JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 12 de octubre de 1980
1. Recemos hoy, en este santuario de la Iglesia
Romana, como una gran comunidad de familias que desean dar testimonio de
su vocación en Cristo.
Él mismo ha dicho: "...donde están dos o tres
congregados en mi nombre allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18, 20).
Mediante la oración hecha en la comunidad
familiar invitamos a Cristo a estar en medio de nosotros: esposos padres y
niños.
La oración es el primer testimonio de nuestra
vocación. Nosotros damos este testimonio de Cristo los unos a los otros. Con
este testimonio nos convertimos en testigos recíprocamente.
Mediante la oración construimos la familia, que es
la iglesia doméstica.
Recemos hoy por esa unidad en nuestras familias que
nace de la oración.
Recemos para que las familias cristianas oren;
para que oren mucho. Es la primera condición para que cumplan los deberes
que Cristo y la Iglesia les proponen.
2. "El Ángel del Señor anunció a María y ella
concibió por obra del Espíritu Santo". José, informado sobre esto desde lo alto,
no dudo en tomarla consigo (cf. Mt 1, 20. 24). Ella concibió, llevó en su
seno y dio al mundo a Jesucristo: Verbo Eterno, hecho carne.
Hijo de Dios, Él aceptó como suya, por la
salvación del mundo a la Familia humana de Nazaret y la hizo santa. La
mayor parte de los años de su vida en la tierra los vivió en la familia. De este
modo se ha unido, en cierto sentido, con cada familia humana y
sobre cada una ha grabado el signo de la santidad.
La familia fue el lugar del ocultamiento del Hijo de
Dios en la tierra.
En ella pasó su vida oculta. Pero en ella ocultó también los tesoros de la
vida y de la santidad.
Que nosotros, a través de los trabajos del Sínodo de
los Obispos, sepamos redescubrir más plenamente a Cristo ante cada
una de las familias humanas.
Que nosotros gracias a la común oración de hoy de
las familias de todo el mundo, logremos acercar las riquezas que el Hijo
de Dios ocultó en la familia, habiendo vivido en ella durante casi 30 años.
3. En el curso de una de las sesiones del Sínodo,
madre Teresa de Calcuta habló así a los obispos reunidos: ¡Dadnos santos
sacerdotes! ¡Enviadnos sacerdotes santos como siervos de Cristo y
administradores de los misterios de Dios!
Y, ¿de dónde deben salir estos sacerdotes, sino de
las familias que viven el espíritu de Cristo? Por esto se ha indicado el
signo de la unión entre la vocación familiar y la vocación sacerdotal.
¡Que este día despierte en todos los obispos y sacerdotes de la Iglesia un
gran amor por las familias!
Que se reanime, refuerce y profundice la pastoral de
las familias en todo el mundo. Que las familias, con la ayuda de sus Pastores,
encuentren los caminos que llevan al cumplimiento de sus deberes en el mundo
contemporáneo.
¡Y que todas estas familias cristianas oren en todo el mundo por los
sacerdotes, oren por las vocaciones sacerdotales y religiosas, se
conviertan como era la ¡"iglesia doméstica", el primer seminario de las
vocaciones!
¡"La mies es mucha"!
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
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