JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 8 de julio de 1979
Carísimos hermanos y hermanas:
1. La solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, que hemos celebrado hace
pocos días, nos da ocasión aun para recordar un pasaje de los Hechos de los
Apóstoles. Es éste: cuando Pedro se hallaba encarcelado en Jerusalén por orden
de Herodes y amenazado con la pena de muerte, entonces "la Iglesia
―leemos―
oraba instantemente a Dios por él" (Act 12, 5). La oración consiguió
entonces que Pedro fuera liberado milagrosamente de la cárcel.
Esta frase de los Hechos de los Apóstoles sobre la Iglesia que rogaba
incesantemente por Pedro tiene un significado que no es sólo histórico. En ella
se refleja la práctica permanente de la misma Iglesia que, igual que rezaba por
Pedro, reza también incesantemente por sus Sucesores. Lo hace
siempre en la Santa Misa, recordando en el canon el nombre del actual Sucesor de
San Pedro. Lo hace también en otras ocasiones y de otras formas. La oración por
Pedro ha venido a ser, en cierto sentido, el primer modelo de oración de la
Iglesia por sus Sucesores. Al mismo tiempo, en esta oración se expresa el
amor por la Iglesia y el sentido de responsabilidad por la causa del
Evangelio, que la Iglesia asume bajo la guía de Pedro y de sus Sucesores.
2. A lo largo de todo el año, recibo muchas pruebas de afecto por parte de mis
hermanos y hermanas de todo el mundo. Durante las últimas semanas especialmente,
en torno a las fiestas de San Pedro y San Pablo, han sido numerosísimas las que
he recibido. Deseo, por tanto, expresar mi gratitud a todos mis
bienhechores: los conocidos, al menos por escrito, y los desconocidos.
Deseo corresponder con mi oración cotidiana a todos los que rezan por mí y
ofrecen a veces grandes sacrificios espirituales por mi misión, por la buena
realización de las tareas que me ha confiado Cristo Nuestro Señor, por la gracia
de un servicio fructuoso a la Iglesia.
La oración es un vínculo invisible que une a la comunidad de los fieles.
Es un vínculo muy fuerte y muy profundo. En ella se expresa la unidad espiritual
del Pueblo de Dios.
El don de la oración es un don muy especial. Es un don profundamente
vinculante. Hoy, en esta circunstancia, he pensado que debía manifestarlo
públicamente.
El don de la oración que recibo de muchos de mis hermanos y hermanas, es fuente
de continuo refuerzo. Cristo, que recomendó a Pedro: "confirma a tus hermanos" (Lc
22, 32), apoyó esta recomendación con su propia plegaria. Dijo: "Yo he rogado
por ti, para que no desfallezca tu fe" (Lc 22, 32). Y cuando llegó el
momento difícil, le proporcionó ese refuerzo, del que nos hablan los Hechos de
los Apóstoles: la Iglesia rogó por Pedro.
Este servicio tan grande no puede ser ejercido de otra manera si no es basándolo
en la profunda seguridad de la fe procedente de las palabras que Cristo
dirigió una vez a Pedro y, al mismo tiempo también, basándolo en la oración
de toda la Iglesia.
Por esta oración deseo hoy dar las gracias a todos y a cada uno en particular,
en esta especial circunstancia.
Recuerden todos que siempre pienso en ellos como bienhechores míos.
© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana
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