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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Sábado 8 de diciembre de 1979 Solemnidad de la Inmaculada
Concepción
1. "Tota pulchra es, Maria!..."
Hoy toda Roma desea manifestar su veneración y su amor a esa Belleza
única que se llama María.
Esta tarde iremos a la plaza de España, a la columna en cuya cima está la
Inmaculada, iremos a hablarle, como cada año, con el lenguaje de esta especial
tradición romana.
Luego nos reuniremos en Santa María la Mayor, en la primera basílica mariana de
Roma, para celebrar la liturgia solemne, para ofrecer el Sacrificio de su Hijo,
dando gracias a la Santísima Trinidad por el don de la Inmaculada Concepción.
Daremos gracias por este don sobre el fondo del Adviento de la Iglesia y de la
humanidad, el Adviento que todos los años se renueva en la liturgia y permanece
constantemente en la historia del hombre.
Así como sobre el fondo de aquel Adviento que precedió a la primera venida de
Cristo, Dios, mediante el misterio de la Inmaculada Concepción, de Aquella a
quien escogió como Madre suya, encendió la luz escondida del Espíritu, así
también la misma Luz, revelada a la Iglesia, nos acompaña en el camino a
través del tiempo del segundo Adviento.
Nos acompaña e ilumina la esperanza del hombre, cuyos caminos pasan
frecuentemente a través de las tinieblas.
2. Hoy, para hablar de María, de esa Belleza que sólo Dios conoce plenamente,
pero que al mismo tiempo, dice tanto al hombre, queremos servirnos de las
palabras de dos entre los más grandes Padres y escritores de la Iglesia de
Oriente y de Occidente.
Comentando un versículo del Salmo 86, San Germán de Constantinopla dice así "
'Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios', nos canta el Santo David,
inspirado por el Espíritu. Al aludir de modo clarísimo a la ciudad del gran Rey,
de la que se dicen cosas estupendas habla sin duda de Aquella que realmente fue
elegido y que se eleva sobre todos, no por las casas más altas, no por las
colinas elevadas, sino porque sobresale con mucho por el esplendor de divinas
virtudes magníficas, por la pureza extraordinaria; (habla) de María, la
castísima e Inmaculada Madre de Dios, en la que habitó el que es verdaderamente
Rey de reyes y Señor de los señores, o mejor, Aquella en quien habitó
corporalmente la plenitud de la divinidad" (Hom. 9: PG 98 372).
Y he aquí cómo el gran obispo de Milán, San Ambrosio, nos presenta a María como
la "pro-redimida" por Cristo, su Hijo: "En verdad dichosa (María), porque fue
superior al sacerdote (Zacarías). Mientras éste había rehusado creer, la Virgen
enmendó su error. No es de extrañar que el Señor, debiendo redimir al mundo,
haya comenzado por María su obra: si por medio de Ella se preparaba la salvación
a todos los hombres, Ella debía ser la primera en recibir de su Hijo el fruto de
la salvación" (Exposit, Evangelii sec. Lucam II, 17; PL 15, 1559).
De modo especial he querido poner juntas estas dos voces, porque en las dos
hablan ambas tradiciones: la de Oriente y la de Occidente, unidas en la
veneración de esa Belleza, que Dios mismo preparó al comienzo del misterio de
la Encarnación. Dentro de poco repetiremos las palabras con las que el
arcángel Gabriel saludó a María en el momento de la Anunciación: "Llena de
gracia" (Lc 1, 28). El hombre es sensible a la belleza, no sólo a la
belleza visible que se percibe por los sentidos, sino también a la belleza del
espíritu.
En las palabras del Arcángel, pronunciadas durante la Anunciación, se habla
claramente de la mayor belleza espiritual, que tiene su origen en Dios mismo. Y
sobre todo Él mismo encuentra en ella complacencia.
Pidamos que esta belleza, la belleza de la gracia de Dios, no cese jamás de
atraer los corazones humanos.
© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana
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