la Virgen santísima.
A ella, Madre de la Iglesia y Madre nuestra, encomiendo a las
familias, a los niños, a los ancianos, a los que se encuentran sin trabajo y a
los enfermos, insertando nuestro encuentro en la gran oración por Italia, que
nos acompaña durante este año. Deseo de corazón que las lágrimas de la Virgen
sean para Siracusa y para toda Sicilia sólo lágrimas de alegría. Las lágrimas de
la Madre, expresión de dolor y de participación amorosa, se derramen como
bálsamo sobre los corazones heridos y los ánimos exacerbados, y susciten
sentimientos de contrición, de amor fraterno y de perdón.
María, Madre de misericordia, ruega por nosotros.
© Copyright 1994 - Libreria Editrice Vaticana
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