 |
PEREGRINACIÓN APOSTÓLICA A LOURDES
JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Lunes 15 de agosto de 1983 Solemnidad de la Asunción de la Virgen María
Queridos hermanos y hermanas presentes
en Lourdes, procedentes de todas las naciones, porque Lourdes tiene una vocación
universal, donde cada católico se debe sentir en su propia casa, junto a María,
vamos a recogernos para rezar el Ángelus.
Saludo cordialmente a los peregrinos
venidos de los países vecinos, y particularmente de España, donde la Virgen
Inmaculada ocupa un lugar tan importante.
Amadísimos: En la gran fiesta de la
Asunción, tan sentida en España como en América Latina, os invito a confiar
siempre en la Virgen Santísima. Que María sea el faro que os lleve a Dios y que
a su lado se transformen vuestros corazones, y sepáis crear un clima de
convivencia fraterna en vuestros hogares y en la sociedad. Con mi profundo
agradecimiento por vuestra presencia, os bendigo de corazón.
Y vosotros, queridos hermanos y
hermanas de Francia, o de Europa, que nos estáis viendo por la televisión o
escuchando por la radio, vosotros estáis también con nosotros.
Sin olvidaros a vosotros, franceses de
los territorios de ultramar, lejanos por la distancia, pero cercanos a nuestro
corazón: vosotros contribuís a dar al pueblo de Francia una dimensión más
universal y un nuevo impulso misionero...
A todos os deseo una gran alegría,
porque hemos celebrado en Lourdes a Santa María, a esta sencilla mujer de
Nazaret que todas las generaciones, desde hace dos mil años, proclaman dichosa,
bendita entre todas las mujeres, Madre de Jesucristo, Hijo del hombre e Hijo de
Dios. Hoy estamos seguros de que en el cielo, es decir, en el reinado de Cristo,
Ella brilla con luz incomparable, porque está revestida de la luz de Dios, como
su Hijo resucitado. Ella nos precede a todos en la resurrección. Ella es el
prototipo de la Iglesia. Y aquí mismo, hace 125 años, Bernardita, antes de
conocer su nombre ―"Inmaculada Concepción"― quedó prendada de su belleza, de su
irradiante felicidad, de su sencillez.
Queridos hermanos y hermanas: Esta
Mujer recuerda siempre el amor de Dios a un mundo que lo ignora y que no osa ya
creer en Él; Ella nos recuerda que Dios ha dado a su único Hijo al mundo, el
Verbo, que se ha hecho hombre en Ella y por Ella; que Él ha vivido entre
nosotros; Ella se nos convierte en signo de cercanía de Dios, de su perdón, de
su vida, sin miedo de abrirle nuestra puerta, de someter a Él nuestra
existencia. En todos los lugares donde Ella es invocada, la fe en Cristo se
mantiene más viva o vuelve a florecer.
Vosotros tenéis muchas ocasiones en
cada país, y especialmente en Francia, de sentiros próximos a la Virgen María.
¡Tantos lugares, tantos santuarios que llevan el nombre de Nuestra Señora!
¡Tantos campanarios que anuncian tres veces por día el Ángelus, el anuncio hecho
a María! Es tan sencillo y tan hermoso repetirle: "Dios te salve, María". Lo voy
a hacer hoy con vosotros, como lo hago personalmente cada día, y cada domingo
con los fieles que vienen a Roma.
© Copyright 1983 - Libreria Editrice
Vaticana
|