JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 4 de noviembre de 1979
1. Hoy, con ocasión de nuestra oración común del Ángelus, deseo venerar a
San Carlos Borroneo, cuyo nombre recibí el día de mi bautismo. Más de una vez me
ha sido dado peregrinar a su sepulcro en la catedral de Milán y visitar también
los lugares vinculados a su vida, como Roma. Aquí en Roma descansa su corazón en
la iglesia de San Carlos en el Corso, dedicada a él. Este es un recuerdo
particular muy elocuente, que atestigua cómo este cardenal y Pastor de la
Iglesia ambrosiana en Milán, fue, al mismo tiempo, servidor de las causas
universales de la Iglesia. Son conocidos los méritos que en este campo tuvo
en el Concilio de Trento, mientras que en Milán y en la archidiócesis hizo
todo lo posible para poner en práctica la enseñanza y las normas del mismo
Concilio. La Iglesia le debe muchos de modo especial en lo que se refiere a la
institución de los seminarios diocesanos.
El recuerdo de San Carlos, que llegó a ser miembro del Colegio Cardenalicio
en edad muy joven, sea también un buen auspicio para la reunión con este
mismo Colegio, que comenzará mañana. Tanto más que también nosotros debemos
poner en práctica la obra del gran Concilio de nuestro tiempo: el Vaticano II.
Por lo tanto, son muy actuales el ejemplo y la intercesión del Santo que, hace
cuatro siglos, sirvió a una causa parecida.
San Carlos sigue siendo un ejemplo inigualable de amor pastoral y de servicio
episcopal, realizado con una entrega que no tenía en cuenta fatiga alguna y ni
siquiera el peligro de la vida.
Así, pues, resulta muy actual su presencia espiritual entre todos los obispos de
la Iglesia de nuestro tiempo.
Lo digo también refiriéndome a las visitas ad Limina Apostolorum de este
año, durante las cuales tenemos ante nosotros no sólo los Apóstoles del Señor,
sino también estos sucesores suyos, que en el curso de la historia se han
distinguido por la santidad de vida.
2. Después de haber hablado de Argentina, deseo dedicar hoy el recuerdo a los
obispos de Chile y a la Iglesia de ese país.
En Chile, que cuenta con casi 10 millones y medio de habitantes, la Iglesia
tiene una estructura articulada en 24 circunscripciones.
Los prelados han venido todos juntos a la visita ad Limina: desde los que
desarrollan su ministerio en las áridas tierras tropicales del Norte, a los de
las regiones meridionales hasta Punta Arenas, donde tiene su sede la diócesis
más austral del mundo.
Son múltiples y evidentes los signos de la vitalidad creciente de la Iglesia,
como consecuencia del impulso recibido de esos obispos; en las audiencias
mencionadas he podido apreciar con gran satisfacción algunos de ellos, que
merecen relieve especial.
Ante todo el espíritu de fraternidad cristiana en el seno de su pueblo, por el
que ellos se comprometen a fondo según el espíritu de su misión de padres y
pastores; la múltiple ayuda que prestan a cuantos se encuentran en dificultad;
el dinamismo que caracteriza a la catequesis en toda la estructura de la
comunidad eclesial; la creciente conciencia del laicado por la responsabilidad
que lo distingue en el desarrollo cada vez más pleno y vigoroso de la misión de
la Iglesia. Pero sobre todo quiero referirme al aumento de las vocaciones
sacerdotales y religiosas: un hecho tanto más significativo e importante para
las Iglesias particulares de un país donde el clero diocesano depende, en parte
considerable, de la ayuda del exterior, y donde los sacerdotes religiosos
provenientes del extranjero superan a los nativos. En esta floración me agrada
reconocer un signo de la Providencia del Señor, que, bendiciendo la pastoral
vocacional desarrollada intensamente por las diócesis y los institutos
religiosos, conduce a las Iglesias de Chile a esas condiciones normales en las
que ha de desarrollarse su vida y su obra.
A la oración que se eleva en Chile uno la mía y la vuestra para que el Señor,
por intercesión de María, bendiga a esa nación: a sus Pastores, a sus
colaboradores y a todos los queridísimos fieles.
3. Y ahora quiero dar las gracias cordialmente a todas las personas y
comunidades que, en las semanas pasadas, y también con motivo de la fiesta de
hoy, me han demostrado tanta benevolencia. Deseo agradecer ante todo el don de
sus oraciones, acompañadas también de sacrificios espirituales.
Ofrezco hoy a Dios todas estas oraciones, por mediación de San Carlos, según las
intenciones de quienes en cualquier país y en cualquier continente sufren
persecuciones a causa de Cristo; que se encuentran en prisiones, que incluso
sufren tormentos a causa de su fe y fidelidad a sus convicciones.
Me siento especialmente unido a ellos hoy y siempre, porque completan "lo que
falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia" (Col
1, 24).
Pensando en estos nuestros hermanos y hermanas, presentes ante la Asamblea
General de las Naciones Unidas el problema de la libertad religiosa como
condición fundamental para el respeto de los derechos del hombre y de la paz.
© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana
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