JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 8 de abril de 1979 Domingo de Ramos
1. "Autor de nuestra fe" (cf. Heb 12, 2); con estas palabras tomadas de
la Carta a los hebreos, nos dirigimos a Cristo, al comienzo de la Semana Santa.
La Semana Santa -Semana de la Pasión del Señor- nos lleva a las fuentes
mismas de nuestra fe. Cristo mismo es esta fuente. Él es quien adquirió
de modo absoluto nuestra salvación precisamente a través de la cruz.
Precisamente por el hecho de haber aceptado el testamento de Getsemaní y del
Calvario. Precisamente por el hecho de que fue atado, juzgado, flagelado,
coronado de espinas. Precisamente por el hecho de que fue condenado y cayó bajo
el peso de la cruz. ¿Y qué decir del terrible tormento de la agonía en la cruz?
Sigamos las huellas de sus sufrimientos, detengámonos con la máxima atención en
cada una de las palabras que pronunció: en el Cenáculo, en el huerto de
Getsemaní, ante el Sanedrín, delante de Pilato y, finalmente, en la cruz. Hay
una cohesión sorprendente en todo esto: la unidad del testimonio, de la misión.
Nos habla precisamente de este abajamiento, este anonadamiento: la kénosis.
Conquista nuestros corazones para la verdad que ha enseñado. Quizá no los
habría conquistado si no la hubiese confirmado con este testimonio. Creemos que
Él es el Hijo de Dios, precisamente porque así, hasta el fin, se nos ha revelado
como el Hijo del hombre.
2. Él nos ha hablado de Dios, y quizá con esa única frase de la oración de
Getsemaní, o con las siete palabras pronunciadas en la cruz, nos ha dicho quién
es Dios más aún que en todo el Evangelio.
La revelación de Dios es penetrante precisamente por el hecho de que Él,
"existiendo en forma de Dios... se anonadó, tomando la forma de siervo y
haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombre se humilló,
hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" (Flp 2, 6-8).
La revelación penetrante de la justicia y, al mismo tiempo, del amor, que es la
misericordia. Justicia, amor, misericordia serían conceptos sin un contenido
último y definitivo, si no hubiera existido esta pasión y esta cruz.
Era necesaria la revelación de esta "debilidad" extrema de Dios, para que se
pudiera manifestar su poder. Era necesario que en la historia de la humanidad
ocurriera la "muerte de Dios", para que Él pudiera permanecer en nuestras almas
como fuente de la Vida "que salte hasta la vida eterna" (Jn 4, 14).
3. Estos son los pensamientos con los que hoy nos dirigimos a Cristo,
llamándolo "Autor de nuestra fe".
Con estos pensamientos comenzamos hoy, Domingo de Ramos, la Semana Santa, y
deseamos vivirla durante todos estos días y particularmente durante el triduo
sagrado. Nuestra fe se hace más profunda aún mediante todo esto.
Que llegue a ser aún más viva y vital por el amor.
Hemos de renacer de esta muerte sobre la que meditaremos en esta semana.
Reviva en nosotros la esperanza.
4. Se cumplen en estos días los treinta de la muerte del llorado cardenal Jean Villot, mi Secretario de Estado, como lo había sido de mis venerados
predecesores Pablo VI y Juan Pablo I. Lo encomiendo a vuestra oración de
hermanos, unidos todos en el vínculo santo de la caridad, y deseo recordar hoy y
presentar una vez más a la admiración de todas sus acrisoladas virtudes
cristianas, sacerdotales, episcopales, entre las que brilló, durante toda su
vida, el amor fiel a la Iglesia, Esposa de Cristo.
Después del Ángelus
Doy las gracias a todos los participantes
en la celebración de hoy. Estoy enterado de que muchos habéis pasado la noche en
el tren o en autobuses para llegar a tiempo aquí. Así que al saludar a todos,
también a los mayores, os saludo en especial porque habéis dado el testimonio de
sacrificio para poder tomar parte en esta liturgia del Domingo de Ramos y cantar
a Jesucristo el Christus vincit, Christus Regnat, Christus imperat. Os lo
agradezco mucho y os deseo al mismo tiempo que deis cumplimiento a cuanto hemos
vivido, contemplado, celebrado y cantado. Christus vincit, Christus
regnat, Christus imperat. No quiero dejaros sin antes saludar a los
peregrinos de distintas naciones que han venido a Roma a pasar la Semana Santa
junto a San Pedro y el Coliseo, tan unido a la tradición de los apóstoles y los
mártires. Deseo una semana verdaderamente santa a estos huéspedes nuestros de
pueblos y naciones diferentes.
Antes de dar por terminado este encuentro
quiero añadir una cosa. Cuando escuchaba el canto Oto yest dzién, creía
que me encontraba en Polonia, y he recordado que el Domingo de Ramos del año
pasado celebré la liturgia del día en la parroquia de un pueblecillo; los ramos
eran diferentes de los italianos, pues en Polonia no se dan los olivos. Hoy debo
atender también al deseo de mis compatriotas que desean una palabra, a la vez
que levantan también ellos aquellos ramos y cantan igual que nosotros el
Christus vincit.
Espero volver a encontraros durante la
Semana Santa. No debería felicitar ya las Pascuas, pero lo hago para aquellos
que quizá no puedan tomar parte en otras ceremonias de la Semana Santa de Roma.
Así que Felices Pascuas
Los que han cantado el Oto yest dzién
son los de Comunión y Liberación; hay aquí 35.000. Gracias. Dios os bendiga.
Quizá debiéramos terminar con ese canto. (Y lo entona él mismo. Después
añade:) He de confesar que por primera vez un Papa polaco ha aprendido algo
en polaco de los italianos...
¡Alabado sea Jesucristo!
© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana
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