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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 2 de noviembre de 1980
1. "Todo el mundo es delante de ti como un grano de
arena en la balanza y como una gota de rocío de la mañana que cae sobre la
tierra. Pero tienes piedad de todos, porque todo lo puedes, y disimulas los
pecados de los hombres para traerlos a penitencia. Pues Tú amas todo cuanto
existe y nada aborreces de lo que has hecho, que no por odio hiciste cosa
alguna. ¿Y cómo podría subsistir nada si tú no quisieras, o cómo podría
conservarse sin ti? Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amador de
las almas. Porque en todas las cosas está tu espíritu incorruptible. Y
por eso corriges con blandura a los que caen, y a los que pecan los amonestas,
despertando la memoria de su pecado, para que, libres de su maldad, crean,
Señor, en ti" (Sab 11 23-12, 2).
Hoy la Iglesia celebra la "conmemoración de todos
los fieles difuntos". Las palabras arriba citadas del libro de la Sabiduría,
tomadas de la primera lectura del domingo trigésimo primero "per annum", pueden
ayudar mucho a cada uno de nosotros para vivir este encuentro con la eternidad,
que traen consigo los dos primeros días de noviembre.
Que nos acompañen estas palabras durante la visita a
los cementerios, cuando nos detengamos junto a las tumbas de nuestros difuntos,
cercanos o lejanos, conocidos o desconocidos: "...porque en todas las cosas está
tu espíritu incorruptible" (Sab 12, 1).
Que estas visitas a los difuntos, estos encuentros
con ellos, sean valorizados en nuestros corazones por la esperanza, que "está
llena de inmortalidad'' (Sab 3, 4).
2. Me refiero otra vez al Sínodo de los Obispos que,
hace una semana, terminó sus trabajos dedicados a la misión de la familia en el
mundo contemporáneo. Porque hoy quiero decir que la familia es un lugar
particular del hombre. En este lugar, en esta comunidad, se saluda con
alegría su nacimiento su venida al mundo, y en este lugar, sobre todo, se
siente su desaparición, su muerte.
El día de los difuntos es un día particular para las
familias. Este día van a los lugares donde descansan los difuntos más cercanos y
más queridos: se encuentran, en el silencio, en la oración en la meditación
junto a sus tumbas.
Reviven recuerdos alegres y dolorosos: a veces las
lágrimas comienzan a correr por el rostro, ¡tan grande es el sentido de la
cercanía, a pesar de la muerte, tan grande es la emoción!
Pertenecen a la familia también los que han
participado, y permanecen, sin embargo, en los corazones porque el
misterio de la vida y del amor nos ha unido a ellos tan profundamente.
Permanecen en la viudez de sus respectivos maridos y mujeres, que continúan en
la vida. Permanecen en la orfandad de sus hijos.
3. En este día quisiera recordar a todos los muertos
de este año, y en particular a las víctimas de catástrofes naturales y de
numerosos, demasiados episodios de violencia, de secuestros, de terrorismo,
acaecidos en diversos países del mundo.
Pienso también en los muchos niños inocentes -como
los alumnos de la escuela de Ortuella, España-, en tantas personas que, en los
lugares de trabajo, por los caminos o en la propia casa, se encontraron
arrollados, sin darse cuenta, por actos de destrucción y de muerte, cuya causa
frecuentemente ni siquiera conocerían.
Pienso en un pequeño país del mundo, atormentados
por una crónica prolongación de violencias y asesinatos, que provocan luto en
las familias y en la comunidad eclesial. Quisiera renovar, en nombre también de
la piedad por los muertos, una llamada apremiante para que prevalezca en todas
las partes responsables el sentimiento de reconciliación dictado por la
conciencia cristiana y por el amor a la propia patria.
Quisiera no olvidar a las víctimas de la guerra que,
desde hace algunas semanas, arrecia entre Irak e Irán, como choques sangrientos
entre los ejércitos y bombardeos de ciudades y poblaciones indefensas; por
desgracia, la misma opinión pública del mundo parece habituarse fácilmente
incluso al espectáculo de tan terribles destrucciones.
Mientras nuestra oración quiere abrazar también la
suerte de estos hermanos nuestros, invoquemos a Dios omnipotente y
misericordioso para que haga renacer pensamientos de paz, y en particular
despierte el deseo de resolver los contrastes con negociaciones, dentro del
respeto a la integridad de los derechos humanos, nacionales y territoriales de
los países implicados en el conflicto.
4. El día de la conmemoración de los difuntos,
traspasamos, en cierto sentido, los límites de su ausencia, cuyo signo es la
tumba fría, y nos unimos con ellos en la fe que nos conduce a la Casa del Padre.
Y juntamente con el autor del Libro de la Sabiduría repetimos a ese Padre:
"Señor, todo lo puedes... y amas todo lo que has creado" (cf. Sab
11, 23-24). Amas al hombre al que has creado a tu semejanza y lo has redimido
mediante la sangre de tu Hijo. Tú amas al hombre..
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
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