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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 27 de julio de 1980
1. Estamos reunidos también hoy, como
todos los domingos para el rezo en común del "Ángelus". La lectura de la
liturgia de hoy (XVII domingo del tiempo ordinario) nos estimula a
reflexionar sobre la oración. "Señor, enséñanos a orar..." (Lc 11, 1)
dice a Cristo en el Evangelio uno de sus discípulos. Y Él les responde
apelándose al ejemplo de un hombre, ciertamente de un hombre importuno que,
encontrándose en necesidad, llama a la puerta de un amigo suyo nada menos que a
media noche. Pero obtiene lo que pide. Jesús, por tanto, nos anima a tener una
actitud similar en la oración: la actitud de ardiente perseverancia.
Dice: "Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá..." (Lc
11, 9).
Un modelo de oración así, perseverante,
humilde y, al mismo tiempo, confiada, se encuentra en el Antiguo Testamento, con
Abraham, el cual, suplica a Dios por la salvación de Sodoma y Gomorra, si
al menos se encontraran allí diez justos.
2. Así, pues, debemos interesarnos cada
vez más por la oración. Debemos recordar a menudo la exhortación de Cristo:
"Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá". De modo
especial, debemos recordarla cuando perdamos la confianza o la gana de
rezar.
Debemos siempre también aprender
nuevamente a rezar. Muchas veces sucede que nos dispensamos de rezar con
la excusa de no saberlo hacer. Si realmente no sabemos rezar, tanto más
necesario es entonces aprender. Esto es importante para todos y parece ser
especialmente importante para los jóvenes, los cuales muchas veces abandonan
las oraciones que aprendieron de niños, porque les parecen demasiado infantiles,
ingenuas y poco profundas. En cambio, semejante estado de conciencia constituye
un estímulo indirecto para profundizar la propia oración, hacerla más
reflexiva, más madura; para buscarle el apoyo en la Palabra de Dios mismo y en
el Espíritu Santo, el cual "aboga por nosotros con gemidos inenarrables" como
escribe San Pablo (Rom 8, 26).
3. Sé que muchas personas en Italia, en
Polonia y en todo el mundo ruegan por el Papa y muchos se unen con él en
la oración abarcando en el alma los problemas que constituyen el objeto de sus
imploraciones a Dios. En esta ocasión, deseo manifestar lo enormemente
agradecido que estoy por ese recuerdo y por esa unión en la plegaria. Es una
gran ayuda y un enorme consuelo, por el cual no ceso de dar diariamente gracias
a Dios. Con este acto de gratitud, abrazo a todos mis bienhechores conocidos y
desconocidos y, en especial a los que completan su oración con el sacrificio
espiritual del sufrimiento.
Y mientras doy las gracias públicamente
por esto en las circunstancias de hoy, no dejo de repetir a mí mismo y a
los demás: "Pedid y se os dará, buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá". Sí,
queridos hermanos y hermanas. Existe una enorme necesidad de oración, de la
oración grande e incesante de la Iglesia; existe la necesidad de la oración
ferviente, humilde y perseverante. La oración es el primer frente donde chocan,
en nuestro mundo, el bien y el mal. La oración abre camino al bien y sirve para
superar el mal. La oración obtiene la gracia divina y la misericordia para el
mundo. Eleva a los hombres a la dignidad que les ha dado el Hijo de Dios cuando,
unidos con Él, repiten "Padre nuestro".
Justamente hablamos también del
apostolado de la oración. Justamente existe una Asociación que lleva ese
nombre. La oración es el primer apostolado, el fundamental y más universal para
cada uno y para todos.
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
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