Domingo 7 de junio de 1981
1. "Veni, Sancte Spiritus". Esta es la invocación,
queridísimos hermanos y hermanas, que brota espontáneamente de nuestros labios
en esta fiesta de Pentecostés. Es la invocación que repetimos hoy con particular
intensidad de sentimientos, al recordar el 1600 aniversario del Concilio
Constantinopolitano I, segundo Concilio Ecuménico, que proclamó solemnemente la
divinidad del Espíritu Santo.
Para celebrar tan importante aniversario se han
reunido aquí en Roma, de todas las partes del mundo, cardenales, arzobispos y
obispos, los cuales, esta mañana, congregados en la basílica de San Pedro, han
renovado, en nombre de toda la Iglesia, la profesión de fe en el divino
Espíritu, "Señor y dador de vida". Íntimamente unido a ellos, deseo darles de
nuevo mi saludo cordial, expresado ya en mi homilía, y agradecerles la solicitud
con que han acogido la invitación para tomar parte en este solemne testimonio de
comunión eclesial.
Mi saludo se dirige, en particular, a la Delegación
del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, presidida por el Metropolita Damaskinos. A través de él quiero manifestar mi afecto fraterno a los
representantes de las Iglesias de Oriente, que en la Sede Constantinopolitana
celebran hoy la misma solemnidad jubilar. Igualmente saludo a los Delegados de
las otras Iglesias y Comunidades eclesiales.
2. "Veni, Sancte Spiritus". El día del primer
Pentecostés cristiano, el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles en forma
de lenguas de fuego. Y con el fuego de Pentecostés se les daba el mismo Amor
personal de Dios. Reanimada por ese calor, la Iglesia podía salir a plena luz,
para afrontar al mundo y llevar a los hombres el mensaje de la salvación. Y
desde ese día el Espíritu Santo jamás ha abandonado a la Iglesia.
3. Ser dóciles a la acción del Espíritu: éste es el
compromiso que se nos pide hoy, solemnidad de Pentecostés. Ejemplo sublime de
esta docilidad es para todos nosotros la Virgen Santísima, María de Nazaret, que
pronunció el "fiat" de su disponibilidad total a los designios de Dios, de modo
que el Espíritu pudo comenzar en Ella la realización concreta del plan de la
salvación.
Esta tarde, los obispos, reunidos en Roma, volverán
a encontrarse en la basílica de Santa María la Mayor, para rendir homenaje a la
"Madre de Dios", a la Theotókos, en el 1550 aniversario de otro Concilio
Ecuménico, el de Éfeso, que reconoció oficialmente este titulo a la Virgen,
entre el júbilo del pueblo cristiano. Anticipándonos con el corazón a este
solemne acto litúrgico, elevamos a María nuestra oración, con la que tratamos de
abrazar idealmente y ofrecerle toda la familia humana:
"Regina coeli, laetare, alleluia...".
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