 |
JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 1 julio de 1979
Deseo hoy, con ocasión de nuestro encuentro dominical, dar testimonio del gozo
de toda la Iglesia por la creación de los nuevos cardenales.
En sus personas, la Iglesia Romana se liga, diríamos, con nuevos vínculos
(=cardo) en su estructura interna. Como enseña San Pablo, estamos "edificados
sobre el fundamento de los Apóstoles y de los Profetas, siendo piedra angular el
mismo Cristo Jesús" (Ef 2, 20).
Sobre esta Piedra angular y sobre este fundamento, ha de construirse el servicio
de nuestros hermanos, ligado a la dignidad cardenalicia que han recibido.
Al congratularnos con ellos, les expresamos nuestras felicitaciones con todo el
corazón. Nos alegramos de que, desde ayer, lleven esa dignidad prelados tan
calificados de la Curia Romana, comenzando por el ilustre Secretario de Estado.
Junto a él, han entrado a formar parte del Colegio Cardenalicio el Presidente de
la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica; el Secretario de la
Sagrada Congregación para los Obispos, que ha sido también Secretario de dos
Cónclaves; el Secretario general del Sínodo de los Obispos, el cual, desde la
institución del Sínodo, ha sido el primero en desempeñar con laboriosidad ese
cargo nada menos que durante doce años. En este grupo hay que incluir también al
Nuncio Apostólico que, tras haber servido a la Santa Sede, pasa al Colegio
Cardenalicio desde su última representación en París.
Al mismo tiempo, saludamos con gozo y esperanza, en este grupo, a los
representantes de los Episcopados de varios países y continentes. Con su
nombramiento, se consolidará todavía más esa vinculación (=cardo) que une la
sede de San Pedro con la Iglesia extendida entre tantas naciones de la tierra.
Nos alegramos, por tanto, de que en el Colegio Cardenalicio hayan sido incluidos
ahora representantes de las siguientes naciones: Italia, Francia, Irlanda,
Polonia, México, Canadá, Vietnam y Japón. La Sede Romana comparte la alegría de
las sedes episcopales de donde proceden estos venerables Pastores tan queridos
para nosotros: Turín, Venecia, Marsella. Armagh, Cracovia, México, Toronto,
Hanoi y Nagasaki.
Que la fuerza del Espíritu Santo y el amor de la Madre de la Iglesia, María,
Madre de Dios, les acompañen siempre.
El Pueblo de Dios y toda la familia humana gocen de la paz y del respeto a la
dignidad de todo hombre y de toda nación.
Y sobre todo, sea adorado Dios mismo.
© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana
|