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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 5 de septiembre de 1993
Queridos hermanos y hermanas:
1. Hoy, por primera vez, el Obispo de Roma dirige la habitual
invitación a la plegaria del Ángelus desde una ciudad de los países bálticos,
desde Vilna, capital de Lituania, durante esta visita pastoral a naciones nobles
y antiguas, que están saliendo de un período difícil de su historia.
Después de casi medio siglo de opresión política y cultural,
durante el cual también se violó gravemente el derecho fundamental de las
personas a conocer a Dios y a profesar públicamente la fe, Lituania, Letonia y
Estonia comenzaron un nuevo camino: el camino de la libertad.
No es un camino fácil, porque la libertad requiere que cada uno
tenga un gran sentido de responsabilidad y un compromiso de respeto recíproco.
Precisamente la libertad religiosa, bien entendida, constituye
la garantía del éxito de esa empresa. En efecto, allí donde los creyentes y los
hombres de buena voluntad aceptan confrontarse con la verdad y sus exigencias
éticas, la esperanza sale del puerto de la utopía y encuentra el itinerario del
auténtico desarrollo.
2. Todos juntos, queridos hermanos, dirijamos nuestra mente y
corazón a María, venerada en el santuario de la Puerta de la Aurora con el
título de Madre de la Misericordia. En compañía de los obispos y numerosos
fieles, ayer por la tarde tuve la alegría de rezar en aquel templo el santo
rosario, difundido a todo el mundo por Radio Vaticano. Hoy renuevo la invitación
a orar por las necesidades de las comunidades civiles y eclesiales del Báltico,
en particular para que en ellas reinen la concordia y la fraternidad, y para que
a los intereses, ciertamente legítimos, de las partes se anteponga siempre el
bien de toda la población, comenzando por los más débiles y necesitados.
Oremos con confianza a la Reina de todos los pueblos, a fin de
que conduzca por senderos de paz a Lituania, Letonia y Estonia. Ella, a quien
los fieles invocan también como la Stella Orientis, haga cada vez más libres y
solidarias las relaciones de los pueblos del Báltico con las naciones
limítrofes; y obtenga que en esta región de Europa crezca la fe y, con ella, se
consoliden la justicia y la paz.
3. Desde estas tierras, que forman un puente natural entre
Europa del centro, del norte y del este, dirijo un salado especial a la cercana
Rusia, y en particular a las comunidades cristianas entre las que, por su
importancia histórica y el valor de una tradición gloriosa, destaca la Iglesia
ortodoxa, que preside en la caridad el venerado patriarca de Moscú.
Todos conocemos los acontecimientos que han marcado su historia
en los últimos cien años, con repercusiones profundas y frecuentemente dolorosas
en las naciones vecinas y el mundo entero. También todos seguimos y participamos
con interés en los esfuerzos que Rusia está realizando para entrar en una etapa
de libertad y solidaridad interna e internacional cada vez más firmes. Estoy
seguro de que los miembros de la comunidad católica, junto con las otras
Iglesias cristianas, no dejarán de contribuir para alcanzar las deseadas metas
de prosperidad y paz para Rusia en esta hora tan significativa de su historia.
Deseo encomendar nuevamente a la Madre de Dios, venerada por el
pueblo ruso con devoción singular, este camino arduo pero providencial. Que la
Madre del Príncipe de la paz ayude a Rusia a encontrar paz dentro y fuera de sus
fronteras. Que todos los ciudadanos rusos encuentren en los valores del espíritu
la luz y la fuerza para construir un futuro digno del hombre, conforme a los
designios del Padre celestial.
Elevemos ahora a María santísima la oración del Ángelus.
© Copyright 1993 - Libreria Editrice Vaticana
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