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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Miércoles 26 de diciembre de 1984 Fiesta de San Esteban
Muy queridos hermanos y hermanas:
1. Juntos en nuestra oración del
Ángelus, hoy volvemos a meditar sobre la gran solemnidad de Navidad que
celebramos ayer.
¡Dios se ha encarnado por nosotros! El
Verbo divino se ha hecho hombre como nosotros para asegurarnos que está siempre
presente con su amor, su salvación y su providencia en la historia humana y en
nuestra existencia personal. Navidad exige fe porque Navidad es misterio.
Nuestra razón no alcanza a comprender que Dios nos haya amado hasta tal punto.
La señal para reconocerle los pastores fue el pesebre de la gruta, donde María
Santísima había colocado al Niño Jesús, es decir, la señal de la pobreza extrema
y de la humillación suprema. Este acontecimiento tan desconcertante enseña que
se necesita la humildad de la razón para acoger el mensaje de Cristo, Redentor
divino. Sólo la humildad que se transforma en confianza y adoración, puede
comprender y acoger la humillación salvífica de Dios. Por tanto, volvamos a
meditar cada día sobre el pesebre y pidamos a María y a San José que nos
obtengan la gracia de la humildad adorante y la fe confiada.
2. También conmemoramos hoy el martirio
de San Esteban, primer mártir, que dio la vida valientemente para atestiguar su
fe en Cristo. Él nos enseña que también en nuestro tiempo el mensaje de verdad y
salvación, traído por Jesús a la humanidad, exige convicción firme y coraje
intrépido. Jesús trajo la luz y, al igual que San Esteban, nosotros debemos
caminar con esta luz disipando las tinieblas que nos envuelven, superando
insidias y tentaciones, luchando contra el mal. Como San Esteban debemos llevar
con nosotros por todos los sitios la certeza de que únicamente con Cristo
conocemos el significado de nuestro camino terreno y encontramos fuerza y gozo
para dedicarnos a obras de justicia y caridad. Os sirva de ejemplo siempre y os
ayude con su protección.
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1984 - Libreria
Editrice Vaticana
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